PRESENTACIÓN
Joserra Ortiz
Poeta, pintor, diplomático, académico de la lengua e incluso cocinero, Fernando del Paso es más que nada recordado como uno de los más grandes y arriesgados prosistas no solo en México, sino en la nación internacional de la lengua española. Su fallecimiento, ocurrido en noviembre de 2018, apenas tres años después de haber recibido el reconocimiento más importante de la literatura en nuestro idioma, el Cervantes, se dio justo en el momento en que su obra y su figura volvían a situarse en el centro del diálogo político y literario nacional. No es que haya sido un autor secreto ni olvidado, nada más lejano de eso, pero sí es verdad que, ante un panorama editorial sobrepoblado de novedades, y en un campo artístico como el mexicano en que la mayoría de los escritores reconocidos publican sus abultados archivos a una velocidad de vértigo, la cuarta y última novela de del Paso, Linda 67. Historia de un crimen, había llegado a librerías en 1995. Por supuesto que no se quedó de brazos cruzados y, entre esa novela y los últimos años de su vida, el también autor de las clásicas José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987), mantuvo un ritmo incansable de producción, publicando ensayos de literatura e historia, títulos infantiles, dramaturgia, colecciones de cuentos y poemas y, también, un recetario. Igualmente, fueron los años en que más se consolidó como intelectual público, ingresando a la Academia Mexicana de la Lengua y al Colegio Nacional, y obteniendo los premios y reconocimientos más prestigiosos a los que puede aspirar un escritor mexicano, como el Alfonso Reyes y la Medalla Sor Juana Inés de la Cruz, junto al ya mencionado Cervantes y, en 2007, coincidente con el inicio de la infame “guerra contra el narco”, el Premio FIL de Guadalajara. Vale la pena mencionar esta última coincidencia, porque el discurso y la figura pública de Fernando del Paso, siempre estuvieron o siguen estando ligados a la inconformidad política y el respeto de la paz y la justicia, sobre todo en el contexto de la persecución oficial. Los temas de sus primeras dos novelas, sin ir más lejos, transitan y entraman conflictos ideológicos y políticos particularmente problemáticos en nuestra historia reciente, reflexionados por del Paso casi en su inmediatez. En ambos casos—el de José Trigo y la huelga ferrocarrilera del 59, y el de Palinuro en medio de la masacre estudiantil del 68—destaca lo que no se puede leer de otra manera que no sea la de un compromiso intelectual y profundo con las causas más justas que son las de los más débiles. No por nada, el autor todavía alcanzó a pronunciarse por los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, la punta representativa de un iceberg de desolación y violencia en que se convirtió México en el siglo XXI. Es en el reconocimiento de esta cualidad que muchos lectores han entablado una complicidad anímica con la novelística de Fernando del Paso. Se trata, sobre todo, de una complicidad que es también estética, porque, como siempre se suele destacar, el manejo que tuvo del lenguaje, la manera en que entendió al hecho literario como un acto de arquitectura o escultura a través de la palabra, no ha tenido parangón jamás. Fue un artista en el sentido más completo y complejo del término, incansable batallador de su material de trabajo al que con paciencia le dio la cualidad del agua y el viento: libertad desbocada y concentrada al mismo tiempo. Por eso celebro la existencia de este primer volumen de la revista Desyerto, en el que cuatro jóvenes ensayistas visitan de nuevo algunas de las catedrales lingüísticas en las que del Paso transformó la palabra, nunca confinándola sino dándole la centralidad que merece. Los textos repasan especificidades muy notorias de la novelística del Fernando del Paso, como sus recursos figurativos o sus influencias y diálogos con la gran tradición literaria en español. Son breves umbrales a la maravilla de una obra que fue breve pero nunca se acaba.









