Constancia
Parece ser que a una de las cosas a las que menos importancia le hemos dado es a la constancia. Pareciera que sabemos de ella, pero le hemos negado su participación en nuestras vidas. Preferimos el relajamiento de la distracción: hacer algo u otra cosa según nuestro estado de ánimo. Así es fácil abandonar toda tarea que iniciamos en pos de un engaño cómodo: como estoy haciendo dos, tres y hasta cinco cosas a la vez… muestro la enorme capacidad de versatilidades que tiene mi inteligencia. El que mucho abarca…
Las empresas nos han mostrado la importancia de la constancia. De hecho, toda esta idea se me vino cuando vi a grupos de trabajadores de centros comerciales reunidos en torno a un supervisor, escuchándolo y hasta gritando consignan (sacando las energías para realizar el trabajo del día). Obviamente estas reuniones eran dirigidas. Luego yo mismo me di cuenta de mi constancia en el mundo de las letras. No dejar de escribir prácticamente a diario; ya un poema, ya un ensayo. Eso se me dio naturalmente y jamás fue una imposición, ni siquiera personal. No era algo que yo buscara. Claro que esa constancia estaba impulsada por un deseo profundo y real de querer ser escritor y poeta (y ni siquiera era un “querer ser”, era más bien un “lograr escribir” tal o cual idea o imagen).
La constancia institucionalizada ha construido los más sólidos y profundos pilares de la historia: las visitas dominicales a la iglesia, la presencia semana de los estudiantes en la escuela. El etcétera es interminable y, ya sea social o personal, sin la constancia no hubiésemos logrado lo que hemos alcanzado.












