Día 09 - Gárgola
La hora al fin llegó. El sol cruza el horizonte y las luces se desvanecen. La luna asciende para marcar el camino del vigilante nocturno. Yo mismo. Aquí sobre los techos me encontrarás pero nunca me atraparás. Soy una moneda de dos caras, mas solo conocerás una de ellas. ¿Y cómo sabrás cuál de mis dos caras verás? Pues eso depende de vos, amigo mío. ¿Te portaste bien? Seré tu guardián. ¿Te portaste mal?... Será mejor que no te encuentre. Todas las noches vigilo, esa es mi razón de vivir. No puedo volar pero me deslizo por los aires recorriendo los techos, con los ojos bien abiertos como dos faros. Siempre observando. Siempre acechando. Si escuchas pasos que te despiertan por la noche, ese soy yo. Si al otro día ves sangre en las paredes, ten por seguro que estuve cenando. Mi rostro es horrible, lo sé; pero te prometo los brazos más cálidos. Mi espalda es escudo, mis garras cuchillas. Fuerte en la lucha, débil en la sed. La sed. Sed de terror, sangre y desesperación. Suplícame, implora piedad, promete "no volverlo a hacer"; nada acaba con la sed. Los humanos son muy frágiles. Se deshacen como frutas maduras. Huelen mal, pero saben muy dulce. Clavo mis garras y desgarro su carne. Cambian de depredador a presa. Primero rugen y luego lloran. Siempre la misma historia pero nunca me aburre.
Los jóvenes terminaron de estudiar y ahora se van a sus casas. Me pregunto si tienen a alguien que los espere o solo anhelan desplomarse en sus camas, ¿Cómo se sentirá eso? Tener a alguien que te reciba con un abrazo, tener un espacio propio y cálido donde estés seguro. Sea cual sea el caso, los seguiré. ¡Esperen! No vayan por ahí, hay tres jóvenes que quieren lo que ustedes tienen. Son jóvenes desperdiciados que no buscan enaltecer sus dotes humanos, sino devorar el esfuerzo ajeno por envidia. No somos culpables por nacer, sino responsables de nuestro vivir. No hay excusas. Debo intervenir. Los depredadores rodean a las presas, pero yo los distraigo. Derribo a uno de ellos y se descolocan. Los estudiantes escapan asustados pero llegarán al refugio de sus camas. Los depredadores sacan sus garras y yo las mías. Uno de ellos tiene un instrumento de fuego, me hiere en el hombro pero eso me provoca más sed. Le arrojo una piedra en el rostro, vuelve a disparar pero mata a su compañero, el otro se abalanza, lo levanto y lo lanzo contra el disparador. No puedo más con esta sed, ahora son mis presas. Tomo su brazo, le doy unas vueltas y se lo arranco, ya no puede disparar. El otro pretende huir pero le sujeto las piernas y las devoro de a bocados grandes; miembros, tendones, cartílagos, no me entra todo en la boca pero lo disfruto. El otro se arrastra con terror en su semblante, seguro intuye que estoy enojado porque arruinó mi tercera presa. Tomo su cabeza, la desprendo de su cuello mientras se escuchan las arterias partirse y le quito gajos de piel y venas como a un mango. Los guardias de azul vienen. ¿Y dónde estaban ustedes? ¿Por qué siempre llegan a interrumpir mi cena en vez de evitar que despierten mi apetito voraz? Debo partir, este desastre ahora es de ustedes.
Me da pena desperdiciar comida, sin embargo, tengo la seguridad de que siempre habrá más, tristemente hablando. Es la paradoja de este modo de vivir, no quiero que haya tanto de esta comida, pero quiero comer. ¿Lo necesito? Probablemente no. Pero lo quiero. Salto de techo en techo, la noche aún es joven y las bestias salvajes no descansan, ni siquiera yo. Veo a una señora, está llevando comida en dos bolsas grandes, ¿Tendrá crías esperándola? ¿Cómo se sentirá tener a alguien que te ayude a seguir vivo? Si yo tuviera a alguien así, creo que la ayudaría a que también siga viviendo, aunque eso implique quitar la vida de alguien más. Después de todo, ¿No se trata de eso el ciclo universal? Alguien debe morir para que otro pueda vivir. La señora camina muy rápido, se la ve nerviosa, debe oler la presencia del hombre que está detrás suyo. ¡No! No pierdas tiempo buscando las llaves. Los depredadores no deben saber dónde vives, tus crías estarían en peligro también. El hombre la derriba, pero no le quita la comida, qué extraño. Están forcejeando, creo que está interesado en ella, la quiere obligar a aparearse con él. Ella está gritando que no quiere, pero a él no le importa ¡Qué poco caballero! Tendré que hacerle ver lo que se siente. Lo tomo de los hombros y lo lanzo lejos de ella. Me apresuro a inmovilizarlo. La señora se incorpora muy aturdida, toma las bolsas y entra a su casa. No le pasó nada, solo fue un susto. El hombre me golpea muy furioso. ¿No puedes controlar tu sed? Yo tampoco. Lo golpeo en la nariz y cae mareado. Lo sujeto de la misma manera que hizo con ella. ¿Sientes placer por el sufrimiento ajeno? Yo también. Le bajo los pantalones. ¿Quieres saber lo que hay dentro de un humano? Yo también. Con mi garra le abro un tajo desde el ano hasta el pubis, separandole los testículos y quitándole el miembro viril. Meto mi mano y extraigo todo lo que encuentro. Metros de intestinos, vejiga, colon, riñones, páncreas, hígado. Entro más profundo. El estómago está muy aferrado, lo tendré que desgarrar. No puedo sacar los pulmones ni el corazón, lo tendré que quebrar. Con mis puños rompo el esternón, ahora es más fácil quitarlo pero voy a tener que agrandar el tajo. Listo, ahora el tajo es hasta el pecho y puedo retirar los pedazos de hueso. Una por una saco las costillas, adoro cómo suenan. Los pulmones se ven horribles, no deberías fumar tanto. Mira, tu corazón está dañado, ya no sirve más, pero tal vez me ayude a calmar la sed. Entierro mis dientes en ese músculo duro, desgarro los pedazos y mastico con fuerza. Cuesta tragarlo, está un poco amargo, pero consiguió satisfacerme.
¿Aprendieron algo? Le digo a los guardias de azul que hace rato me están mirando totalmente paralizados. Me apuntan con sus armas pero les tiemblan las manos. Son estúpidos pero en el fondo me dan ternura. -¡Quieto!, gritan mientras se acercan lento con sus cadenas.
Estoy muy lleno, no puedo correr mucho así que les daré la ilusión de haber podido capturarme. Juguemos al gato y al ratón, eso hace más entretenida la cacería. Me atan las manos, me encierran en su vehículo, suben y arrancan. Aprovecharé a descansar un poco, ya saben, para hacer la digestión; pero en cuanto se descuiden los tendré que abandonar. Hay una ciudad que cuidar y mucha comida esperando.












