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Día 157
10h24. Temperatura: 28º. Salida del sol: 6:50. Puesta de sol: 21:52. Probabilidad de lluvia: 0%. Humedad: 30%. Viento SSE 8km/h. Sensación térmica: 28º. Precipitación: 0,0 cm. Presión: 1.016 hPa. Visibilidad: 16,1 km. Índice UV: 4.
Sigo aquí, en Los Perales. Escribo para aclararme. Siempre quise ser alguien organizado; desde pequeño ya lo intentaba, jugando a las oficinas, en las escaleras de esta casona familiar, con los librillos de facturas que me traía mi padre de la compañía. Hoy, sin embargo, y aun habiéndome convertido en un adicto a los cuadernos a lo largo de mi vida, sigo sin ser capaz de ordenarme, de mantener una rutina que fulmine por fin el caos. Ni siquiera logro utilizar durante un tiempo largo una misma libreta en la que apunte mis ideas, dibuje mis bocetos y, en suma, ordene mi mente enmarañada. No soy como John Onphill, aunque siempre he querido ser alguien así, pulcro y clarividente.
Leí su libro Over the Great Ice. Un texto breve. Al parecer, no escribía todos los días ni se publicaron todos los fragmentos que escribió en su diario de campo. Pero es una buena selección: el texto es completo, redondo y convincente. A pesar de sus erratas —a la vista está que faltó un buen editor que corrigiera el original—, está bien escrito. Me arrastró por sus aludes, por el glaciar, por su extenuación, por su desorientación y sus hallazgos sorprendentes cuando surgía, alguna vez, algo maravilloso de una nada sólo aparente. Cuando en su travesía algo cobraba significado para él, entonces, gracias a su relato, significaba también para mí. Con su lectura, he comprendido algunas cosas.
Me llamó la atención, sobre todo, la humildad con la que describe su deambular sin sentido, o mejor con uno que aún no conocía, hasta que, ¡zas!, daba con él. Aprendí —aunque no sé si yo podré llevar a cabo semejante tarea en mi trabajo— que sólo en ese deambular acaba por surgir el sentido. Me pregunto si podré mantenerme transitando mi incertidumbre durante el tiempo preciso para permitir que todo cobre algún significado. Hasta ahora, siempre me he cansado antes. Creo que me ha dado miedo andar desorientado, y por eso no he permitido que el sentido se me aparezca y el esfuerzo invertido se convierta en un merecido goce. He transitado poco y angustiado. Me he movido en una constante huida de la desorientación, en un alejamiento permanente de la incertidumbre. Y en ese territorio de la fuga es donde mi existencia se ha convertido, sin más, en esta supervivencia intrascendente. Sólo escribir tal confesión me aterra. Me asaltan las ganas de cerrar el cuaderno para salir corriendo de nuevo hacia lo que quiera que sea que restaure en mí cierto confort. Sin embargo, me empeño y continúo escribiendo, algo aturdido y con una caligrafía deformada por mis temores.
Últimamente, me pregunto con recurrencia qué es un paraíso, un jardín del Edén. Pero mis modestas indagaciones sobre el asunto me han extraviado en un montón de referencias intelectuales. Mi razón irredenta. Demasiado intelectual; la muerte —me digo— es un tema que no está de moda; lo estuvo, pero ya no lo está. La cuestión es si hago las cosas para que encajen en la moda o, simplemente, las hago porque así las pienso y así me interesan, creyendo que la moda pasará y que lo que he hecho podrá cobrar sentido en un momento futuro, lejano e incierto. Walter, en uno de sus ensayos —no recuerdo ahora en cuál—, califica de “cobarde” cualquier actitud artística que postergue el éxito, que no tenga en cuenta su momento histórico. Tal vez yo sea un cobarde. Sin duda, lo soy. La muerte como tema, la angustia como tema, la tristeza como tema, siempre algún gran tema filosófico. Menos filosofía y más prosa sencilla o tal vez siquiera más poesía, o ambas en una combinación compleja, de la que gustan los críticos. Sé que hoy en día, un libro, para que despierte interés entre los lectores, debe ser, sí o sí, una novela. Y esto me añade una nueva dificultad: el mundo exterior me interesa poco, muy poco. Sé que lo anecdótico, lo fenoménico, es lo que construye la realidad que luego analizan desde la distancia —y sí, a través del lenguaje—, los filósofos e historiadores. Pero me aburren —suena pedante, lo sé— las pequeñas cosas. O me aterran, como sucede con el orden que tanto busco y del que indefectiblemente me escapo. El tedio me produce un enorme rechazo, me mata la constancia que requiere poner atención en lo pequeño, en lo acaecido. Yo nunca he aceptado que la existencia deba ser tediosa, incluso ahora que la palabra tedio define tan bien mi ser y estar en este lugar. El tedio, que conduce, sin ambages, hacia la muerte. La muerte de la ilusión, de las pasiones, de la creatividad, en definitiva. He vivido hasta ahora mediado por la tiranía de las grandes experiencias, por la ilusión enfermiza de las grandes metas, y aquí estoy, exiliado en un pueblo inmundo, lejos de donde, realmente, suceden las cosas, la vida o lo que yo entiendo por vida. Estoy aquí, en Los Perales, donde no pasa nada, donde no existe el tiempo, sólo el espacio. He pensado que uno de mis retos ahora podría ser utilizar este lugar detenido, estancado, para mis propósitos creativos, pero no sé aún cómo hacerlo. Creo que no sé cómo hacerlo, aunque he pensado en ello y tal vez sólo el hecho de hallarme intentándolo sin huir —en verdad no puedo huir— ya sea una auténtica victoria. El éxito por el proceso, el infantil premio de consolación que comporta el mero participar.
Pienso de nuevo en Onphil atravesando la ventisca, sin saber qué buscaba exactamente. Pasando frío, cansado, pero deambulando de todos modos sin encontrar nada todavía. El mundo era blanco, siempre la misma nieve blanca, allá donde mirara. Buscando algo dentro de lo blanco, algo que al fin pudo distinguir para ofrecérnoslo. ¿Y yo qué es lo que busco? Lo que veo dista mucho de ser un vacío blanco; es un caos descomunal de formas y colores, de reacciones, sensaciones, emociones. Nada parece aclararse a mi vista. Mi confusión es tremenda, y cuando creo que he atisbado una pequeña luz, acaso una llama tenue, parpadeo y la claridad se disipa; todo se recoloca y ya he perdido de vista lo que buscaba. Cada día me sucede esto, una vez y otra, y yo intento no desfallecer, resistir, ser constante observando mi mundo caótico que muta a la primera de cambio. Tal vez esto que me pasa se parezca, en el fondo, a lo que le sucedía a Onphill cuando se le presentaba una calma nublada, pero de pronto se abría el cielo y salía un sol tan brillante que lo hacía todo aun más blanco, un fulgor que lo arruinaba todo, que lo dejaba ciego; más blanco sobre el blanco.
Hoy puedo decir que he estado toda la vida creando. Algo fascinante y a la vez poco original. Pero la verdad es que no me refiero a crear, así, en abstracto, sino más bien, a crear intencionadamente, a producir arte con mi escritura. Toda la vida intentando expresar algo que me quema por dentro y no sé lo que es; algo que está en mí y quiere salir aunque no sepa lo que es. En alguna parte leí que el mayor valor de un artista es su autenticidad —esto me choca con las modas—, su honestidad, su capacidad para hacer que lo que transmite sea lo que siente, sin miedo. Esta idea se instaló en mí como una bacteria. Ahora, ¿cómo conjugarla con la novela y la minuciosidad que ésta exige? Me imagino que la respuesta debe ir porque se sustituya el impulso creador de la tormenta de ideas por la constancia laboriosa del labriego. Pero lo predecible —insisto— me aburre tanto; tal vez el problema sea que no he aprendido a darle valor al aburrimiento, a aceptarlo como parte sustancial de la vida, de mi vida.
En Los Perales me siento encerrado en un aparente paraíso que se me torna infernal. Vivo en una calma impuesta, en una calma que yo no he elegido. Llevo una vida austera y sin tiempo, que va cobrando visos de eternidad. Estoy instalado en una especie de muerte y no sé muy bien qué hace en este lugar, que más que un lugar es casi un estado de mi alma. Puede que no deba resistirme, que deba dejarme arrastrar hacia lo pequeño para comprenderlo, para darle, por fin, algún valor.
16h45. Temperatura: 33º.
Cómo trascenderme, cómo ver el mundo más claro, más limpio, cómo ver mejor este mundo. ¿Cómo? Me empeño una y otra vez en separarme un poco de mí mismo, en alejarme un paso de quien me oprime. Me siento encerrado en mi carne y en mis pensamientos, en el traje negro con el que voy por el mundo. Aceptarlo y hacer listas. Listas de las cosas bellas que hay en mí y en lo que me rodea. Cómo se transforma mi visión en días como hoy. Cómo el negro que llevo encima se agranda tanto que ensombrece todo lo demás. El jardín hoy es negro. El sol brillando arriba y tendiendo su sombra sobre las viejas acacias. Cuando cae la noche me noto más sosegado. Me calma la oscuridad del anochecer, y ya con la negrura de la noche, me siento en paz. Tal vez el negro nocturno, al confundirse con mi oscuridad, haga que no resalte mi congoja. Confundir mi mirada con la negra mirada de la noche, eso es casi lo único que puedo esperar de los días, que se suceden igual, uno detrás de otro. Lucho para abrillantar mis pupilas, pero esta lucha es extenuante, y siento que me sobran la mayor parte de las horas. El aturdimiento de las mañanas, cuando aún no he despertado por completo, me permite un pequeño momento —un simulacro— de ilusión, cuando todavía no me he visto oscurecer. Pero en cuanto clarea de verdad, comienza mi batalla. Las cosas son como las vemos, aunque todo en mí, en mi racionalidad, me diga que no, que lo real existe y me supera, me trasciende. Hagas lo que hagas —me digo— las cosas están ahí. Pero, entonces, ¿porqué hoy el jardín ha oscurecido con el sol? Las cosas, cada vez más, están convirtiéndose en lo que mi mirada quiere ver en ellas. Escribo listas de cosas reales y hermosas: el trino de los pájaros, las flores silvestres que de vez en cuando nacen en la margen del jardín, el banco de piedra, los pasos de Amalia por el corredor. Escribo listas y me doy cuenta de repente de que en esas listas no estoy yo, nada hay de mí en ellas. En ocasiones creo que me estoy diluyendo, y en otras cobro una presencia arrolladora, como cuando mi mirada descubre este jardín ensombrecido. No soy lo que miro, y eso quisiera. Ser nube o flor, sentir mi propia belleza por un instante, pero no es así, por más que me empeño no es así, y esta lucha contra mí mismo me destroza. Todo podría reducirse a dormir; cuando duermo no siento todo esto. Dormir, comer algo y volver a dormir. Pero no debo dejarme arrastrar por una rutina semejante, dormir y terminar durmiéndome para siempre. Es como si las palabras mismas se me estuvieran acabando, y creo que tendría que esforzarme en recordarlas, en repetir las palabras bellas para dar significado a algunas cosas que para mí ya no lo tienen. El goce, la palabra me resuena, quiero relacionarla con alguna vivencia o con algún objeto, el goce, me suena extraña, como lejana, distante. Goce, gozar, gocé. Me raspan como un papel de lija. No quiero verme así, como el protagonista de uno de esos absurdos relatos. Tal vez deba dejar de lado la abstracción, la idea, y reemplazarla por el sentido del tacto, porque la vista, diosmío, me aboca al pensamiento sin mediaciones. Cerrar los ojos y tocar uno de los árboles del jardín, sentir su textura y, por un instante, dejar de pensar. Toco la corteza, sus arrugas, su dureza que es a la vez mullida por tantas capas finas, el tacto del tronco de un árbol. Lo he hecho, ya está. Lo he sentido sin más y nada en mí ha cambiado, sólo —ésta es la victoria— he puesto mis pensamientos en silencio. Nada más se ha movido.