Una puerta vieja, de madera gastada y clavos oxidados. Capas y más capas, fragmentos de pintura que el tiempo y la mano del hombre se han encargado de dejar a la vista. Un recordatorio de aquellas cosas que tienen importancia, y de aquellas otras que no. Rituales ancestrales, las oraciones que susurramos, lazos familiares y amigos. Recuerdos que todos juntos forjasteis, alianzas.
Dejas caer tu peso sobre mi, como fruto de un acuerdo secreto e implícito. Yo te aguantaré si en la próxima caída no dejas que me derrumbe.
Tus ojos hinchados, distraídos, buscan una tregua donde descansar, alejados del mundo que ahora mismo te rodea. Pasas bajo el arco de piedra y avanzas por el pasillo hasta la primera fila. La liturgia ya es conocida, familiar. Puedes recorrer el camino con los ojos cerrados, el mismo protocolo, ya sabes donde desemboca y como acabará.
El añejo y arcaico portón de entrada que dejas atrás, y que ha sido testigo de tantos días como el de hoy, te mira de reojo al pasar, sabe a qué has venido. Cada una de las muescas en sus listones de madera, una por cada caída en el camino, se reproducen como hongos. Son espacios claros, luminosos. Como lo son tus ojos y tus intenciones, al expresar todo el dolor que sientes. Los momentos compartidos y el peso que soportas, proporcional al amor que le profesas, el de toda una vida.
La línea que os une es tan fuerte, que por mucho que se tense desde un lado, sacas fuerzas de donde ya no existen y sigues aguantando y tiras hacia ti para recuperarlo, para no darte por vencida y luchas contra todo y todos para traerlo de vuelta a tu lado.
Recuerdas la conversaciones en las que bromeáis sobre la próxima vez que visitaréis la tierra que os vio nacer, a la que ambos le pedís que os reciba en su seno para descansar juntos el resto de vuestros días.
Al salir acaricias una última vez la puerta del templo, introduces tus dedos en las imperfecciones de la madera, como Tomás, pero no como signo de incredulidad, sino como una señal, como una prueba de haber permanecido serenamente ante ella, como una indicación para aquellos que un día deban erguirse en este mismo lugar que ahora ocupas, como una forma de transitar entre tiempos, que también fueron los de otros.