Fenix avis unica
Cuando el sol ha cruzado el umbral de la flamígera puerta y refleja el suave brillo de sus primeros rayos, el ave Fénix lanza su canto sacro, de acentos únicos que invocan los fulgores primeros con su voz encantadora que no podrían imitar ni el ruiseñor con sus tonalidades ni la flauta con la música de su sonido círreo, tampoco se lo podría igualar al canto del cisne que muere ni el que arranca de las cuerdas sonoras de la lira celena. Se sabe que quien oye cantar al Fénix cura al instante sus enfermedades. Pero pocos, que se sepa, la han oído. Quienes le vieron, dicen que la presencia del Fénix es maravillosa, y su aspecto insta a la veneración: así es de inmensa su hermosura, así de iluminada su dignidad. Se dice que a unos su aspecto también produjo pavor.
A primera vista su color es como el color que reposa bajo el astro del Cancerbero, que es como el azafrán de las cálidas granadas, como el color de las hojas que luce la adormidera silvestre o la flora toda cuando despliega su atavío dorado. Sus espaldas y el bello pecho también brillan, haciendo relucir su cabeza, la cerviz y los hombros. Su cola se alarga escapando entre amarillos metálicos que se van mezclando a manchas hasta enrojecer al púrpura.
En verdad es el Fénix, es Él, pero no el mismo que fue. Es el que ha alcanzado la vida eterna por la muerte eterna.
Extracto de "Poema del Fenix" de Lactancio