Desayuno sensual
Sabés una cosa, Lidia, lo que más me gusta de los domingos es que puedo prepararme el desayuno sin apuro. Ponés la cafetera en el fuego y enseguida el calorcito de la cocina te va ganando la piel debajo del piyama. Mirás por la ventana y te reís del viento que afuera silba y juguetea con las inútiles hojas del otoño, mientras saboreás por anticipado ese infierno oscuro y humeante que te promete el café y el cigarrillo —desayuno de soldado, decía Remarque— para calentarte más el alma que las tripas. Durante la semana no hay tiempo, pero los domingos me hago unas tostadas, y es un gusto ver como el pan viejo renace en un bizcocho dorado, capaz de cantarte crac crac entre los dientes para alegrarte la boca y el oído. Al rato, el susurro borboteante de la cafetera te llama para que la destapes, y entonces te tira a la nariz un olor a mañana hambrienta de medialunas tiernas. Llenás la taza, y al palpar su tibieza te da una caricia suave, como si fuera una mina que está esperando ansiosa que le besés los labios, y cuando la besás, te envuelve con su perfume y recibís en la boca su amargura dulce. Después del primer sorbo, el espejo negro y borroso por el vapor te invita a prender un cigarrillo: estúpido ritual inevitable del humo que gozás aunque te mate, como una pasión absurda a la que te entregás con la locura de un enamorado, pase lo que pase. Sabés, Lidia, a veces pienso que la gente que se desayuna con un pomelo debe tener jugo en las venas.
Alberto Pomelo (Buenos Aires, Argentina)












