La jaula y el Sauce
Con el tiempo, el sauce donde nos encontrábamos a escondidas, como “solo amigos”, se convirtió en un recuerdo tan vivo que a veces me arde en el pecho.
Nadie sabía de nosotros. Era un secreto que vestíamos con risas nerviosas y excusas vagas. Ahí, ocultos del público principal, jugábamos a vivir la curiosa vida: compañeros de clase, confidentes, tal vez amantes en una dimensión donde el amor no podía tener nombre.
¿Cuántas veces no fue testigo ese árbol de besos tímidos, de caricias que se daban entre libros, cigarros y latas de cerveza tibia? ¿Cuántas veces me senté en sus raíces esperándote, esperando que llegaras como siempre: tarde, pero con los ojos llenos de historias?
Y tú también… tú también me esperaste ahí, cuando yo me perdía en mis propias contradicciones. Éramos dos almas enredadas, tan cercanas y tan torpes para amarse con claridad.
Carajo… lo recuerdo, y me duele. Duele porque ese sauce no solo fue testigo. Fue refugio. Fue cómplice. Fue consuelo en los días en que el mundo parecía demasiado pesado para cargarlo solos.
Hoy lo vi. Después de tantos años, lo vi. Y juro que lloró.
Ya no está como antes. El tiempo le pasó por encima. La gente, con su urgencia de avanzar, lo olvidó… y los aprovechados lo cercaron, lo encerraron en una jaula de metal, como si fuera peligroso amar donde una vez alguien amó.
Ahí sigue, sí. Pero ahora está atrapado. Silencioso. Lagrimeante. Esperando… como si todavía creyera que un día vamos a volver. Que volveremos tú y yo, como entonces, como antes.
Pero no. Ya no va a suceder. Ya no.
Y duele aceptar que hay puertas que se cierran sin hacer ruido. Que hay promesas que nunca se dijeron, pero igual se rompieron.
Hoy, después de una década, a veces lloro en silencio por lo que fuimos. Por lo que no supimos ser. Lloro por cada espera, por cada beso que no terminó en abrazo, por todo lo que dimos sin entenderlo, por el amor que se nos cayó de las manos como agua.
Y entonces, mirando al sauce en su jaula, lo entiendo. De verdad lo entiendo. Porque él también quedó atrapado en lo que fue. En lo que ya no será. Como yo.
Y si estás leyendo esto —aunque sé que probablemente no lo hagas— solo quiero decirte algo:
Te perdono. Por no haber estado listo. Por no haberme elegido de frente. Por haber huido cuando yo solo quería quedarme.
Y también… me perdono a mí. Por haberte esperado tanto. Por creer que un día volverías, como en aquellos días bajo el sauce.
Ahora entiendo que algunas raíces también necesitan soltarse para seguir creciendo. Y aunque todavía me duele, hoy, por fin, te dejo ir.
Y dejo ir al sauce también.
Hijaheredera












