No es por imponerme tareas que después no puedo cumplir, tampoco para castigarme. Últimamente me parece que vivir es castigo suficiente.
Sí quiero —y busco— momentos más suaves, menos dolor.
Me voy de mambo, me paso cuatro pueblos, me encierro.
Así como se me fueron las ganas de salir, se me van yendo las de comer, bañarme, cepillarme los dientes, hablar, levantarme.
Me obligo a dormir. A veces, sueño.
Que estás conmigo. Que estás vivo. Que nunca nos conocimos. Que nos conocemos por primera vez. Que nos miramos. Que me mirás. Siento tu calor al lado mío.
Me despierto, y tengo que sacar la basura, limpiar el pis de Lilo. Vos no estás.
Quiero volver a dormir y a soñarte. Nada más, por ahora.













