Imprescindible en la temporada, esta prenda, que se encuentra en el limbo entre la falda y el pantalón, irrumpe en la actualidad para ser el protagonista en el clóset de las mujeres.
Tuvo sus orígenes en la Francia del siglo XIX y fueron los hombres los primeros en usar esta pieza, considerada el “calzón masculino”. Precisamente la palabra culotte significa bragas y desde sus inicios se familiarizó con las nalgas.
Luego de ser una prenda absolutamente masculina, los culottes comenzaron a ser los preferidos de las mujeres finalizando el siglo, pues ellas necesitaban encontrar vestidos funcionales que les permitieran practicar deportes como la equitación y actividades caseras como la jardinería. El pantalón culotte fue perfecto, ya que se caracterizaba por ser de tiro alto a la cintura, ancho y largo sin sobrepasar la media pierna, permitiendo movimientos naturales sin mostrar más de la cuenta. En pocas palabras, el culotte es el resultado de una mezcla ideal entre la bermuda, el pantalón palazzo y las faldas midi (a mitad de pierna).
Pero, más allá de ser un traje que sirviera para que las mujeres practicaran sus deportes predilectos y realizaran labores del hogar con un toque de sofisticación, el pantalón culotte poco a poco fue abriéndose paso en el clóset de las mujeres trabajadoras, esas que no se quedaron con la idea de cuidar el hogar sino que salieron a las calles y grandes oficinas para cumplir un propósito diferente al de ser amas de casa.
Hacia los años sesenta el diseñador Yves Saint Laurent (YSL) retomó el culotte llevándolo a las pasarelas y rompiendo definitivamente con los esquemas que hasta el momento se consideraban femeninos.