@pvntodefvga
La inmensa y fría oscuridad de la noche caída pesada sobre sus hombros, aún apreciando las motas lejanas que componían las constelaciones en el apagado cielo. Su cuerpo, cubierto con un abrigo que descansaba cálido hasta las rodillas, posaba magistral sobre el filo del techo de un emblemático edificio. El curioso hombre apreció en el horizonte una desplegada cordillera de arquitectura urbana y el ruido de la ciudad en el susurro de sus oídos. El viento jugó caprichoso con los mechones de su melena, acariciando con azotes las facciones de su rostro. Spencer adelantó un paso, sonrió divertido y se lanzó al vacío.
Dada la naturaleza de su concepción, en sus venas recorrían trazos de genética desconocidos al ojo humano. Spencer Davies poseía levemente una fuerza y agilidad que superaban la media, adaptándose ágilmente a situaciones inusuales que aceleraban su pulso. La adrenalina avanzó por cada tramo de su piel, hasta que descendió elegantemente, cual acróbata, hasta el balcón indicado. Sin preámbulos, un inesperado crudo objeto apareció entre las líneas de su mano… para deshonrar la función crucial de la ventana sellada.
Rompió el cristal, con precisión y cero discreción. Luego introdujo metódicamente la palma de su mano libre, evitando cualquier rasguño y destornilló el pestillo… mientras el objeto en cuestión se disipaba en el aire. Aquella invitación absorbió los contornos de su figura en el acogedor interior de la habitación. Dio un par de pasos, con elocuencia y sin tapujos, mientras el gélido susurro de la madrugada le perseguía en el interior por el hueco de la ventana. Observó detenidamente la exposición de objetos, archivos y libros durante su visita no guiada. Un ruido desvió su atención. “Ya era hora… estaba esperando a que llegases” proclamó con total naturalidad.









