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• Gustavo Adolfo Bécquer •
El origen de los años bisiestos
Hace más de dos milenios, en la Antigua Roma, se descubrió que el calendario no estaba del todo alineado con el año solar. Así pues, Julio César le pidió al astrónomo Sosígenes que le ayudara a crear una alternativa más apegada a la rotación real de la Tierra.
La rotación aparente del Sol dura 365,242 días. Es decir, que la Tierra tarda ese tiempo en volver a ocupar una misma posición a lo largo de su órbita. Los romanos primitivos eran gente un tanto ruda y recurrían a un año civil de 304 días, o sea, 10 meses.
Pero pronto entrevieron la importancia de dotarse de un calendario acorde con el año solar (para las cosechas, por ejemplo), de manera que añadieron dos meses más, enero (el mes undécimo) y febrero (el duodécimo), a continuación del mes décimo (diciembre, claro).
En tiempos de César, sin embargo, el calendario romano seguía siendo un desorden. Los meses duraban según, lo que implicaba que las estaciones empezasen cada año en días distintos. Para las fiestas agrícolas y públicas tamaño despropósito era ciertamente molesto.
Así que, tras haber consultado a astrónomos egipcios (Sosígenes de Alejandría), en el 46 antes de nuestra era, el indómito Julio, recurriendo al método del decreto (que tanta ‘gloria’ conocería en algunas de nuestras democracias), creaba de golpe y porrazo el nuevo calendario.
Entre otras cosas, se establecía que el año comenzase en enero, y no en marzo (como se venía haciendo) y, que es lo que ahora nos preocupa, se inventaban los años bisiestos: cada cuatro años habría que ubicar un día doble o repetido (de 48 horas). Como febrero era ya el mes más corto, ¿qué mejor que meterlo en él?
Los romanos tenían el concepto bis sextus dies ante calendas martii (repítase el sexto día antes del primer día del mes de marzo), que correspondía a un día extra intercalado entre el 23 y el 24 de febrero; sin embargo, después de la introducción del calendario gregoriano (hecho por el papa Gregorio XIII en 1582), este día extra se colocó al final de mes. Exactamente el nuevo día, el bis, se puso a continuación del 28 de febrero, aunque sólo una vez cada cuatro años. Esto es, en el sexto día antes del principio de marzo: bis sextus. Bisiesto. ¿Problema solucionado? No del todo...
En 1582 el equinoccio de primavera, momento en el cual día y noche tienen la misma duración, se produjo el 11 de marzo, diez días antes de lo que correspondería. ¿Qué había sucedido? Pues que la reforma juliana fijaba, a efectos prácticos, la duración del año en 365 días y 6 horas, de manera que cada cuatro años se acumularían (6+6+6+6=) 24 horas, un día. De ahí la razón de los bisiestos.
Pero en realidad la longitud del año solar se comprobó, en el siglo XVI, en 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos. O sea, que la rotación aparente del sol duraba 11 minutos y 14 segundos menos de lo que venían calculando desde hacía 1600 años. Por lo que cada cuatro años no se acumulaban las 24 horas, sino unos cuantos minutos menos.
Y así, el desfase sumado a lo largo de los años ya era intolerable en pleno XVI. Los años bisiestos habían llevado el equinoccio hasta el 11 de marzo, habían retrasado el año solar, por tanto. Como en tiempos de César se acometió la reforma del calendario: la reforma gregoriana (por el papa Gregorio XIII), Para que este desajuste no volviera a producirse, se creó una excepción: no serán años bisiestos los que sean múltiplos de 100, excepto si también lo son de 400 (esto es que terminan en dos ceros, con excepción de los divisibles por 400). Por esta razón no fueron bisiestos el año 1800 ni 1900, pero sí que lo fue el año 2000; y por este mismo motivo ni el año 2100 ni el 2200 serán bisiestos.
Gregorio XIII también estableció una supresión de 10 días que ayudaba a desaparecer el desfase con el año solar; así que después del jueves 4 de octubre de 1582 siguió el 15 de octubre.
Es decir, el año bisiesto se creó para corregir el desfase que existe entre la duración del año solar (365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos) y el año de calendario de 365 días.
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