Ya falta poco y comienzan por cuarta vez estos juegos!
“La provincia del Neuquén será anfitriona de los Juegos Nacionales de Invierno. Esta cuarta competencia se llevará a cabo en el cerro Chapelco de San Martín de los Andes desde el 18 al 24 de septiembre de 2019.”
Desde este blog prometemos un dibujo de los ganadores como en los años anteriores, sin embargo queremos conocer sus opiniones sobre los juegos.
¿Quién los ganará en esta ocasión? o ¿quiénes conformarán el podio este año? ¿Se repetirá el podio de los años anteriores y por lo tanto habrá mas dibujos de ellos? ¿Alguien los bajará de la nube a esos 3?
El año pasado participaron las siguientes delegaciones
Neuquén - Tierra del Fuego - Río Negro - Buenos Aires - Chubut - CABA - Mendoza - Santa Cruz
Esperamos sus respuestas de forma escrita o de la forma que mas les guste (?) :D
“¡Estamos hasta la madre!” 13 años después la consigna sigue vigente: Javier Sicilia
🖊️#Morelos | “¡Estamos hasta la madre!” 13 años después la consigna sigue vigente: Javier Sicilia
+INFO:
Al conmemorar el decimotercer aniversario de la fundación del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, el poeta y activista Javier Sicilia dijo que la consigna de “¡Estamos hasta la madre!” Está más vigente que nunca.
“Hoy, hace 13 años, el asesinato de siete personas en Morelos dio nacimiento al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Desde entonces, no hemos dejado de repetir cada…
Consigna: Eres la última persona en el mundo. De pronto, alguien toca tu puerta.
Con curiosidad y preocupación me acerqué a la ventana. No vi a nadie y me retiré, quizá me estaba volviendo loco en la inmensa soledad, pero al dar la espalda otra vez sonó la puerta aunque más fuerte. Volvió a la ventana, con mayor cuidado, observé y no había nadie. Sin necesidad de retirarme, y sin que lo esperara, volví a escuchar el golpe de la puerta, más fuerte que la anterior. Tres golpe en seco, ninguna voz, ninguna persona. Me acercó, mientras agarro la escopeta que tenía cerca del umbral, y me preparo. Uno. Dos. Tres. Abro la puerta y vuelvo a sostener la escopeta, apuntando a quien estuviera enfrente, o lo que fuera. Pero sólo pude ver una contorno humano, o al menos eso pensé. Gracias a la luz del día, parecía una burbuja de jabón, con sus colores arco iris. Bajé la escopeta, no se veía peligroso, y al tocarlo, escuché una voz muy fuerte en mi mente que dijo "Hemos vuelto por ti. Empaca".
Jueces libres para decidir, un estorbo al presidente
Jueces libres para decidir, un estorbo al presidente
Se encontraba sentado en el Salón de Maestros de La Universidad, tenía 15 minutos de descanso antes de iniciar su siguiente clase de Derecho; en eso llegó un compañero maestro quien tenía un puesto de alta responsabilidad dentro del sistema de justicia y la plática versó sobre un reciente informe que la Organización de las Naciones Unidas había emitido sobre el Poder Judicial en México, el…
Maica ha escrito un cuento breve perfecto en esta consigna 3, valiéndose del concepto hybris como descripción del carácter desbordado de un personaje, sobre la pandemia que estamos viviendo. El relato es la descripción detallada de un positivo en COVID19, pero el golpe de efecto al final lo dice todo en su última frase.
ISLAS
Lamentamos informarle que la prueba dio positivo.
Me provocó mandarla a la mierda. Está loca, se han equivocado, es imposible. He tomado todas las precauciones necesarias.
Pero no le dije eso. ¿Está segura señorita?
Le repito que lamento…
Disculpe. ¿Está segura? (No era máquina contestadora, por dios)
Eso arrojó la prueba molecular, señora. ¿Es usted la señora Marta…?
Sí. La interrumpí con impaciencia. Sí, sí, soy yo. Gracias. ¿Esto está registrado en algún lado?
En los próximos días lo podrá confirmar entrando a un link de MINSA donde se dan los resultados poniendo sus datos.
Lo primero que hice fue tomarme la temperatura. No tenía fiebre. Tuve que sacudir el termómetro pues aún registraba los 38.7 grados que había tenido hace más de una semana por una faringitis debido al aire acondicionado. Como no veía bien, lo puse muy fuerte y me congelé esa noche. Desperté mal, ya por la tarde tenía 38, al día siguiente 38.5 y así fue subiendo la fiebre. Llamé al doctor de mi seguro.
Me siento muy mal, me duele todo, me falta el aire, vuelo en fiebre y tengo dolor de garganta. Le dije todo eso para que se alarmara y viniera lo antes posible. Mentí. Lo único cierto era la fiebre. Pero a veces uno tiene que optar por ciertos recursos para lograr su objetivo.
El doctor llegó al día siguiente, guantes, mascarilla y bata. Desde mi departamento vi el carro con el logo de mi seguro. ¡Qué vergüenza! Pensé. Ahora creerán que alguien de este departamento está infectado.
Tomó mi temperatura, comprobando lo alta que estaba, me auscultó por la espalda y ¡por fin! Me hizo abrir la boca.
Señora, tiene faringitis. Está muy inflamada.
Una sonrisa triunfal. Ahora tendría los medicamentos y este malestar pasaría pronto.
¿Qué me dijo que ha estado tomando?
Solo Paracetamol, pues dicen que es malo tomar Ibuprofeno, por si uno tiene el virus, que, claro, no es mi caso.
Pero aquí me indicaron que tenía falta de aire, dolor muscular. ¿Me podría decir cuándo tuvo esto?
Sí, claro, hace dos días. Pero muy ligero. La fiebre alta creo que fue la causa.
Bueno, sus bronquios están bien. De igual manera le llenaré el formulario solicitando a MINSA una prueba molecular.
Doctor, tanta gente necesitada, con síntomas. No creo necesario que vengan. Es imposible que yo esté con el virus. Lo dije por las puras, creo que ni me escuchó.
A los cuatro días, felizmente el sábado muy temprano, cuando en el edificio todos dormían, vino una doctora a hacerme la prueba. Al verme me dijo en tono autoritario que me ponga una mascarilla, y no entró. Lo hice. Regresé a la puerta y le pedí que pasara a la sala.
No señora. Aquí está bien.
En el lobby de ingreso había una consola. Sacó de su maletín un desinfectante y roció la superficie donde lo pondría.
Yo la miraba incrédula. ¡Pero si me trata como una infectada! No duró ni un minuto y se fue.
Le comenté a mi hija.
Acaban de llamar del MINSA y dicen que dio positivo la prueba. No tengo idea de dónde pude haberme contagiado. Para mí que es un error, solo he salido una vez.
¿Solo? Cuando fuiste a MACRO y te trajiste media tienda. ¿A ese solo te refieres?
Me quedé callada. Tuvimos una fuerte discusión por ese tema.
¿Y ahora? ¿Pediste que me hagan la prueba?
Tienes que llamar tú misma, eres mayor de edad.
OK, lo haré. Aislamiento madre, creo que no nos afectará mucho, hemos entrenado toda una vida para este momento.
En el caso de Gabriela, la consigna 3 le permite contar una hermosa historia sobre el valor. Una niña-toro que se enfrenta a la vida con actitud decidida, resistente, indomable como un toro tratando de vencer la Amazonía y el abandono del padre.
NIÑA TORO
En Iquitos no era fácil ver ganado vacuno, al menos nunca de cerca. Los animales de la Amazonía no se dejan domesticar con facilidad, y en esos años los toros que habían llegado de Europa no resistían la humedad de mi ciudad natal. Mi casa quedaba en el centro, una ubicación privilegiada, pero se hallaba aún a medio construir, con ladrillos rotos, a la espera de más dinero para terminarla. A mí, al menos, me alegraba que fuera así, ya que en las noches de lluvia podía sentir el viento apacible, lo que me hacía dormir mejor: me sentía un personaje —no sé si bueno o malo— de una película de suspenso en el televisor en blanco y negro de la época. El goteo incesante era clave para relajar a esta criatura que aún llevo dentro.
A mí me daba de todo. A veces, cuando llovía, pensaba que el cielo lloraba por algo, los truenos me hacían pensar en mucha cólera; en algunas ocasiones, que me hablaba con voz tierna; y en otras, que me pedía que me mojara y juegue con ella. Tenía mucha personalidad, porque en algunas ocasiones me sorprendía con un arcoíris entre los árboles grandotes del fondo pintoresco de mi selva y la orilla del río Amazonas. Un reflejo de colores que despertaban la esperanza a la vida, a esa enmarañada travesía de mi porvenir.
A través de esa grieta de mi pared podía ver gente pasar, murmurar y, muchas veces, pelear. Estábamos cerca de una hermosa plaza, la 28 de Julio, en la cual marchaban cada domingo soldados oriundos de mi tierra, con las botas bien lustradas a pesar del barro, y donde cada loretano, inflado de calor, con la palma en el pecho cantaba el himno nacional. Era tradición asistir a esas solemnes marchas de ciudadanos que se hallaban orgullosos de pertenecer a una patria llamada Perú. Según me contaron en el colegio, a fines del siglo XIX la fiebre del caucho había convertido a Loreto en unos de los departamentos más importantes del país, lo que llevó a algunos loretanos a exigir una mayor autonomía y a proclamar, en consecuencia, el Estado Federal de Loreto, que tuvo corta existencia.
La banda del Ejército tocaba unas melodías que me hacían saltar de emoción. Alegre aún, y sin ningún esfuerzo, mi cuerpecillo de niña encontraba esa perfecta comunicación entre la música y yo.
Todos los domingos, después de desayunar en familia, mi papá nos llevaba a ver el desfile militar, me ponía mi vestido a bobos zurcido por mi abuela, sin olvidar el paraguas por si lloviera. Yo me encargaba de comprar el pan caliente y la mantequilla en la bodega de doña Rosita, la que un tiempo después me empezó a fiar alimentos.
Mi papá estaba metido en el mundo de la medicina natural: era el famoso yerbero de la ciudad al que todos iban en busca de su sabiduría curativa. Cierto día un vecino vino a casa para inyectarse. El pobre salió cojeando: aparentemente se había movido al sentir la aguja, que estaba caliente. «Así terminan los nerviositos», acotó mi papá. Mis ojos se apiadaban del pobre señor, pero al escuchar a mi papá, hice un ademán de afirmación y le sonreí.
Algunas mañanas lo veía a mi papá con postura de médico. Era todo un orgullo hallarlo sobrio, hirviendo sus inyectables de vidrio, con alcohol medicinal, muchos algodones, yodo, malva, achiote, aseptil rojo; otras noches, en cambio, lo encontraba con su aguardiente en mano, balbuceando y medio confundido, tarareando la misma canción.
—Papá, papá, ¿estás bien? —le preguntaba.
Y él siempre respondía lo mismo:
—Ya es tarde, Judith. ¡Vaya a dormir!
Mientras mamá trabajaba en el mercado y trataba de descansar después de atendernos todo el día a mí y a mis cinco hermanos, mi papá, en su mecedora de sala, escuchaba música romántica con los ojos cerrados. Con congoja, repetía una y otra vez un bolero que permanece en mi memoria como el abecedario de colegio que a correazos mi hermano Winston me obligó a aprender.
Nada remedia con llanto, nada remedia con vino,
Al contrario, la recuerda mucho más tu corazón.
Una noche como un loco…
Un día, papá, el que nunca terminó de construir nuestra casa, se fue de viaje en busca de yerbas amazónicas para seguir curando, zarpó en una lancha y nunca más volvió.
Lo extrañé mucho, hasta que unos años después de tanto preguntar por él, mi vecina me enseñó dónde vivía, otra persona le había contado. Hubiera preferido no volver a encontrarme con él en toda mi vida, pero en ese momento quería recordarle mi rostro, además, tenía millones de preguntas, quería abrazarlo, olerlo de nuevo, así su aliento esté mezclado con alcohol, en verdad, la sala de noche estaba vacía.
Conocimos, entonces, su nueva casa de madera y calamina. No tenía cemento, pero estaba terminada. Sentí rabia al ver su nuevo hogar. Ahora había en esta tierra más descendientes con mi apellido: Tafur. Sí, así se llamaba mi padre: Oscar Tafur, el yerbero de ese nuevo vecindario. También reconocí en una esquina de la casa la botella de aguardiente. Con lágrimas que no podía detener, me abrazó. Sentí de todo, menos protección. Permanecí firme como un toro de cuatro patas que prefería ser desorejado solemnemente y sangrando, antes de corresponder a ese gesto público que merecían unos aplausos, pero jamás los míos. Mi hermana menor, que apenas lo conocía, me tocó el codo y me preguntó:
— ¿Él es papá?
Y él la abrazó también. Le tocó los rizos de su cabello e hizo un comentario sobre su estatura:
— ¡Has crecido! ¡Estás grande, hija!
Mi hermana sonrió agradecida. Alguien le había comentado que su papá era bueno. La verdad, no sé quién; estaba segura de que esa falsa afirmación no había salido de mi casa, que de tanta lluvia y humedad conservaba los agujeros en los ladrillos.
Su nueva mujer nos sentó en su mesa. Puso unos panes duros, sirvió una humeante sopa de pollo —con culantro, para darle sabor— y nos presentó a nuestras nuevas hermanas. Mi media hermana mayor sonrió; la otra, pequeña, nos miraba como extraños que invadían su lugar en la mesa. Se parecían más a mi padre: tenían la piel oscura y rasgos indígenas. No conversamos mucho, no nos conocíamos.
Papá, en un tono comprometido, nos dijo que podíamos volver cuando quisiéramos. Asentí con la cabeza, y nos despedimos. En el camino le pedí a Salvith que dijera que era verdad todo lo que yo contase cuando llegáramos, me repetí mil veces en mi cabeza: Mi papá nunca nos abandonó, papá nos quiso siempre y mientras me escuchaba, segregaba saliva y apretaba mis labios para que mi hermanita no escuchará los chirridos de mis dientes. Salvith estaba feliz, quería regresar para que mi papá le tocara el rizo e intentar jugar con la menor de sus nuevas hijas, ponerle vestidos de papel a sus muñecas, disfrazarlas. Así lo hacía sonreír a papá.
Llegué a casa y mi mamá escuchó parte de mi historia. Hablé con mis hermanos, inventé que papá quería vernos a todos más seguido, que estuvo muy contento. Winston, mi hermano mayor, dijo:
—Vayan ustedes nomás. Yo ando ocupado, tengo que trabajar. Si no, ¿quién ayudará a mamá con el pago de la luz? Nos cortarán la electricidad a este paso.
Los demás no hicieron muchos comentarios, tal vez se quedaron sin voz por lo sucedido. O, simplemente, papá no merecía ni una palabra.
Mamá se fue a duchar sin hacer comentarios, asumió su siempre rol de receptora y yo me senté en mi cama. Rogaba ver por el hueco más profundo de uno de los ladrillos una historia diferente, algo menos tenso, pero el sonido de la ducha se confundió con el de la lluvia, y, entonces, acariciándome, me dormí.