Aquella tarde quedará grabada en mi memoria para siempre. Yo era la niñera recién contratada, y terminé exactamente así en el baño: completamente desnuda frente al espejo, con la piel aún perlada de gotas de agua caliente, el vapor envolviendo el ambiente y mi cuerpo temblando de anticipación.
La puerta del baño estaba totalmente abierta de par en par.
La pareja que me había contratado entró sin decir nada al principio. Sus miradas hambrientas recorrieron cada centímetro de mi cuerpo expuesto. Sin cerrar la puerta, él simplemente señaló el suelo y ordenó con voz grave: “De rodillas”.
Me arrodillé lentamente sobre las baldosas frías, mi corazón latiendo con fuerza, consciente de que cualquiera que pasara por el pasillo podía vernos. Primero se acercó ella, la esposa. Con una sonrisa sensual y dominante, tomó mi cabello mojado entre sus dedos y acercó mi rostro a su sexo ya húmedo y caliente. Sentí su aroma, su calor. Empecé a lamerla con devoción, deslizando mi lengua lentamente, saboreando cada gota de su excitación mientras ella gemía bajito y movía sus caderas contra mi boca. Sus piernas temblaron cuando alcanzó el orgasmo, corriéndose intensamente sobre mi lengua.
Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento cuando él tomó el control. Agarró mi pelo con más fuerza, casi posesivo, y empujó su polla dura y palpitante entre mis labios. Me folló la boca con ritmo profundo y constante, golpeando el fondo de mi garganta mientras las lágrimas corrían por mis mejillas. Podía sentirlo hincharse, cada vez más cerca. Y entonces, con un gruñido animal, se corrió abundantemente en mi boca, obligándome a tragarlo todo.
Allí permanecí de rodillas, con los labios hinchados, el sabor de ambos en mi boca y la respiración agitada… siendo observada en silencio por quien yo debía estar cuidando.
Cuando terminaron, mientras yo aún estaba de rodillas y con la puerta abierta, solo dijeron con una sonrisa:
“Cuando salgamos, te queremos sin bragas… y chorreando leche.””