Federico y ella
El sol brillaba desde lo alto, el cielo estaba despejado, el aire era fresco y olía a césped recién cortado. Salió de casa dos horas antes de entrar a clase, quería caminar un poco, tomarse un café, fumarse un cigarrillo o dos y disfrutar del sol que hace días que se escondía y curiosamente sentía que lo hacía de ella. Llevaba un jean azul de rotos que había hecho ella misma, una camiseta cuello tortuga negra y la chaqueta verde amarrada a la cintura. Su cabello estaba ondulado y el sol hacía que se viera tan rojo como si estuviera en llamas. Se sentía bien, era uno de esos días donde se sentía bonita.
Caminaba sin mirar a la gente, pero sentía que la gente la miraba a ella. La música iba al compás de sus pasos, no al revés. Llegó a las escaleras de la biblioteca y creyó haberlo visto, ¿era él? No, solo alguien que se parecía mucho a él. Volteó la mirada para seguir su camino hacia la cafetería y se topó con su cara, igual de sorprendida de verla después de tanto tiempo – y a la vez tan poco – a un metro de distancia. Federico iba con su gorra rosada favorita, una camiseta blanca, un jean negro con un solo roto en la rodilla y sus Vans blancos con cordones rosados. Los dos se quedaron mirándose, perdiéndose en los ojos del otro. Tantos recuerdos, tantas risas, tantas decisiones equívocas, tanto por decir, tanto. Y tan poco.
Estaba tal lo recordaba; sus ojos como dos pozos negros cubiertos de brillo y algo que nunca había podido descifrar qué era, pero que solo pasaba cuando la miraba a ella. Ya no tenía el bigote que había usado por tantos meses, ahora llevaba la barba completa. Tenía la cara tal cual como estaba en sus recuerdos de cuando almorzaban, caminaban o simplemente se miraban. Pero se veía cansado, estaba un poco encorvado como si llevara mucho peso en su morral, aunque se podía ver que estaba casi vacío. Las ojeras estaban marcadas como si alguien hubiera agarrado un pincel y las hubiera pintado, o quizá simplemente sí era pintura o carboncillo o algún material. Federico siempre estaba haciendo algo con materiales. De pronto se sintió diminuta pensando en lo que él estaría pensando de ella, en lo poco que ella le importaba a él.
Pero no era así. Federico la veía y veía todo lo bueno. Cuando la miraba sentía una extraña calma en su cuerpo. Ella era luz. Estaba más delgada y su cara se veía más fina, pero seguía viéndose hermosa. Ella siempre era hermosa. No porque su cabello fuera rebelde y sedoso al mismo tiempo, ni porque cuando sonriera se le marcaran hoyuelos. Ella era hermosa por lo que irradiaba; irradiaba amor, tranquilidad, confianza, paz. Era hermosa por los libros que leía y las cosas que imaginaba.
Había sido un imbécil. La extrañaba y quería decirle lo mucho que lo sentía, lo mucho que quería volver a darle su cuchara porque cuando llevaba sopa se olvidaba y llevaba tenedor, que aunque fuera quería su amiga de vuelta. Pero no podía. No era orgullo. Era miedo. Miedo de lo que le fuera a responder. Estaba seguro que lo odiaba, que por fin había hecho tantas cosas malas que había corrompido su corazón y que por fin lo había hecho odiar. Y no era cierto. Ella lo seguía queriendo y perdonando a diario porque así era ella. Porque ella creía en lo bueno en él, en lo que en algún punto él le dijo.
Y los dos estaban destrozados, pero él tenía miedo y ella era muy orgullosa para aceptarlo. Sin embargo, a los dos se les detuvo el mundo cuando sus ojos se encontraron, y lo que fueron segundos se sintieron como horas.
-¿Cómo has estado? –preguntó por fin Federico.
-Muy bien. –Mintió ella –¿Y tú?
Él sonrió. Una sonrisa leve y triste.
-Muy bien también.
Ella lo miró por última vez y con los ojos ardiéndole siguió su camino mientras él suspiraba y seguía el suyo.
-Decúh






