Sus labios se le cierran como contraventanas pintadas de madera, la poca luz que a su boca entra la ensombrece y la alimenta; sus pestañas zarandean como alas de libélula, la luz que esparcen de noche deslumbra y desorienta, labios y pestañas hacen el ruido de las panderetas en noche vieja, la luz cambia con las horas, más vieja o más nueva, pero los platillos oxidados encienden en los hombres las mismas ganas de fiesta.


















