Consultorio FV
Estoy plantado en la entrada de un edificio, el ambiente es húmedo y aún se siente el fresco de la mañana. Observo desde afuera a la recepcionista sin decidirme por dar un paso más; es tarde y debo reaccionar, sin embargo mis piernas no deciden moverse. –Que tontería! –exclame involuntariamente llamando la atención de a un par de transeúntes cercanos. Miro al piso y reactivo mi curso, atravieso el vestíbulo eludiendo la mirada de la recepcionista que pregunta mi destino. Mantengo el paso sin dar vuelta atrás y entro a la sala de espera del consultorio. Me encuentro en una habitación de madera con un sofá y un par de piezas de arte tropical demasiado festivas para el recinto, además hay una pequeña biblioteca, dispuesta para que los pacientes tomen un libro o revista con la falsa esperanza de apaciguar su ansiedad.
Tomo asiento y elijo un libro al azar de la biblioteca, lo abro y lo ojeo sin leer nada, sin ver nada; sino divagando en mi mente sobre el sentido y la naturaleza de la escena que estaba a punto de realizar en el momento que se abriera la puerta del consultorio. Sin embargo la espera fue mayor de lo que estipulaba, así que me puse a pensar sobre el trayecto que acababa de recorrer para llegar ahí; bus, metro y un par de cuadras a pie, todo transcurrió como un sueño monótono y mecánico; implacentero, como aquel que se desplaza cautivo de su resignación.
-Buen día, por favor pase -dijo una voz desde la otra oficina.
Esto me saco del ensimismamiento en que estaba, me incorpore, entre a la habitación y le extendí mi brazo logrando un tosco saludo. Me senté en el sillón que señalaba, me hundí en él, en sus profundidades. Mi mundo interior con sus delicados ecosistemas sucumbían al peso existencial; el vacío súpermasivo no puede contenerse más, implosiona cataclísmicamente para luego expandirse en la totalidad de la nada que me compone; las voces en mi cabeza se unifican en un coro ardiente, su bandera es el odio y conquista con prontitud las espectrales calles del vacío.
-Hace un buen rato no se pasaba por aquí. –dijo el especialista inmutable, rompiendo con el silencio en que estaba inmersa la sala- Creo que han sido al menos unos seis meses desde que cruzamos palabra; se ve usted bastante repuesto, muestra clara de la efectividad de los medicamentos y del claro seguimiento de las recomendaciones morales, para el mejoramiento del espíritu y la…
-¡Ahórrese eso! –le interrumpí enérgicamente- poco o nada, puede alguien entender la desesperación que me arrastra a entrevistarme de nuevo con usted; pero he perdido el horizonte y ahora sólo me rodea la bruma, una asfixiante y densa capa de humo turbio, que me ciega e inmoviliza impotente en mi desesperación.
Me tome un segundo para leer su reacción ante mi exaltado ánimo. Mi interlocutor se mantuvo inmutable y con aires de una templanza obscena, fruto de su entrenamiento profesional. Todo en su disposición me repugnaba por su escandalosa indiferencia; esa que se expresa por medio de una empatía artificial característica de este tipo de individuos, la cual es tan ficticia que incluso el más incauto de los pacientes, puede percibir sin esfuerzo el embuste que es.
¿Qué me hace volver a este lugar? ¿En qué residen mis esperanzas? ¿Por qué tanta hostilidad al que al menos parte de mi considera un potencial aliado? Debía calmar mis pulsiones; de nada servía ahondar más en el mar de contradicciones en que estaba inmerso, la terapia podía ser una opción; así no fuese una decisión unánime del coro de mis pasiones, no podía permitir autosabotearme en este momento de absoluta incertidumbre.
-Permítame calmarme – continúe, pues estuvo a punto de interrumpir el prolongado silencio en que estábamos – disculpe mi tono, que pudo no ser adecuado para un consultorio, pero en estas últimas semanas he vuelto a ser testigo del desvanecimiento del espejismo en que se erige mi vida.
-No creo que sea la primera vez que lo oigo pronunciar estas palabras… me preocupa que no sea la última. Es muy diciente toda esta dinámica de erigir un edificio espectral diseñado para su inminente derribo.
¿Acaso se burlaba de mi situación o realmente creía que no me percataba de mi culpabilidad en todo esto? Si era así, erraba enormemente, nadie entiende más que yo que la culpa de esta situación era mía; sin embargo, sí concordábamos en que las medidas tomadas en cuanto esto, eran insuficientes y que por mi negligencia era que ahora saboreaba el infierno.
-He perdido el control. -respondí a media voz- no temo a la tormenta, pero esta me ha arrastrado al vacío.
-¿Tiene esto algo de cierto? –respondió sonriente.
-No mucho, –respondí resignado- pero por momentos parece lo único que es real. ¿Cree usted que perdemos nuestro tiempo con estas citas?
-No. ¿Cree usted eso?
-A veces –Respondí evadiendo su mirada.
¿Es necesario venir hasta aquí a que me reafirmen lo obvio? ¿Acaso ya está todo dicho? Puede ser; sin embargo… el dolor es real, el aislamiento, la inmovilidad, la desazón, así como también la negligencia de mí actuar. Todo esto se incrusta en mis carnes y las desgarra; un sádico espectáculo que se replica al infinito ¿Cómo le doy fin a todo esto? ¿Es esto mero masoquismo o hay un impulso de justicia que se complace atormentándome? No me satisfacen las posibles respuestas, tampoco me animo a formular estas preguntas a un tercero, dejarían demasiado en evidencia mi vileza y falta de control en las más necias abstracciones, algo que mi extraño orgullo no desea soportar.
-¿te percatas de que te pones a la defensiva cada que empiezas a encarar una solución?
- Usted me recuerda la validez del odio que me tengo. -murmuré.
-No creo que eso sea lo que más le preocupe, usted se atormenta por no odiarse con suficiente intensidad, lo que permítame decirle, es un enorme… contratiempo.
- ¿Duda usted de mi malestar? –respondí indignado.
-No; todo lo contrario, estoy convencido de su tormento pero creo que usted debe dejar de refugiarse en las construcciones que usted mismo erige para torturarse.
- ¿Cree usted que no lo intento? No puedo dejar de sentirme de la manera que me siento, es lo que soy, es parte de mi ser.
-Puede ser, pero parece que usted busca justificar su apatía hacia el mundo a costa de su bienestar. Es algo que quisiera meditara para nuestra próxima sesión, pues el tiempo hoy ya se nos ha acabado.
No logre asimilar inmediatamente estás palabras ¿era posible que finalizara la sesión luego de lanzar semejante bomba? Me invadía la indignación e iba a protestar, pero justo en ese momento regreso mi escepticismo y apatía por la terapia. ¿Tenía sentido alguno exponerme de esa manera? ¿Para qué evidenciar mi necedad a un tercero? ¿Qué podía yo sacar de todo esto?
-¿Le parece bien esa fecha?- me dijo.
Asentí sin poner atención a lo que decía, le di la mano y abandone la habitación con afán. Afuera en la calle ya se sentía algo de calor y no había briza, mi cabeza estaba turbia y todo mi cuerpo insistía en creer que había sido envilecido a causa de asistir a la terapia; pero al mismo tiempo creía que toda esa sensación, no era más que un autosabotaje, para frenar lo que pudo ser un paso acertado hacia mi bienestar. Es evidente que lo real es lo segundo, pero entonces ¿por qué he decidido no volver?











