Y allí estaba ella, bailando, preciosa como siempre. Para él este fue un momento muy importante, puede que el más importante. Este fue el momento en el cual se dío cuenta de todo lo que sentía por ella. La observaba, le acariciaba con la mirada, fijándose en cada detalle. Se dío cuenta de que estaba enamorado. Por detrás había una pandilla de niños, la mayoría de su edad, a lo mejor había uno o dos años de diferencia. La veían como un objeto, un objeto barato. Él se sentía furioso y un poco celoso, aunque no lo quiso admitir porque no valía la pena. Los chavales le daban pena. Se sentía así, porque ellos no admiraban su mirada, no se perdian en ella, no observaban la perfección de su sonrisa, no sentían lo mismo que sentía él al verla sonreír, les daba igual el color de su pelo, ese pelo que a él le encantaba. Él no quiso hacer nada al respeto, solo porque ella se sentía feliz en este momento, era su noche. Al verla sonreír, le entraba la risa porque sentía cosquillas en el estómago, algo que no había sentido desde hace mucho tiempo. A él no le gustaban estos sentimientos. ¿Qué le podría ofrecer a una chica así? Veía como se acercaban muchos a hablarle y bailar con ella. Estaba celoso, aunque los celos no eran algo típico para él, no podía evitarlo. A pesar de los celos él se sentía feliz, porque ella estaba feliz. Verla así le hacia sentirse bien y olvidarse de los celos, y simplemente disfrutar de su sonrisa. Por ahora esto le basta, pero, ¿hasta cuándo se podrá conformar solo con su sonrisa? Si cada vez que la veía se enamoraba más de ella…
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