A este escarabajo se le conoce por el nombre de aceitera, y también por otros: curita o corraleja...
Meloë proscarabaeus no es un escarabajo típico, con sus cortos y blandos élitros vestigiales, sus cinturones rojos y sus patas finísimas, parece ir siempre corriendo, con prisa y de fiesta.
Así es, porque sólo sale para el cortejo y la cópula de los oscuros laberintos en los que trascurre su secreta vida, asociada a las hormigas, en sus palacios telúricos. No entraremos ahora en el extraño contrato que le liga a esas infatigables y disciplinadas trabajadoras.
El nombre de aceitera lo debe a una secreción oleosa que produce si se le perturba. Es su propia sangre que espurrea con generosidad en sangría defensiva y refleja.
Cuentan del joven Darwin que, a pesar del empeño familiar de que estudiara medicina y teología, más que las miserias del cuerpo humano o los misterios de Dios le fascinaban sobre todo los escarabajos. Daba largos paseos levantando piedras y troncos para buscarlos, llenando bolsas y botes con sus tesoros entomológicos.
Un buen día, tenía las manos repletas de bichos..., ya no le cabía ni uno más, así que, ni corto ni perezoso se metió sin miedo uno en la boca para guardarlo. El escarabajo protestó irradiando un líquido ácido para que Darwin lo escupiera. Seguramente se trataba de la misma estrategia de la corraleja, aunque no creo que fuera uno de estos grandes insectos, de pinta elegante y fúnebre; son demasiado grandes, aunque, ¡quien sabe! Los genios son atrevidos y valientes aunque se mareen.