¿Quiere conocer un anticipo de su defunción ?
Basta con abrir una ventana que de a una siesta de enero en Corrientes o Asunción, da igual la madre que la hija. Porque esta es una historia de madres y de hijas, ya lo verá.
Asoladas.
Humeantes.
Polvorientas.
Áridas en la llanura húmeda, las calles se agitan en la quietud. Reverberan fulgores ondulados. Jadean como tísicas el demonio de la siesta.
Después está la gente.
Cuerpos humanos sin sombras cruzan callados por las calles. Abrasados por las calderas canallas. Las Diablas (obesas, aceitosas) y sus hieródulos con espadas flamígeras están expulsando pecadores del Paraíso que está negado a los renegados.
¿Adónde los conducen?
A la siesta correntina.
El cielo se sancocha. El tibio celeste está celado. Ya no llegan hasta él las jaculatorias que los fieles, al santiguarse, imprecan. Los penitentes que apenan las calles brillan del barniz del sudor. Mujeres afantasmadas atraviesan el resplandor sin decir una palabra.
Sin decir una palabra. ¿Adónde, hombres y mujeres cargados de ardores caminan los calores?
¿Adónde van?
A la siesta.
A los recovecos tramposos del asentamiento de la Villa de San Juan de Vera de las Siete Corrientes: sus ejidos fueron catastrados (amparados y rubricados por sus Católicas Majestades) con los teodolitos del Adelantado Don Juan Torres de Vera y Aragón. Titulado. Encomendado. No cenado como su colega Juan Solís, éste otro Don Juan bebió y fornicó hasta que su árbol genealógico se cansó de frondar y florar y frutar la parentela mestiza que hoy funda feudos ensoñados en nombre de la corona sajona.
Pero el misterio (flota de grumetes y doñas que parte desde Asunción para españolizar las siete guaraníticas puntas) sigue su liturgia en la catedral del aire escaldado de enero.
Hay palmeras y chivatos que florean el altar de la siesta con sus verdes ondulantes. Cuando el aire se entibia, los lapachares bajan del cielo y las jacaranderías con luto eclesiástico gotean las veredas de la Costanera. Fieles pero infieles, los caminantes hacen profesión de procesiones tal como está indicado en el culto de la siesta, con sus maitines, sus horas tertias y nonas para responsos y festines.
Desinteresados.
Remotos.
Austeros.
Insensatos: los peregrinos que caminan por las calles no saben que son el séquito de la celebrante, que es la Muerte.








