Desperté con la necesidad de ahogar estas ganas de controlar todo, desperté dispuesto a perder la costumbre de asignarme culpas constantemente por lo que pasa o deja de pasar, de caer en la cuenta de que no puedo con todo y que está bien que no pueda.
Y a pesar de que en algún punto ya no soy el mismo que pisaba siempre las mismas baldosas, que sentía que el mundo se detenía en una moneda brillante que no debía gastar, que se aferraba a un pasaje de tren o una entrada de cine en las boleterías, o a una botella de coca cola dejada de lado por todos en las góndolas de un supermercado solo por ser diferente, a pesar de que ese chico, en el que me veo reflejado creció mucho desde aquellas imágenes borrosas del recuerdo, sigo sintiendo que hay tanto que me falta superar y que esta lucha constante conmigo mismo me agota y se hace eterna.
Vivo día a día buscando, como obsesivo que soy, una explicación a todo, un perfecto orden en mi desorden cotidiano, algo que poder controlar para no aceptar que lo que más quiero, desde el fondo de mi ser es perder el control, soltar el volante y chocar, sentir el impacto.