Maica ha escrito un cuento breve perfecto en esta consigna 3, valiéndose del concepto hybris como descripción del carácter desbordado de un personaje, sobre la pandemia que estamos viviendo. El relato es la descripción detallada de un positivo en COVID19, pero el golpe de efecto al final lo dice todo en su última frase.
ISLAS
Lamentamos informarle que la prueba dio positivo.
Me provocó mandarla a la mierda. Está loca, se han equivocado, es imposible. He tomado todas las precauciones necesarias.
Pero no le dije eso. ¿Está segura señorita?
Le repito que lamento…
Disculpe. ¿Está segura? (No era máquina contestadora, por dios)
Eso arrojó la prueba molecular, señora. ¿Es usted la señora Marta…?
Sí. La interrumpí con impaciencia. Sí, sí, soy yo. Gracias. ¿Esto está registrado en algún lado?
En los próximos días lo podrá confirmar entrando a un link de MINSA donde se dan los resultados poniendo sus datos.
Lo primero que hice fue tomarme la temperatura. No tenía fiebre. Tuve que sacudir el termómetro pues aún registraba los 38.7 grados que había tenido hace más de una semana por una faringitis debido al aire acondicionado. Como no veía bien, lo puse muy fuerte y me congelé esa noche. Desperté mal, ya por la tarde tenía 38, al día siguiente 38.5 y así fue subiendo la fiebre. Llamé al doctor de mi seguro.
Me siento muy mal, me duele todo, me falta el aire, vuelo en fiebre y tengo dolor de garganta. Le dije todo eso para que se alarmara y viniera lo antes posible. Mentí. Lo único cierto era la fiebre. Pero a veces uno tiene que optar por ciertos recursos para lograr su objetivo.
El doctor llegó al día siguiente, guantes, mascarilla y bata. Desde mi departamento vi el carro con el logo de mi seguro. ¡Qué vergüenza! Pensé. Ahora creerán que alguien de este departamento está infectado.
Tomó mi temperatura, comprobando lo alta que estaba, me auscultó por la espalda y ¡por fin! Me hizo abrir la boca.
Señora, tiene faringitis. Está muy inflamada.
Una sonrisa triunfal. Ahora tendría los medicamentos y este malestar pasaría pronto.
¿Qué me dijo que ha estado tomando?
Solo Paracetamol, pues dicen que es malo tomar Ibuprofeno, por si uno tiene el virus, que, claro, no es mi caso.
Pero aquí me indicaron que tenía falta de aire, dolor muscular. ¿Me podría decir cuándo tuvo esto?
Sí, claro, hace dos días. Pero muy ligero. La fiebre alta creo que fue la causa.
Bueno, sus bronquios están bien. De igual manera le llenaré el formulario solicitando a MINSA una prueba molecular.
Doctor, tanta gente necesitada, con síntomas. No creo necesario que vengan. Es imposible que yo esté con el virus. Lo dije por las puras, creo que ni me escuchó.
A los cuatro días, felizmente el sábado muy temprano, cuando en el edificio todos dormían, vino una doctora a hacerme la prueba. Al verme me dijo en tono autoritario que me ponga una mascarilla, y no entró. Lo hice. Regresé a la puerta y le pedí que pasara a la sala.
No señora. Aquí está bien.
En el lobby de ingreso había una consola. Sacó de su maletín un desinfectante y roció la superficie donde lo pondría.
Yo la miraba incrédula. ¡Pero si me trata como una infectada! No duró ni un minuto y se fue.
Le comenté a mi hija.
Acaban de llamar del MINSA y dicen que dio positivo la prueba. No tengo idea de dónde pude haberme contagiado. Para mí que es un error, solo he salido una vez.
¿Solo? Cuando fuiste a MACRO y te trajiste media tienda. ¿A ese solo te refieres?
Me quedé callada. Tuvimos una fuerte discusión por ese tema.
¿Y ahora? ¿Pediste que me hagan la prueba?
Tienes que llamar tú misma, eres mayor de edad.
OK, lo haré. Aislamiento madre, creo que no nos afectará mucho, hemos entrenado toda una vida para este momento.
En el caso de Gabriela, la consigna 3 le permite contar una hermosa historia sobre el valor. Una niña-toro que se enfrenta a la vida con actitud decidida, resistente, indomable como un toro tratando de vencer la Amazonía y el abandono del padre.
NIÑA TORO
En Iquitos no era fácil ver ganado vacuno, al menos nunca de cerca. Los animales de la Amazonía no se dejan domesticar con facilidad, y en esos años los toros que habían llegado de Europa no resistían la humedad de mi ciudad natal. Mi casa quedaba en el centro, una ubicación privilegiada, pero se hallaba aún a medio construir, con ladrillos rotos, a la espera de más dinero para terminarla. A mí, al menos, me alegraba que fuera así, ya que en las noches de lluvia podía sentir el viento apacible, lo que me hacía dormir mejor: me sentía un personaje —no sé si bueno o malo— de una película de suspenso en el televisor en blanco y negro de la época. El goteo incesante era clave para relajar a esta criatura que aún llevo dentro.
A mí me daba de todo. A veces, cuando llovía, pensaba que el cielo lloraba por algo, los truenos me hacían pensar en mucha cólera; en algunas ocasiones, que me hablaba con voz tierna; y en otras, que me pedía que me mojara y juegue con ella. Tenía mucha personalidad, porque en algunas ocasiones me sorprendía con un arcoíris entre los árboles grandotes del fondo pintoresco de mi selva y la orilla del río Amazonas. Un reflejo de colores que despertaban la esperanza a la vida, a esa enmarañada travesía de mi porvenir.
A través de esa grieta de mi pared podía ver gente pasar, murmurar y, muchas veces, pelear. Estábamos cerca de una hermosa plaza, la 28 de Julio, en la cual marchaban cada domingo soldados oriundos de mi tierra, con las botas bien lustradas a pesar del barro, y donde cada loretano, inflado de calor, con la palma en el pecho cantaba el himno nacional. Era tradición asistir a esas solemnes marchas de ciudadanos que se hallaban orgullosos de pertenecer a una patria llamada Perú. Según me contaron en el colegio, a fines del siglo XIX la fiebre del caucho había convertido a Loreto en unos de los departamentos más importantes del país, lo que llevó a algunos loretanos a exigir una mayor autonomía y a proclamar, en consecuencia, el Estado Federal de Loreto, que tuvo corta existencia.
La banda del Ejército tocaba unas melodías que me hacían saltar de emoción. Alegre aún, y sin ningún esfuerzo, mi cuerpecillo de niña encontraba esa perfecta comunicación entre la música y yo.
Todos los domingos, después de desayunar en familia, mi papá nos llevaba a ver el desfile militar, me ponía mi vestido a bobos zurcido por mi abuela, sin olvidar el paraguas por si lloviera. Yo me encargaba de comprar el pan caliente y la mantequilla en la bodega de doña Rosita, la que un tiempo después me empezó a fiar alimentos.
Mi papá estaba metido en el mundo de la medicina natural: era el famoso yerbero de la ciudad al que todos iban en busca de su sabiduría curativa. Cierto día un vecino vino a casa para inyectarse. El pobre salió cojeando: aparentemente se había movido al sentir la aguja, que estaba caliente. «Así terminan los nerviositos», acotó mi papá. Mis ojos se apiadaban del pobre señor, pero al escuchar a mi papá, hice un ademán de afirmación y le sonreí.
Algunas mañanas lo veía a mi papá con postura de médico. Era todo un orgullo hallarlo sobrio, hirviendo sus inyectables de vidrio, con alcohol medicinal, muchos algodones, yodo, malva, achiote, aseptil rojo; otras noches, en cambio, lo encontraba con su aguardiente en mano, balbuceando y medio confundido, tarareando la misma canción.
—Papá, papá, ¿estás bien? —le preguntaba.
Y él siempre respondía lo mismo:
—Ya es tarde, Judith. ¡Vaya a dormir!
Mientras mamá trabajaba en el mercado y trataba de descansar después de atendernos todo el día a mí y a mis cinco hermanos, mi papá, en su mecedora de sala, escuchaba música romántica con los ojos cerrados. Con congoja, repetía una y otra vez un bolero que permanece en mi memoria como el abecedario de colegio que a correazos mi hermano Winston me obligó a aprender.
Nada remedia con llanto, nada remedia con vino,
Al contrario, la recuerda mucho más tu corazón.
Una noche como un loco…
Un día, papá, el que nunca terminó de construir nuestra casa, se fue de viaje en busca de yerbas amazónicas para seguir curando, zarpó en una lancha y nunca más volvió.
Lo extrañé mucho, hasta que unos años después de tanto preguntar por él, mi vecina me enseñó dónde vivía, otra persona le había contado. Hubiera preferido no volver a encontrarme con él en toda mi vida, pero en ese momento quería recordarle mi rostro, además, tenía millones de preguntas, quería abrazarlo, olerlo de nuevo, así su aliento esté mezclado con alcohol, en verdad, la sala de noche estaba vacía.
Conocimos, entonces, su nueva casa de madera y calamina. No tenía cemento, pero estaba terminada. Sentí rabia al ver su nuevo hogar. Ahora había en esta tierra más descendientes con mi apellido: Tafur. Sí, así se llamaba mi padre: Oscar Tafur, el yerbero de ese nuevo vecindario. También reconocí en una esquina de la casa la botella de aguardiente. Con lágrimas que no podía detener, me abrazó. Sentí de todo, menos protección. Permanecí firme como un toro de cuatro patas que prefería ser desorejado solemnemente y sangrando, antes de corresponder a ese gesto público que merecían unos aplausos, pero jamás los míos. Mi hermana menor, que apenas lo conocía, me tocó el codo y me preguntó:
— ¿Él es papá?
Y él la abrazó también. Le tocó los rizos de su cabello e hizo un comentario sobre su estatura:
— ¡Has crecido! ¡Estás grande, hija!
Mi hermana sonrió agradecida. Alguien le había comentado que su papá era bueno. La verdad, no sé quién; estaba segura de que esa falsa afirmación no había salido de mi casa, que de tanta lluvia y humedad conservaba los agujeros en los ladrillos.
Su nueva mujer nos sentó en su mesa. Puso unos panes duros, sirvió una humeante sopa de pollo —con culantro, para darle sabor— y nos presentó a nuestras nuevas hermanas. Mi media hermana mayor sonrió; la otra, pequeña, nos miraba como extraños que invadían su lugar en la mesa. Se parecían más a mi padre: tenían la piel oscura y rasgos indígenas. No conversamos mucho, no nos conocíamos.
Papá, en un tono comprometido, nos dijo que podíamos volver cuando quisiéramos. Asentí con la cabeza, y nos despedimos. En el camino le pedí a Salvith que dijera que era verdad todo lo que yo contase cuando llegáramos, me repetí mil veces en mi cabeza: Mi papá nunca nos abandonó, papá nos quiso siempre y mientras me escuchaba, segregaba saliva y apretaba mis labios para que mi hermanita no escuchará los chirridos de mis dientes. Salvith estaba feliz, quería regresar para que mi papá le tocara el rizo e intentar jugar con la menor de sus nuevas hijas, ponerle vestidos de papel a sus muñecas, disfrazarlas. Así lo hacía sonreír a papá.
Llegué a casa y mi mamá escuchó parte de mi historia. Hablé con mis hermanos, inventé que papá quería vernos a todos más seguido, que estuvo muy contento. Winston, mi hermano mayor, dijo:
—Vayan ustedes nomás. Yo ando ocupado, tengo que trabajar. Si no, ¿quién ayudará a mamá con el pago de la luz? Nos cortarán la electricidad a este paso.
Los demás no hicieron muchos comentarios, tal vez se quedaron sin voz por lo sucedido. O, simplemente, papá no merecía ni una palabra.
Mamá se fue a duchar sin hacer comentarios, asumió su siempre rol de receptora y yo me senté en mi cama. Rogaba ver por el hueco más profundo de uno de los ladrillos una historia diferente, algo menos tenso, pero el sonido de la ducha se confundió con el de la lluvia, y, entonces, acariciándome, me dormí.
La consigna 3 conduce a Mónica a inventar a una protagonista que, con soberbia, decide abandonar su pueblo, su casa familiar, su país, en busca de un lugar donde la gente no sea fracasada y mediocre, como ella juzga duramente. Un entierro le brinda la oportunidad para más de un reencuentro.
Foto: Alberto Rojas Jiménez Todos los derechos reservados
TAN LEJOS DE SUS CASAS
Desde hacía como diez años que yo estaba a cargo de abrir la heladería. Eran las 5 de la mañana y el verano asomaba con sus maletas como los amigos que vuelven de largos viajes. Tan pronto el sol comenzó a frotarse los ojos, sonó el timbre de la puerta de servicio. Era Sarah
- ¿Supiste lo de la hermana del Sr. Fernández?, le pregunté en inglés, mientras le anudaba el mandil del uniforme. No te vi en la despedida de la señora. No debiste faltar. Él es el dueño de la tiend.
Pero Sarah, al igual que la mayoría de los empleados, después de finalizar su jornada, desaparecía y no contestaba el celular
- Sí vi el mensaje, pero no pude ir. Lo siento, Ada. ¿Tú fuiste? Pobrecito, el señor; aunque escuché que ya hacía tiempo que ella estaba mal, ¿no?
- Sí. Y sí fui, claro. Su familia estaba tranquila, y yo también - porque solo la conocía un poco - pero no sé, me puse tristísima cuando dijeron su nombre en la misa.
Sarah y yo estábamos llegando muy temprano porque, además de todas mis tareas, también tenía que entrenarla. Con el tiempo me asignaban más y más responsabilidades, quizá por esa lealtad que ven que los extranjeros les tenemos a los trabajos. Pero es que nuestros empleos son lo único que tenemos. Sin ningún familiar que nos espere, solos y en ciudades ajenas, siempre estamos dispuestos a hacer horas extras. Mientras los demás llevan al parque a sus sobrinos, mientras pasan el sábado almorzando en familia, mientras van al cine en las noches con sus amigos de la escuela, nosotros barremos, raspamos manchas del piso, limpiamos baños, revisamos listas de compras, cuadramos el dinero y le ponemos llave a la puerta después de que sale el último cliente. Me mudé a Brooklyn por necedad. Por detestar siempre el lugar donde nacimos
- No entiendo. Parece que te vas para siempre - me dijo mamá cuando entró a mi habitación y la vio totalmente vacía
De pie, junto a las maletas, la rodeé con mis brazos, y mirándola a los ojos le respondí que así lo creía. Que solo regresaría a vivir allí si me iba muy mal en la vida
Volver sería el peor castigo, pensaba. Crecí mirando por encima del hombro a las calles de ese “pobre pueblo” – como le decía; insultando al calor que me fundía la ropa a la piel, y rumiando contra las visitas de las amigas chismosas y mojigatas de la abuela. Así, me juré que pasaría por encima de lo que esperaran de nosotros. Mi lugar no era ahí. Me marcharía al terminar el colegio. Tamara, nuestra vecina, se había graduado tres años antes y me escribía desde acá, desde Estados Unidos. Vente. Te ayudo. Te presento en la tienda para que trabajes. Me prestó el dinero, y enfrentándome a todos y sin escuchar llantos ni amenazas, desobedecí a papá y me fui, como sabes. “Solo vendré de visita”, escribí con soberbia en un diario que comencé en el avión, y que te envío arrepentida con esta carta, hermana querida. Cuando llegó el invierno, Tamy se regresó a Valera y me quedé sola, hablando un inglés horrible, sin entender el nombre de las calles, trabajando doce horas diarias los siete días de la semana y ganando pésimo. Ni siquiera podía ahorrar para regresarme, y, como si el destino me castigara, nunca más he podido volver a casa
Fue pasando el tiempo y los niños se volvieron mi consuelo. Asoman sus caritas a través de la congeladora para ver los sabores, y siempre saben exactamente lo que quieren: chocolate, fresa, limón, vainilla, con chispitas, con merengues, con maní. Cuando les coloco los helados entre sus manos, los miran como si la vida les estuviera prometiendo premios increíbles. Muchos años atrás, cuando éramos niñas, antes de que fuera yo quien llenara los conos desde el otro lado del mostrador, los sorbetes de mandarina eran mis favoritos, ¿recuerdas? Pero ya ves que luego fue a mí a quien le tocó preparar las mezclas, llenar los contenedores, servirlos, y recibir los pagos cada día de la semana, excepto los miércoles. Por eso, cuando me llamó el administrador esa mañana, pensé que menos mal que justo ese era mi día libre, porque si no, no hubiera podido ir. “La hermana del Sr. Fernández ya ha partido. El funeral será en la misma casa de la señora, como ella lo pidió, y como aún acostumbran algunas familias latinas”, me dijo.
De las cinco hermanas de mi jefe, ella era mi preferida. Cuando traía a sus nietos a la tienda, siempre se daba unos minutos para sonreírme y saludarme
- ¿Y qué sabes de tu familia?, ¿están bien?, ¿hablas con ellos? ¿Hace cuánto que no los ves? ¡Ay, qué barbaridad, Ada! ¡¿Más de diez años que no vas a tu casa?! ¡¿No has visto a tus padres y a tus hermanos en todo este tiempo?
Era alegre y sencilla, y hasta me hacía algunas bromas para hacerme reír mientras sus nietos le daban vueltas como una calesita. Su gentileza me parecía un regalo. Nunca tengo con quien hablar y la soledad tiene la cara de esas personas que atiendo cada tarde, sin que ni siquiera me miren a los ojos
Así que me alisté y salí para allá porque la casa quedaba en las afueras de la ciudad. Llegué a media mañana y como la puerta principal estaba abierta, entré sin tocar. El salón era grande y tenía dos mamparas amplias que daban a un jardín de manzanos por las que entraba el sol. Una luz amarilla mandarina llenaba de calidez al ambiente y desarticulaba el saludo de la muerte. Pasé y me senté en la única silla que encontré. Sentí un fuerte olor a narcisos, y en el medio, frente al ataúd, vi una fotografía de ella en que salía sonriéndonos. De pronto llegó el sacerdote y nos pusimos de pie:
- Nos encontramos aquí reunidos para rezar por el eterno descanso de….
Y así como cuando uno grita al golpearse el codo, con la velocidad de un reflejo empecé a sollozar callada. Luego, en un segundo, empecé a gemir sin poder esconderlo. Y de verdad que no era por ella. Sentía vergüenza. Pensé que mi jefe – parado frente a mí – me estaría mirando extrañado preguntándose qué me ocurría; que sus familiares de seguro estarían pensando que estaba haciendo el ridículo, pero mientras más hablaba el padre, mis gemidos se notaban más. Me quise obligar a calmarme y apreté mis labios con fuerza y crucé mis brazos oprimiendo mi pecho, pero fue imposible. Temblaba y lloraba con todo el cuerpo y se oía mi llanto ahogado por encima del silencio. Un señor que estaba a mi lado me preguntó bajito: “¿Fue su maestra?”. No - logré responderle. Me puso la mano en el hombro: “¿Era su madre?” Miré el piso y lo negué con la cabeza. Pero durante estos años no pude estar en el funeral de mamá ni de ninguna de nuestras abuelas. Mientras la familia las despidió reunida, consolándose unos a otros, yo las había llorado sola. Y ese día, aunque estaba allí, en las afueras de Brooklyn, cuando el padre dijo esa palabra - el nombre de la señora - había ondeado una bandera que me avisaba que había llegado a casa, y durante esa misa me sentí presente en todas las despedidas a las que no pude llegar. Y es que se llamaba igual que mamá. Su nombre también era Alicia.
Después de que retiraron el pequeño altar, mi jefe pasó a mi lado y no tuve el valor de mirarlo. Como yo no tenía a dónde ir ni otra cosa que hacer, quise pasar la tarde sentada en esa sala. Hablaban español. En unas sillas cerca de la ventana, las tías les enseñaban trucos de cocina a sus sobrinas, los nietos chiquitos se perseguían a carcajadas y dos niñas se pusieron a tocar un piano desafinado hasta que tiraron la tapa y salieron corriendo al jardín. Nadie los regañó ni les pidió que hicieran silencio. La vida seguía hermosa y espléndida. Y aunque siempre había odiado la muerte, en ese momento tan desatinado, entre gente desconocida, me encontraba con ustedes, como si regresara a los mismos límites del tiempo y la distancia que un día crucé.
A eso de las 5 de la tarde me despedí de ella en silencio. No sé si eso lo podrán escuchar los que se van, pero le agradecí su cariño, su hospitalidad y el haberme hecho sentir en familia esa tarde. La extrañaría por la heladería. Era hora de regresar porque al día siguiente debía volver a la tienda y abrirle la puerta a Sarah.
En el camino a casa me detuve a comer en un pequeño puesto de comida de la India. Los empleados tampoco hablaban bien inglés y eran todos extranjeros, como yo. Pedí un té. Cuando me lo dieron vi que tenía leche. No, no, por favor, le dije. Pensé que solo era té, y creí que era frío. La señorita me explicó que era Chai con leche, caliente, con especias y azúcar. No, cámbiamelo por otra cosa, por favor. Siempre he odiado la leche caliente con azúcar - pensé. Pero insistió. Pruébelo, me dijo. Con disgusto me lo llevé a la boca y cuando le di el primer sorbo cerré los ojos. El aroma y el sabor del té me envolvieron como si me rodearan tus brazos, los de mamá, de nuestras abuelas y de todas las mujeres que nos cuidaron de niñas. Era dulce y sabía a las conversaciones que teníamos en las noches calurosas sentadas en sus cocinas. Y desde entonces, no he necesitado nada más antes de dormir. Al igual que las otras personas que estaban también ahí, tan lejos de sus casas.
Germán ha cumplido el ejercicio de la Hibris, la consigna 3, a través de un personaje enajenado de la realidad, que se cree capaz de superar cualquier límite y decidido a salvar a su familia a cualquier precio, en una historia conmovedora.
SEGUNDO ESCAPE DE KRIPTON
La tierra es redonda
y azul como una naranja
JE Eielson
Cuando terminé el colegio, a pesar de haber sido el mejor de mi clase, no pude matricularme en la Universidad. Me hubiera gustado estudiar Ingeniería Aeronáutica o postular a la N.A.S.A, pero la realidad para mí fue distinta, y con el fin del quinto año, aprendí que no había tiempo para soñar.
Interesado en aportar para los gastos del hogar, comencé a trabajar primero como ayudante de construcción. Al inicio no me pagaban. Decían que primero era necesario olvidar todo lo aprendido en los libros, hasta transformarse en una bestia de carga, las manos duras como si fueran piedras, y la espalda siempre recta como si fuera de metal. Algunos años después, me hice maestro de obra y fueron mis recomendaciones las que otros a mi mando, siguieron para remodelar casas, edificios e inclusive la estructura de esta construcción que atraviesa la cuadra 8 de la Avenida Grau.
A diario, cientos de seres, cabizbajos, vestidos con overoles azules, ingresábamos por las puertas de la Emergencia, para construir torres de consultorios y remodelar los pisos de hospitalización.
Pero hoy el destino me ha traído de vuelta. He buscado al médico a cargo del caso, atreviéndome a esperar inclusive al Jefe del Servicio en la búsqueda de una opinión alternativa.
Por desgracia todos me han dicho lo mismo: la quimioterapia no ha funcionado y lamentablemente, los nuevos medicamentos no están disponibles en el hospital. Les he explicado que no podemos comprarlos, recordándoles que fueron mis manos quienes construyeron los pisos por los que ahora deambulan. No me han entendido. Peor aún, me han dicho que morirá pronto y como yo los he llamado traficantes de mentiras, han conseguido que los vigilantes -quienes parecían no haberme reconocido-me saquen a patadas de ese lugar.
-o-
Toma tu jarabe, le digo. Es el sol que ahora nos molesta porque estamos atravesando una constelación nueva.
¿Sientes calor en tu cuerpo?. Será temporal. Pronto viajaremos a planetas más fríos-comento, sosteniendo el timón en forma de libro que dirige nuestra nave espacial.
¿Ves?. Ya está pasando. Ahora vienen los temblores que nos señalan el camino de regreso. Estamos atravesando la atmósfera de este planeta que no conocemos.
Te quiero mucho, repito, mientras acaricio sus cabellos. Estamos a punto de aterrizar.
Descendamos de la nave. Ahora, toma por favor la sopa que papá te ha preparado. Verás que con ella te volverás fuerte y recuperarás tu peso, eliminando esa palidez que ahora decora tu cuerpo.
¿Te duele la barriga? A mí también, corazón. Debe ser por la diferencia de gravedad en el espacio.
Mira. Mamá se nos ha adelantado. Está dormida.
No dejes nada en el plato. Te juro que este viaje será el último.
Este debe ser nuestro espacio perfecto. Te prometo que viviremos felices y sin dolor, en este mundo que tanto hemos buscado y que merecemos.
-o-
-Le volveré a contar todo lo que vi, Coronel.
-Señora, todo está claro. Puede irse, responde.
-La niña lloraba todas las noches. Mis vecinos eran. La madre lloraba también. El gritaba. Al inicio gritaba. ¿Sabe?
Muñoz se pierde en el verde-oscuro de las paredes, sentado frente a la mesa de madera, intentando terminar el informe con la vieja máquina de escribir (aquella a la que le hace falta la “eñe” y la “o”). Su mirada, sin embargo, atraviesa al hombre extraño, quien no deja de observar el techo del calabozo donde ahora se encuentra.
Llevaba tres días ahí y no había dicho ni una sola palabra excepto cuando lo trajimos esposado, recuerda. “Me llamo Jor-El. Yo planifiqué nuestro viaje”-había relatado.
-¿Sabe cómo la encontramos?. La voz gruesa de la mujer interrumpe la estructura de sus pensamientos.
Era un cuerpo esquelético, pálido y lleno de moretones. La mujer quien debía ser la madre, gritaba y botaba espuma por la boca. A pesar de que todos los vecinos corrimos a ayudarla, nada pudimos hacer.
El estaba como dormido. Drogado seguro.
Sólo un enfermo se atrevería a matar a su familia. ¿Acaso va a dudar de lo que vimos?. Sucedió aquí mismo, a unas cuantas cuadras.
Muñoz lee las hojas en las que sobresalen las palabras reconstruídas con el corrector y con la ayuda de un lapicero de tinta negra. ¿Será verdad que la maldad existe?-vuelve a distraerse.
Durante su trabajo como policía, ha entendido el significado de la miseria de los hombres y el dolor. Como si se tratara de un reflejo, introduce la mano derecha por debajo de su camisa.
Ahí está la cicatriz que la bala dejó cuando un desconocido montado en una bicicleta decidió dispararle en la puerta de su casa, el día de Navidad..
Entonces, el hombre del calabozo quien no muestra sentimientos de culpa o de dolor, será condenado por homicidio múltiple y merece ir a prisión por el resto de sus días. No hay dudas. El confesó ser el autor cuando lo encontramos en el escenario donde todo ocurrió.
Ese latido en la cicatriz ha sido la señal que necesitaba para completar algunas descripciones en su informe.
Al terminarlo, observa a la mujer morena, de carnes abundantes atrapadas en un hábito morado, agradeciéndole con un saludo y la más falsa de sus sonrisas.
-o-
Sentado bajo este inmenso sol, comienzo mis lecturas preferidas. No son novelas. Tampoco son libros de relatos cortos. Son historietas de Superman.
Me gusta Superman porque no es humano y se esfuerza por vivir entre nosotros. Además, no es inmortal y tiene un punto débil.
Sin embargo, leo y releo el capítulo en el cual su padre, Jor-El, enterado de la inminente destrucción de Kriptón, conversa con su esposa y acuerdan enviarlo por el espacio. Han asumido el dolor de su ausencia, con el único propósito de permitirle seguir viviendo si la nave espacial que lo transportara, fuera capaz de llevarlo a un planeta vivo.
Me hubiera gustado construir naves espaciales pero en mi escuela el profesor eligió enseñarnos ejercicios repetidos de aritmética y álgebra-recuerda.
A pesar de estas limitaciones intelectuales, y de que mi trabajo consiste en colocar ordenadamente ladrillos, varillas y mezclas, sigo soñando con que algún día podré transportarme fuera de este mundo, en el hipotético caso en que éste comenzara a destruirse.
Mis amigos que no saben nada ni de los planetas de la vía Láctea, ni mucho menos de otras constelaciones, se burlan de mí y de mis soliloquios, En silencio diseño algunas formas de escape, que jamás les compartiré porque sus vidas se encuentran excesivamente aferradas a la tierra.
La tercera consigna es trabajar sobre uno de los elementos más importantes de la tragedia griega: la hibris.
El concepto hibris o hubris en la antigua Grecia significaba desmesura o falta de templanza, de equilibrio y se manifestaba como una falta total de respeto frente a los límites. El concepto griego también implica la soberbia de quien desafía los límites.
En la tragedia griega, la Hibris aparecía vinculada al héroe trágico y desencadenaba la trama. El héroe se oponía, con soberbia, a la fatalidad y sus límites y buscaba ser libre. Su valentía o arrogancia era castigada duramente bajo la premisa: quien huye del destino, lo provoca.
El personaje clásico donde se manifiesta la Hibris es Prometeo (en la ilustración) robando el fuego divino de la creación para dárselo a los humanos y siendo castigado por ello con los buitres que muerden y remuerden sus entrañas (remordimiento). En la literatura contemporánea, un buen ejemplo de hybris es Gatsby, el personaje de Scott Fitzgerald, que hace lo imposible, vence cualquier barrera, para hacerse rico y conquistar a su mujer ideal, pero esa desmesura la paga con su vida.