"Irás, irás, irás", seguía rezongando el duende. "Irás, no por hacer una concesión a Julek y a Genek, sino porque la fascinación te atrae, por una fuerza mayor. Irás, aun sabiendo que la fascinación te aplastará, te triturará, te reducirá a un estado lamentable, como un estropajo. Irás, aun sabiendo que no tienes nada que ganar, irás porque crees en los milagros, porque crees en el "jamás se sabe"; irás, aunque sea tan sólo para mendigar a la fantasía, en los días siguientes, la imagen de lo que hubiese podido ser aquella fiesta si las cosas hubieran resultado de manera diversa, es decir si hubieses llegado a aquel baile al aire libre, bajo un cielo estrellado, no bajo la apariencia de un estúpido Henryk Szalaj cualquiera, sino en un poderoso studebaker, en el pellejo de un millonario americano o de un campeón mundial de lucha libre, del más famoso seductor de Hollywood, o en el del jefe de una expedición polar a quien se ha dado por perdido. ¡Ja, ja, ja! Irás, irás, irás."