Viernes, Agosto 5 de 1983. Roma, It.
Eileen es una variante de Helena. Helena es nombre griego que se traduce a bella como el sol, y la verdad es que, personalmente, ella no podría estar más en desacuerdo. Los griegos podrían pensar lo que quisieran sobre el sol, pero Roma soleada es un maldito horno en verano y el único culpable al que apuntar es el dichoso astro rey. Todas las calles, casas, callejones levantan polvo caliente que quema la cara y pica la nariz. Caminar desde la parada del bus por diez bloques completos de locales comerciales hasta su trabajo de medio turno bajo de esa luz infernal en pleno mediodía no tiene nada de bello, todo lo contrario.
Llega al local con la cara enrojecida, las pecas que sólo han aumentado con el tiempo y el cabello húmedo por el sudor le hace tiritar cuando entra al aire acondicionado de la librería. Los aparadores rebosantes de libros nuevos, semi nuevos, de colección, tapa dura, de bolsillo, y un sinfín de pasillos rebosantes de tomos de los más diversos temas. Tanto papel necesitaba esa temperatura para no pudrirse con el tiempo, que las hojas no se volviesen amarillas prematuramente –Aunque Eileen no veía nada de malo en eso. Quince grados hacía dentro de esas paredes de piedra gruesa recubierta por madera, en comparación a los treinta y dos que hacía ese cinco de agosto en la calle.
Cómo ya había tenido que pedir días por una gripe que la tumbó directo a la cama, Eileen sacó un suéter de su maletín y se abrigó antes de ponerse su ID de staff. Firmó puntualidad y saludó a sus compañeros –que no eran muchos –algunos de los cuales ya tenían su hora de almuerzo. Aprovechó para sacar una manzana y una barra de chocolate mientras se acomodaba en la caja seis, la última de izquierda a derecha.









