Era muy poco habitual que una chica guapa fuera tan reservada, aunque no podía decirse que fuera fría. Hablaba poco, pero era porque escuchaba, y lo hacía de verdad. Cada vez que conversaba con alguien su mirada tranquila y concentrada comunicaba a su interlocutor que era importante para ella. Cheng Xin era diferente de las chicas hermosas que habían ido al instituto con Tianming. No ignoraba su existencia. Cada vez que lo veía, sonreía y saludaba. A menudo, cuando había alguna fiesta o se montaba alguna salida a la que los organizadores —quién sabe si de manera intencionada o no— se habían olvidado de invitar a Tianming, ella se encargaba de avisarle. También fue la primera de todos sus compañeros en llamarle Tianming a secas, sin el apellido. En todas y cada una de sus interacciones, por insignificantes que fueran, la sensación que Xin imprimía en el corazón de Tianming era la de que ella era la única que comprendía sus vulnerabilidades, la de que le importaba de verdad el sufrimiento que pudiera estar padeciendo. Pero él nunca se hizo ilusiones. Sabía bien que, como le había dicho Hu Wen, ella era así con todo el mundo.
Liu Cixin, El fin de la muerte

















