No convulsionar con la ciudad
Si no es 5 de enero es impensable que en una ciudad como Bogotá los carros particulares, mucho menos los de servicio público, cedan el paso a los peatones en los cruces de las calles donde así corresponde. En un mismo día de este inicio de año, pasó lo inesperado: en cuatro oportunidades los carros frenaron para dejar pasar a quienes caminábamos, y no lo hicieron a trancazos ni de mala gana, más bien con un gesto amable nos dieron el tiempo para cruzar la calle caminando y no corriendo, lo que hacemos con frecuencia solo para evitar un madrazo o en el peor de los casos ser atropellados.
El caos por estos días está dormido en la ciudad. Y sí que sorprende, por supuesto para bien.
Resultó también extraño ver hoy que quienes se movilizaban en bicicleta no tenían que estar, como se ven obligados normalmente a hacerlo, totalmente alerta con los transeúntes afanados o despistados que se atraviesan en las ciclorutas.
Si no fuera 5 de enero de este y de cualquier año en esta ciudad, también sería poco probable, que ir de un lugar a otro en transporte público no significara correr el riesgo diario de esperar una ruta que se tarda más de lo normal, que llega llena al paradero, que si uno logra abordar incluye inevitablemente empujones, furia individual y colectiva e incomodidad; y que se trata de una historia interminable para muchas personas que no tienen una opción distinta a destinarle varias horas de la mañana y del final de la tarde a esta forma de ir y venir.
A estas alturas del nuevo año, con apenas cinco días de haber iniciado, sigue siendo posible no ser parte de un río de gente en las calles. Las personas que vamos por ahí, hoy aún podemos caminar sin tener que esquivarnos entre nosotros mismos, sin tropezar o acosar para que los otros caminen más rápido, que es lo común sobre todo en los horarios de entrada y salida de las oficinas, uno de los momentos de mayor movimiento y locura en la ciudad.
Bogotá hoy está medio vacía y aún no convulsiona; aún no nos lleva por delante con su desorden y con su afán cotidiano y abrumador. La capital de estos días no agota. Dan ganas de que se quede tal y como está: menos agresiva y caótica, más como un lugar para estar, para caminar y para vivir. Dan ganas de que no pase lo inevitable en las próximas semanas: que las personas que viven en la ciudad empiecen a enloquecer al mismo ritmo que ella, sin detenerse y sin dar más treguas que las de Semana Santa o vacaciones de mitad o de fin de año del 2018, como los únicos posibles momentos en los que volverá y se desocupará, maravillosamente, Bogotá.








