Estar ¿cerca?
Abrazar. Sentir. Tocar. Besar. Volver a tocar. Acariciar-nos. Darnos la mano para caminar. Estar cerca para compartir, para acompañar, para simplemente estar. No andar siempre solos, de vez en cuando acompañados. Darle sentido a la piel y a las manos. A la boca, al tacto. Al oído, a las palabras que decimos o a las que le escuchamos a quien está a nuestro lado, confiándonos algo importante.
Hablar de frente, sin cámaras, teléfonos, dos metros de distancia o tapabocas de por medio. Mirar no solo los ojos, escuchar no solo la voz. Ver al otro completo, no por partes. Reconocer en su cuerpo y en sus gestos las emociones o la falta de ellas. Tocar su vida -literalmente- y dejarle tocar la nuestra. Deshacernos o construirnos; llenarnos o quedar totalmente vacíos, a partir del contacto con el otro.
Tocarnos sin prevención. No abstenernos de abrazar como un acto responsable para, extrañamente, proteger. No contener el cuerpo, ni las manos, ni la piel. Ver los rostros de quienes amamos sin la distorsión de las imágenes digitales, con la calidad de lo íntimo y lo propio. Llegar al final del extrañar y el anhelar; volver a tener-nos cerca.
No planear la hora, ni el lugar, ni los medios para encontrar la compañía que se quiere, la que hace falta o la que se necesita. No perderse de la familia ni de los amigos, ni del amor en alguna de sus expresiones, por no poder verlos (como ha pasado siempre) sin necesidad de motivos; solo verlos.
Hace falta que las llamadas telefónicas, los chats o las videollamadas sean solo otras formas, no las únicas, de encontrarnos. Que sea posible vernos para arreglarnos la vida o terminar de desarreglarla con las conversaciones sobre el día que pasa, sobre lo que viene, lo que fue, lo que sea que nos está haciendo reír, llorar, quejarnos o celebrar.
Nos adaptamos, seguro. Sin duda funcionamos con lo que ahora hay. Pero los textos o las imágenes tantas veces borrosas o detenidas por la señal intermitente de internet, no remplazarán nunca el abrazo, el beso, las caricias, ni la vida y energía que estas cosas nos dan. Encontramos, porque debimos hacerlo, maneras para sobrellevar ese mundo digital en el que ahora se mueven nuestra cabeza y nuestros sentimientos. Y con ellos, nosotros y las personas que amamos.
Habrá que sostener el amor que salva, de la manera en que cada uno logre hacerlo. Y anhelar y esperar y confiar (ese volver a vernos, a sentirnos, a tenernos).













