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¿Ahora me miras? ¿Ahora tú me miras? Es curiosa tu mirada, y escondida, como la mía, alguna vez. ¿Acaso me estás mirando? ¿De verdad, tu espacio se postró ante mi camino? Es irónica nuestra cercanía. Tu momento. Mi momento. Ya no el nuestro. ¿Eres tú quien me mira? Me miras en las páginas del diario que fue tu secreto... Incógnito y escondido. ¿Ahora me miras? Sé que lo estás haciendo. Sin hablar… Sin callar... Diciéndome frases tan confusas que el tiempo las descifrará. Sí, ahora me miras. En tu secreto. En tu recuerdo. ¿Ahora vuelve a tu mente aquello que a tus ojos hablé? Estas mirando... Me estás mirando. Y aunque todo en el mundo está solo, sé que tus ojos me están hablando. Ahora... ¿Tú me estas mirando?
La Dama en Solitario.
En la oscuridad, después de nuestro encuentro, conversé con la vela que iluminaba mi habitación. Le hablé de ti. De los caminos que trazaste, al caminar, bajo mis pies. De las cartas que, con luces como esa, me cediste el corazón. Le hablé de los días en que, al divisarte a lo lejos, quise correr a rodearte con mis brazos, y decirte las palabras que, en trazos, juramos no mencionar. Atenta, escuchaba, mientras le hablaba de las noches en que tocaste a mi puerta, rogándome tiernamente, apartara la lluvia que, en tus ojos, se depositaba. ¡Cómo le hablé de ti! De lo dulce de tus manos. De la pasión en tu mirar. De los días en que, por el campo corrimos, queriendo que el tiempo se detuviera para no dejarte escapar. Atenta, miraba, tan brillante, mientras hablaba de ti… De los cálidos abrazos que me regalabas incrustando, en mis ojos, pequeñas esquirlas de tu corazón. De cuando lloramos juntos. Tú, por los viejos amores que robaron caricias de tu piel. Yo, por odiar las cicatrices que ellas te dejaron al desaparecer. ¡Y hablamos de ti! Sin importarnos el tiempo. Aún, sin importar las palabras que, horas antes, sembraron un frío aliento en el camino de mi ser. Le conté que moría. Que la hierba comenzaba a crecer por la miseria que habitaba bajo mi piel. Que mi luz, como la suya, se apagaba por el frío viento de tus ojos al decirme que, en tu piel, llevabas impreso el aroma de la mujer que, rompiendo mi pecho, me robó -aunque nunca míos- tu corazón y tu ser.
La Dama en Solitario.
Has muerto... Y me alegro por ello. Has muerto, Y he sido yo quién te ha ayudado a decir adiós. Has muerto... Y me regocijo por ello. He sido yo quién ha sepultado tu recuerdo. He sido yo quién ha cambiado tus velos. Has muerto... Lento, pero al final has muerto. Has muerto, y vivo la vida viviendo. Muerto. Has muerto y son los ángeles quienes conmigo están. Has muerto hundiéndote en el pantano, Sepultando a tu lado los recuerdos que, al pensarlos, fueron mi vida la que sepultaron.
La Dama en Solitario.
Recorrí tus pasos en los pasillos por donde caminaste. Por donde lloraste. Las habitaciones se encontraban desoladas... Eran tus ojos, quienes las habitaban. ¡Melancólico lugar! El aire faltaba. La lluvia borraba la poca luz que allí habitaba. Fue extraño ver tus labios de esa manera... Vacíos. Sin una explicación. No sabría decir en que pensabas. ¿En ella?... O, ¿en mí? Tus manos todo lo tocaron. Aún se sentía el calor de tu piel sobre la fría roca. Seguían melancólicos tus ojos. Dibujaban en el cielo alguno de tus recuerdos. El pasillo solo estaba acompañado de tus pasos. Tan solo... Cómo tú. O, ¿cómo yo? Solo. Sin ganas. Intenté seguirte... No sé a dónde. Tan sólo seguirte. Fueron lentos mis pasos. Tu soledad se postró impidiéndoles seguir. Todo era frío. No había calor. La oscuridad acaparó cada lugar por donde respiraste... Por donde caminaste. ¿Marchaste? Quedaste sin fuerzas, dejando un abismo de desesperación. ¿Volverás como algún día le rogaste?... Volverás. Aunque el silencio comprenda lo contrario. Volverás. ¿Y mientras tanto?... Recorro los pasillos por donde caminaste, junto a los muros a los que, envidiosamente, hablaste. Volverás... ¿Y mientras tanto?
La Dama en Solitario.
Pienso, en este momento, en tantas cosas... Y por qué no decirlo, también en usted. Es irónico pensar en un ignorante que se glorificó ante mí. La música tiene más sentido que usted. Hasta la tormenta es más hermosa que la presencia que, torpemente, anhelé. Sí, fue mucho el tiempo. ¿Sabe qué es extraño? Tenerlo en mi mente y no pensar en usted. ¿Acaso, usted puede decir que, hombre es? Usted no mira al viento cuando le habla de sed. Usted no conmueve a las flores cuando pretenden crecer. Pienso, en este momento, en tantas cosas... Ya no en usted.
La Dama en Solitario.