Hacía ya más de un año que no sabía nada de él.
Sara era una mujer común y corriente con una pizca de extraordinaria. O así era como la había descrito una pobre alma que se había enamorado de ella. Medía un metro sesenta, no tenía piernas largas ni curvas perfectas. Tenía un busto bien formado, pesaba 54 kg, tenía el cabello abundante y largo, sus facciones eran de niña, tenía los ojos rasgados como los de un gato y oscuros como el tinto, labios carnosos que tapaban una sonrisa perfectamente arreglada por frenillos. Pero era lo que estaba detrás de todo aquello que no perduraría más allá de los cuarenta lo que la hacía especial, o al menos para algunos.
A lo largo de su vida, Sara, fue muy buena en muchas cosas, menos en el amor. La ventaja era que sabía muy bien cómo ocultar lo que sentía y era curiosamente buena con las mentiras, así que no fue un rasgo que la destacara entre la multitud, pero sí el que más notaba ella. Creyó haberse enamorado de Alejandro, con quien duró gran parte de su adolescencia y el cual fue el primer hombre en su vida. Pero Ale no fue sino un capricho más, un mal hábito que tenía, una de sus cuantas adicciones.
Sara era adicta a cinco cosas. La primera era el chocolate que la llenaba de un placer inocente. Podía pasarse horas viendo por la ventana entretanto metía la cuchara en el tarro de Nutella y tomaba leche deslactosada en un vaso para café, mientras veía como las hojas de las palmas y los árboles se movían sigilosamente con el roce de la brisa. La segunda eran los libros. Sara, en promedio, había gastado más de cinco millones de pesos en libros. Amaba la ciencia ficción, siempre había admirado la manera en que se podía plasmar la realidad de una manera tan creativa y llamativa como lo hacía la fantasía, los libros eran su debilidad, solía comprar libros que nunca se iba a leer y en efecto, no lo hacía. La tercera era pintarse las uñas y raspar el esmalte a los pocos días. Hallaba un placer muy peculiar que su madre siempre había odiado. Tenía esmaltes de todos los colores y por mas que se prometiera que no se tocaría las uñas, a los pocos días ya se estaba raspando el esmalte de ellas. Su cuarta adicción era ponerse sus audífonos con la música del dispositivo en aleatorio e imaginar escenarios y momentos que probablemente nunca iban a pasar. Siempre tuvo amores imposibles los cuales cambiaban cada semana, o si tenían suerte, lograban quedarse en su cabeza por lo menos un mes. Besarse con ellos en su cabeza era esencial. Y su quinta adicción era esa constante inclinación a no quererse lo suficiente.
Alejandro era parte de su quinta adicción. La pisoteó las veces que quiso y ella siguió allí pensando “al menos sigue conmigo”. Era patético y triste ver como se culpaba a sí misma de la manera en que él la trataba, y no por el simple y llano hecho de que era un hijo de puta que le habían faltado pantalones para quererla como merecía, o por lo menos tener la decencia de partirle el corazón de una vez por todas y evitar lo que vino después. Después de durar año y seis meses juntos, Sara decidió entregarle esa parte de cada mujer que nunca iba a recuperar: su virginidad.
Alejandro la dejo al día siguiente.
Sara quedó devastada, y como su quinto mandamiento lo decía, la culpa había sido de ella, por no ser lo suficientemente bonita para él. La depresión la llevo a la anorexia, la anorexia a la bulimia, la bulimia a cortarse, cortarse a psiquiatría e internado, internado a querer acabar con su vida, querer acabar con su vida a Bristol.
Cuando salió del internado, después de un proceso lento de recuperación y a veces retrocediendo, María, su madre, la llevo a realizar todos los tramites para que Sara tomara un curso de Inglés en Inglaterra, como siempre lo había soñado. En el transcurso de dichos meses de papeleo y embajadas, Sara conoció a Andrés y fue la primera vez que ella se enamoró. Andrés era mayor para Sara, era un tipo sofisticado, medía un metro ochenta y cinco, tenía una sonrisa hecha por dientes grandes y blancos donde uno de ellos se acostaba encima de otro, de resto, todos se acomodaban a la perfección y, como era de esperarse en los tipos con los que salía Sara, tenía cejas gruesas y despeinadas.
Andrés llenó la vida de Sara de risas, peleas, lagrimas, sexo, amor, misterio, felicidad y más sexo. Sara se perdió en el mundo de Andrés, se perdió en el bosque de sus cejas y las olas de sus besos, y terminó con el corazón hecho mil y un pedazos. Como toda historia de amor, de amor verdadero y profundo, cuando se terminó no tuvo un final feliz. Andrés la quiso, la quiso mucho, pero ella lo amó con cada fibra de su ser. Nunca más lo volvió a ver.
Llegó el cinco de Abril y Sara estaba en la sala de espera de los vuelos internacionales, ansiosa por saber qué sería de su vida en un país donde nadie sabía de su existencia, llevando a Andrés marcado en su corazón. Tuvo su vuelo al lado de un alemán que no hizo nada más sino tomar vino y roncar. El resto es historia, hasta que apareció Max.
Max Blomberg, un joven sueco de 20 años que le hizo creer de nuevo el amor. Max no era una persona buena en el amor tampoco, era frío y casi nunca le decía cosas lindas a Sara. Pero se podía notar que estaba loco por ella. Se notaba en la manera que decía su nombre, se notaba que la amaba cuando se ponía celoso si ella se fijaba en alguien más, se notaba su amor cuando la llevo hasta el médico, así no pudiera almorzar, y luego le repitiera una y otra vez cómo debía tomarse los medicamentos para que no se equivocara. Se notaba en la manera en que la tomaba de la mano, no como acto de posesión, porque fueran una pareja, sino por la simple necesidad de tocarla, de sentir que estaba allí con él. Se notaba en como sonreía cuando Sara hacía cualquier payasada, o la manera en que la protegía de lo que pudiera protegerla y sobre todo en el hecho de que siempre, siempre le hizo el amor. No, Max no necesitaba decirle “te amo” para que ella supiera que lo hacía. Max se lo demostraba con pequeños actos que no sabía que daban a conocer sus sentimientos por ella. Y sí, le dijo que la amaba, no sin unas cuantas copas encima, pero ella ya lo sabía antes de que lo hiciera. Siempre lo supo.
Sara nunca entendió qué fue lo que Max había visto en ella. Su autoestima había subido y ya se valoraba, pero Max no era cualquier tipo. Era un joven de familia adinerada, rubio como el sol, con ojos azules y con una manera de vestir que dejaba sin aliento.
Aproximadamente todas las niñas tenían los ojos puestos en el apuesto Max, a Sara nunca le importó mucho tener su atención. Su corazón seguía llevando a Andrés por dentro. Pero Max vio en ella algo que no vio en otras niñas; amabilidad, naturalidad y pasión. Las cualidades, le contó una vez a Sara, que habían hecho que su padre se enamorara de su madre. Max la invitó primero por un café, luego una cita, después otra y poco a poco la fue conquistando con su fría y extraña forma de querer. Nunca lo supo, pero Max le salvó la vida, le abrió un mundo lleno de posibilidades pero por esa tendencia del destino de poner a Sara junto amores imposibles, no se quedó en él. Max se fue el 7 de julio a Suecia, volvió por un tiempo a estar al lado de Sara, pero después de unas semanas fue inevitable que se tuvieran que separar.
Sara le envió una carta por cinco meses las cuales no obtuvieron ninguna respuesta, así que decidió salir adelante, conocer más personas, comenzar sus estudios. Max y Bristol habían pasado ya a segundo plano. Sara tenía una vida llena de personas que la amaban por lo que era y seguía siendo un desastre en el amor. Pero curiosamente era absoluta y plenamente feliz. Decidió escribirle una última carta, contándole que lo sabía, sabía que la amaba y que ella también lo había amado con todo su corazón, pero que si en algún punto iba a volver a dirigirle la palabra, lo hiciera con toda la franqueza de la que fuera capaz, así la verdad fuera difícil de afrontar.
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Hacía más de un año que no sabía nada de él, cuando le llegó una carta desde Karlstad, Suecia. La cual abrió con dedos temblorosos y con el corazón en la boca.
Nunca volví a enviarte un mensaje o escribirte. La razón por la que lo hice fue para no hacerte recordar del pasado y no abrir viejas heridas. Sé que no te traté de la mejor manera y me arrepiento por completo porque tú te mereces lo mejor. Perdóname si aparezco un poco tarde, pero en algún momento tenía que pedirte perdón. A veces, tienes que hacer las paces con tu pasado si sientes que fallaste. Y te fallé, desearía haberte tratado mejor de lo que lo hice.
No me malinterpretes, el tiempo que pasé junto a ti fue hermoso, pero si de verdad amas o te preocupas por una persona, como lo hice contigo, no deberías haber sido tan frío como lo fui yo. En tu ultima carta me pides que sea honesto contigo y lo seré: la razón por la que fui frío contigo fue porque pensé que así sería más fácil despedirnos, y para mí, era lo mejor que podía hacer. Me estaba protegiendo de mis propios sentimientos para poder continuar con mi vida en el momento que tuviéramos que separarnos. Porque en el fondo de mi cabeza sabía que nunca más nos volveríamos a ver… Tenía tanto miedo de decirte que te amaba en aquél momento, así que decidí ocultar mis sentimientos y aparentar que no pasaba nada. Esa es la verdadera razón.
Pero en tu última carta me dices que siempre supiste que te amé y que fuiste muy feliz a mí lado. ¿Sabes lo feliz que me haces sentir al decirme eso? Siempre se me ha dificultado mucho amar a una persona, especialmente en escenarios como en los que nos vinimos a conocer… Pero de verdad te amé desde el primer momento en que te conocí. Simplemente desearía haberte dado el 100 por ciento de mí y no el 80, aunque sólo hubiera sido una vez. Eres una persona tan fácil de querer, nunca lo olvides. Eres especial y fue precisamente eso lo que amabas tanto de ti, una niña tan simple y extraordinaria a la vez.
Quise darte todo mi corazón, pero fui un cobarde y no fui capaz de hacerlo… Te amé con todas mis fuerzas y el hecho de haberte dejado me partió el corazón. Esa fue exactamente la razón por la que quise esconder mis sentimientos hacia ti. Estaba calculando tanto las cosas que no pude ver el futuro que podríamos tener, así que sin apenas comenzar, ya había renunciado la idea de tenerte. Perdóname.
Sara se quedó sin habla. No supo cómo, ni cuando, simplemente tomó su teléfono y lo llamó. Una voz ronca y familiar, tan familiar como el aroma del café que siempre toma su hermano en las mañanas, le contesto al otro lado de la línea. Y sonrío mientras las lágrimas de felicidad le bañaban el rostro.