Soy DeFelicidad
Abro los ojos y vuelvo a cerrarlos. Su mano recorre mi cuerpo quitándome la respiración por un segundo, pero... no lo siento. Lentamente reabro los ojos y lo veo. Es perfecto. Veintitantos años, cabello castaño claro y su piel... morena, tan suave que al rozar mi cuerpo muerdo mi labio inferior como un acto instantáneo, aunque, sigo sin sentirlo.
Con sus labios recorre mi cuello hasta llegar a mis labios donde se detiene y al soltar el aire me dice,
-Quiero hacerlo.
Lo miro a los ojos y me detengo allí por unos segundos. ¿Por qué quiere hacerlo conmigo? Apenas tengo dieciocho años y... si, soy virgen. No es porque nunca tuve la oportunidad de hacerlo, me considero una persona linda y carismática, bueno, algunas veces, las otras... me levanto y me odio, generalmente por mi cuerpo, pero esa es otra historia.
Sigo mirándolo a los ojos y esta vez soy yo quien suelta el aire. Sigo mirándolo a los ojos y segundos después, estoy besándolo. Sus manos agarraron mi cabello y las mías se prenden en su cuerpo, su espalda, su piel. Nuestros aires vuelven a cambiar. Mi corazón comienza a latir con mayor velocidad. Ahora su torso se encuentra sobre el mio y sus manos bajan desde mi cabeza a mis hombros. Cierro los ojos. Con sus piernas abre las mías y... estoy temblando. Me falta el aire. Mi cuerpo lo pide, pero no quiero hacerlo. No siento nada, no lo siento, quizás una vez que este adent...
-¡No! -grito al apartarlo bruscamente con ambos brazos.
-¿Qué pasa amor? -pregunta al besar mi cuello.
No contesto. Sigo temblando. Me siento en la cama y sin volver a pensarlo, me levanto. Cuando mis pies tocan el suelo, la piel se me eriza y mi corazón se detiene por un segundo. Él me sigue hablando e intenta tocarme. No lo escucho, y... sigo sin sentirlo. Vuelvo a ponerme mis jeans ajustados , con mis zapatillas en la mano, salgo de ese cuarto oscuro que me estaba asfixiando.
-¡Ana! -lo escucho gritarme antes de dar un portazo.
Afuera el día podría considerarse perfecto. El cielo está despejado, sin la necesidad de estar nublado, y los arboles de hojas verdes, mezcladas con ese anaranjado que dejó el otoño. Sí, estoy en invierno, pero es un invierno cálido y eso lo hace extraño. ¿Qué clase de invierno es si no puedo cubrir mi cabeza de gorros de lana y mi cuello de bufandas?
Mi respiración finalmente vuelve a la normalidad y me detengo en el semáforo, está en rojo para los autos, y en verde para permitirme el paso. Mi mirada se fija en aquel hombre-cito que se prende y se apaga, se prende y se apaga, y... no respiro. Dejo caer mi cuerpo en la vereda. El sonido que hace aquel hombre-cito se repite una y otra vez en mi cabeza. Miro de un lado a otro buscando un escape, pero no lo encuentro y mis ojos comienzan a lagrimear. Estoy llorando, y siento que nunca voy a parar. No quiero que nadie me vea.
Cubro mis ojos.
Al descubrir mis ojos, me encuentro acostada en aquella habitación oscura con aquel hombre a mi lado.
-¿Vos no queres hacerlo? -pregunta desconcertado.
-No -digo al levantarme de la cama, ponerme los pantalones y abandonar el cuarto con las zapatillas en mi mano.










