En un sueño lejano, tan turbulento que podía fácilmente considerarse una pesadilla, tumbada en la tierra me encontré. Estaba tan sola que ni siquiera los pájaros chirriaban, tampoco los insectos entonaban aquella esperanzadora canción sin letra. A mi alrededor simplemente tenía árboles y me cubría una gruesa capa de niebla.
𝐷𝑒𝑠𝑜𝑙𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛. 𝑆𝑜𝑙𝑒𝑑𝑎𝑑. 𝑀𝑖𝑒𝑑𝑜.
Y aquel conocido nudo en mi garganta se hizo insoportable. Abracé mis piernas y hecha un ovillo dejé que la angustia se apoderara de mí. Necesitaba hacerlo y así poder mi tristeza llorar. El ayer se sentía tan pesado en mis hombros, las pérdidas me dolían el doble y dudaba hasta de mi propia existencia. Sabía, muy en el fondo, que aquel vacío solamente se llenaría con el pozo de mis lágrimas, por lo que llorando en mis sueños me dormí.
Me despertó una voz muy dulce y suave, casi imperceptible, y un par de vivaces ojos verdes. No pude pronunciar palabra alguna, pero sí sentí que él había llegado a rescatarme de las tinieblas. Su sonrisa la niebla alejó y al tomar mi mano, hizo que el sol se abriera paso entre los árboles. Desde ese instante la angustia abandonó mi cuerpo. Desde ese sueño hasta la actualidad, las lágrimas que derramo son de felicidad. Mi sueño ha transformado, pero es realmente a mi vida que ha tocado.
“𝐻𝑜𝑦 𝑠𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑒𝑛𝑡𝑟𝑜 𝑑𝑒 𝑚𝑖́ 𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟.” Pensé, antes de que repentinamente mi sueño se esfumara y yo despertara en medio de una cama en la que, a mi costado, los mismos ojos verdes me miraban con tanto amor que creí que el pecho me estallaría en ese preciso instante.
Y todo por un par de ojos verdes por los que sería capaz de vender mi alma.















