Si bien ya no me prosterno ante Buda ni salmodio los sutras, todavía me resiento cuando escucho la palabra bonzo, pues soy hijo de sacerdote y me crie en un templo. Hay algo que me repugna en la palabra, incluso cuando no se usa jocosamente. Me sofoca como si de pronto me hubieran puesto en la cara una aljofifa húmeda y mohosa. La lobreguez opresiva de la vida en un templo, las tensiones y contradicciones que la distinguen, me han causado un particular horror desde la infancia.
Logré escaparme, o fui expulsado. A mi modesta manera me está permitido respirar lo que a otros sobra del cotidiano ambiente del siglo. Pero tengo un buen número de amigos sacerdotes y es para mí un hecho de claridad meridiana que su visión del mundo no es la del resto de la sociedad. Sus penalidades, de una naturaleza que pocos pueden imaginar, me las represento como propias. La fe es la más espiritual de las fuerzas. El clero se apoya en esta exaltada fuerza espiritual y la usa para engordar sus finanzas. Venden fe a cambio de ofrendas. Hay algo insoslayablemente vergonzoso, vil, en esa transacción. Cuanto más puro es el sacerdote y más profunda su fe, mayor es su vergüenza al comprobar cómo se aparta su vida de las enseñanzas de Buda.
Gautama era un príncipe que abandonó su palacio y siguió el camino de los sabios. Abandonó su casa y a su familia. Lo contrario del sacerdote de nuestro tiempo, que ingresa en la casa llamada templo. Un templo es un lugar público de veneración, un espacio para la meditación, y al mismo tiempo se convierte en el lugar donde el sacerdote contrae matrimonio con una mujer y forma una familia. Como la mayoría pertenece a las clases instruidas —titulados de seminario cuando menos, algunos incluso doctores—, los clérigos son extremadamente serios en su determinación de mantener puros sus hogares, atajando la concupiscencia mundana. Pero —¡ay!— son miembros de la humana grey después de todo; no les es nada fácil convertirse en piedras y maderos. Piensen en La Sinfonía Pastoral de André Gide. Un ministro de recta conciencia como nunca hubo igual, que aún así tiene que enfrentarse a la realidad de que su santo amor por la muchacha ciega no está exento de carnalidad.
Cuando era estudiante asistí en una ocasión a la conferencia de un líder del movimiento reformista budista. La sala Hibiya estaba hasta la bandera. Esposas e hijas de buena familia habían acudido con sus mejores galas. El orador exponía recuerdos de su juventud. Se trataba de un caballero de buen porte, con traje oscuro y cabello negro y lustroso. Bajo las brillantes luces, y entre el olor de humanidad acalorada, su rostro de cuadrada quijada —rondaría los cuarenta— se veía aún más rubicundo, y rebosaba energía y vitalidad. Su aire era majestuoso, de gran tribuno.
«En tal templo están asando pescado para el almuerzo. De repente se presenta un parroquiano para contratar un servicio. El sacerdote, abochornado, apremia a su mujer para que el lugar no huela a pescado; abre todas las ventanas y avienta el olor con un soplillo.» El hombre dirige sus dardos diestramente a los aspectos más ridículos de la vida eclesiástica. Su elocución persuasiva se ha ganado a la audiencia. Se oye un coro de risas. La mujer a mi lado, de piel clara y sotabarba, asiente lisonjera.
Pero yo no podía reír ni aprobar. Mi frente permanecía encapotada, sombría. Justo el día antes había tenido que escuchar las proezas de un amigo en Tamanoi. Tamanoi es un barrio de trato; en su laberinto de callejas mujeres pintarrajeadas llaman repetidamente a los posibles clientes por unos ventanucos.
«"¡Eh, pelón! ¿Vienes a jugar a mi casa?" Eso me decían», y sonreía depravadamente, como un pecador empedernido. Las mujeres habían reconocido su tonsura y enseguida lo llamaron pelón. Yo me veía atenazado entre la sonrisa aviesa de mi amigo y la confianzuda del orador en la tribuna. Algo me impedía abonar la que señalaba hacia aquel esplendido futuro. Yo porfiaba en entregarme a la otra, la aviesa sonrisa del rijoso diácono. Mi simpatía se dirigía hacia pelón, con quien algo compartía. Aquel pescado asado a hurtadillas delataba un deseo. Y si ése era insoslayable ¿qué decir del deseo sexual...? Incluso después de salir de la sala seguía pegado a mi piel, corriendo por mis venas, como mofándose de mí. Menos aún se podía ignorar el deseo carnal. Ése nunca me soltaría.