Hay días en los que amar a la distancia pesa más que otros.
No porque falte amor, sino porque sobra espera.
Espero a que termine de trabajar. Espero a que salga de una reunión. Espero a que encienda el celular. Espero a que tenga unos minutos para mí. Espero una llamada. Espero un "ya voy". Espero mientras el reloj avanza y el corazón se queda quieto, preguntándose cuándo le tocará ser prioridad.
Hoy me explicó todo lo que hizo. Sé que no fue con mala intención. Sé que estaba cansado. Sé que llegó a casa y hasta me llamó apenas pudo. Pero el amor también se cansa de entender siempre.
Le dije que estaba un poco molesta, aunque sabía que se me pasaría. Después fui yo quien llamó una y otra vez. Escribí: "Lo intenté". Al final apareció para decirme que se había quedado dormido. Me dijo: "Espéreme". Y lo hice. Como siempre.
Y mientras esperaba entendí que lo que más duele de la distancia no son los kilómetros, sino acostumbrarte a vivir entre pausas. Sentir que tu turno para amar llega cuando el mundo del otro termina.
No quiero dejar de quererlo. Solo quiero dejar de sentir que mi felicidad depende de que aparezca una notificación. Quizá deba aprender a guardar un poco de mí para mí. A ocupar mis horas con mi propia vida. A extrañarlo sin perderme en el intento.
Porque nadie habla de lo triste que es amar a alguien que sí te ama, pero a quien casi siempre tienes que esperar.
Ojalá algún día la distancia deje de robarnos momentos. Ojalá llegue el día en que no tenga que despedirme de una pantalla, ni medir el amor en minutos disponibles.
Mientras tanto, aprenderé a quererlo sin dejar de quererme. Aunque esta noche, sinceramente, solo me sienta cansada de esperar.