📍La cala cercana al muelle, último sábado de septiembre, 1995.
No podía darse el lujo de mirar a otro lugar que no fuese el vasto oleaje rompiendo contra la orilla. Había pasado ansiosa la última media hora, ocasionalmente mirando hacia atrás, hacia la casa de los padres de él y luego hacia el muelle; mordiéndose la punta de su ya desgastada manicura y finalmente, apartándose lo mechones de cabello que ocasionalmente golpeaban su rostro.
Por primera vez en mucho tiempo, Derya había tomado la palabra de su madre y le había confiado el cuidado de su pequeño por el día. Entre tantos preparativos y el deseo de que la boda corriera su curso sin inconvenientes, la señora Nadya Yilmaz había calificado como «rotundamente necesario» un cambio de atuendo para Thomas. De no haberle prometido una última charla a TJ, quizás Derya estaría en este momento insistiendo que cambiar el traje a última hora no era nada más que la terquedad de su madre saliendo a flote.
En cambio, allí estaba, recostada en la misma roca donde semanas atrás había intentado tapar el sol con dos dedos y salir invicta de su engaño. Seguía descalza, como cuando bajaron por primera vez en la fiesta, pero esta vez la arena bajo sus pies no quemaba. Estaba fría, distante, al igual que su mente, Se había dedicado a pensar tanto en cómo comenzar su discurso, que con cada minuto en su contra, cada saludo, cada explicación, cada lamento, comenzaban a sentirse insinceros. Vacíos.
Para cuando se dio media vuelta (según ella una última vez), su mente quedó en blanco y su corazón a reventar con lo callado durantes estos años. Sus labios, sin embargo, no se separaron. Lo único que Derya pudo hacer, fue levantar la mano en un escuálido saludo.
Ya tendrían todo el atardecer para dejar las cosas claras. ( @pvntodefvga )











