Barrer
Mi trabajo es de los más infravalorados y hasta el más burlado, pero soy quien tiene el poder. Soy una figura invisible pero al mismo tiempo saben que debo estar presente, es más, se preocupan cuando no saben dónde estoy. Pero no se inquieten, yo siempre estaré por ahí barriendo, barriendo, barriendo. Soy la primera en llegar a las oficinas, cuando las luces frías bostezan y la máquina de café aún no despierta. Soy la última en irse, cuando la fatiga pesa en los hombros, los ventiladores zumban y la noche nos envuelve en su cínico silencio. No me siento explotada porque no tengo nada mejor que hacer, este trabajo tan sencillo me alcanza para hacer que pasen los días. Nunca me aburro, siempre ocurren cosas que me mantienen entretenida mientras hago la limpieza. Por ejemplo, ver cómo el nuevo se las ingenia para modificar los números de los pedidos antes de pasar las planillas al contador para hacer un dinerito extra, o cómo las chicas de administración se montan un gran teatro de zalamería frente a los directivos para luego esconderse en el baño a susurrar como víboras. Eso ya es común.
Buscar en la basura se volvió mi nuevo juego, pues todos arrojan fragmentos de sus secretos y me entretengo descifrando los enigmas. Una prueba de embarazo, los resultados de los exámenes clínicos del jefe de piso… me pregunto si su mujer sabrá lo de la sífilis; cartas documentos con nombres de empleados que no conozco, qué raro, debe ser gente que los tienen en negro. A veces juego con esos secretitos, como cuando a la recepcionista le dije al oído “Felicitaciones” mientras limpiaba su escritorio, así sin contexto ni nada; fue divertido ver su cara ponerse pálida. O también aquel día que llamé al secretario del gerente por el nombre de su amante hombre, nadie más lo sabe, pues nadie debería saberlo, sería muy difícil sostener la imagen de hombre conservador de ideales rancios para contentar al jefe y mantener el puesto. De todas formas, esos son entremeses para pasar el rato, fuera de eso debo cumplir con mis labores de barrer, limpiar, pulir.
Estamos en la última semana del mes y es cuando suelo tener más trabajo de lo habitual. Debo dejar todo limpio y ordenado, dejar fuera de la vista todo lo que no debe tocar la luz, pues las oficinas, a veces, se usan para otro tipo de trabajos. Hay que limpiar bien en profundidad y baldear los tintes de carmín que no deberían derramarse. Pasar la mopa nueva para borrar manchas y nombres que deben desaparecer. Lustrar las mesas donde se suelen firmar acuerdos dudosos. Y barrer huellas… muchas huellas. Los trapos son los únicos testigos silenciosos que guardan los secretos que sostienen la pulcritud de la empresa, y como todo testigo, hay que eliminarlos. Todo lo que no sirva o moleste se desecha. Los papeles se queman, los anillos se venden, las balas se esconden, la carne y los huesos se trituran. Los elementos de limpieza siempre se pueden cambiar, con la misma facilidad con la que nos lavamos las manos. Procuro dejar los espejos completamente pulidos, para así asegurarme que el reflejo solo devuelva rostros y nunca culpas.
Solo soy una simple empleada de limpieza que disfruta de su labor. Mientras los empleados matutinos intentan parecer buenas personas con su ridícula condescendencia por no verme tan “culta” como ellos y su falsa modestia, los empleados de la noche me respetan y muchas veces me hacen participar de sus “juegos”. Al final de cada jornada solo quedan polvo y cenizas, y yo lo barro, lo barro, y lo barro… pero el polvo siempre vuelve, nada queda absolutamente limpio. Ellos deben asegurarse de recompensarme bien, pues nadie va a barrer mejor que yo.







