—¿Eres ese realmente tú? —le dijo a su reflejo, extrañado.
—¿O es esa la máscara que muestras al mundo?
¿Eres tú, o es el que quieres creer que eres?
¿Es eso solo la apariencia que les muestras a ellos?
¿O acaso creías que tu vida te pertenece?
No... estás actuando un papel: el papel del personaje que crees ser, de aquel que te gustaría ser.
¿es el actor a quién estoy mirando, o al personaje?
No puedes marcar la diferencia.
Crees tanto en ti mismo que los has convencido a todos, y ya no hay diferencias.
Eres lo que haces, lo que vives, lo que sientes...
Ya no hay actor, ni personaje, ya no hay nadie más: sólo quedas tú.
¿Qué harías con tu vida si no hubiera nadie para observar tu actuación?
¿Qué es lo que realmente harías si no existiera nadie, ni nada, que pudiera verte?
¿Qué harías si tuvieras el conocimiento certero de que no existe ninguna otra entidad capaz de comprender ninguno de tus actos, más que tu mismo?
¿Harías lo que haces si supieras que nadie jamás lo sabrá?
A cada momento, con cada paso...
“Lo hago por mí mismo” dices a menudo, orgulloso.
Nada de lo que haces es para ti.
Todo lo que haces por ti mismo te cambia, de forma que otros puedan percibir ese cambio.
No importa realmente lo que digan, sólo necesitas que alguien lo sepa.
Todo lo que haces, es para que otros puedan verlo.
No eres nada sin el resto.
Esa es la verdadera razón de tu existencia: el resto.
Cada pequeña acción que tomas, cada pensamiento que tienes, (aún ahora, solo frente al espejo) sólo tiene sentido porque existen otros para escucharte.
Eres una criatura social.
Proclamas a los cuatros vientos ser un individuo, pero en el fondo, en la más profunda grieta de tu ser, sabes que mientes:
No eres nada sin el resto.
Eres una criatura social.
Y cuando finalmente lo aceptes, entonces todas las cosas, todas, comenzarán a tener algún sentido...