You can stand under my umbrella
Como todas las historias esta también tiene un principio, no es el principio más brillante, ni el más bonito, pero sí el más afortunado.
Después de todo, esto comenzó con un desliz que casi le rompe la nariz a Anker, pero a partir de ese momento, de esa tarde en la cafetería, todo empezó a girar en un cumulo de mágicas coincidencias. Aún a día de hoy no sabe que ocurrió, cual fue el detonante para que de un día para otro ambos empezaran a coincidir casi sospechosamente, como si se buscaran de forma inconsciente. Como cuando tropezó con él en otra ocasión al doblar una esquina, como cuando se dio cuenta de que le tenía al lado mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde para cruzar, como cuando él se olvidó su cartera en la misma cafetería de la primera vez y por azares de la vida le encontró algunas calles abajo, y así conoció su nombre, como cuando se encontraban en la biblioteca, o como cuando ella empezó a sentarse en la misma mesa que él cuando le veía en algún bar y pasaban las horas charlando. También de como Alice empezó a llegar tarde a sus clases solo para coger el mismo tren que él.
No sabía que era, pero quería creer que era el destino. Porque al final, incluso en una calle atestada de personas y a considerable distancia sus miradas se encontraban y ella creía que en el momento en que eso pasaba, en el momento en el que sea donde fuera que estuviera pudiera sentir que Anker estaba ahí y su mirada le encontrara, cuando te das cuenta de que tienes esa extraña capacidad de saber cuantos pasos te separan de esa persona, de sentirla, notarla aunque no la veas, fue en ese momento que lo supo, porque tenía que ser él y nadie más.
Pasó un tiempo y las coincidencias dejaron de acumularse porque dejaron de ser coincidencias y se convirtieron en paseos, cafés, conversaciones banales y chorradas que solo ellos entendían. Y todo culminó un viernes por la tarde, lo recordaba perfectamente. Ese día llovía con fuerza, las gotas caían frenéticas y se estrellaban contra el suelo para salpicar las botas de Alice mientras caminaba con paso ligero bajo su paraguas, uno amarillo chillón que se paró a comprar en un estanque en cuanto la lluvia la pilló de improvisto, estaba sumergida en sus pensamientos, organizando su tarde y el día siguiente entonces por ninguna razón, tuvo la necesidad de alzar la vista. Esbozó la más ancha de las sonrisas al reconocer su espalda entre la muchedumbre.
“Menuda coincidencia eh” Se dijo a si misma.
Aceleró el paso para acercarse al empapado chico y no pudo sorprenderle porque se giró cuando estaba a penas a un par de pasos de su espalda, volvió a sonreír pensando que igual que ella le notó a él, Anker la sintió a ella, o quizás leyó sus intenciones desde hace rato, de alguna forma. Alice le ofreció su paraguas y caminaron juntos, esta vez en silencio, pero no uno incómodo, sino un silencio cómplice, a buen entendedor pocas palabras bastan.
La siguiente escena fue tan cliché que todavía se ríe al recordarla. Se despidieron en frente de la casa de la chica pero aun así perdieron algunos segundos mirándose sin saber que decir o hacer ahora. Fue al voltearse Anker para irse que Alice agarró la manga de su chaqueta deteniéndolo, volvieron a mirarse en silencio como dos idiotas hasta que ella acertó a pronunciar palabra y le sugirió que se llevara el paraguas para no mojarse. Aceptó, y sus manos se entrelazaron al pasarse el paraguas y al darse cuenta sus labios se enredaron en un beso que ambos estuvieron buscando.
Él desapareció calle arriba con su paraguas. Y ella se quedó bajo la lluvia sin importarle el mojarse, sintiendo cada gota refrescante y agradable, aun cuando su silueta se desvaneció entre la gente ella seguía mirando y sonriendo, sabiendo que estaba ahí. Porque fuera donde fuera iban a encontrarse.