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Introducción (2ª parte)
Cincuenta metros… Él siente aquel estruendoso alboroto a sus espaldas al igual que sus pares, da un rápido medio giro y comienza a maldecir en lenguas extrañamente entendibles, apoya su pie derecho sobre aquel tronco y sostiene con ambas manos aquella hacha que no iba a levantar hasta el siguiente día. Yo entre tanto, sentía un horror al acercarme hacia aquel sector.
Cuarenta metros… Aquellos jinetes dirigiéndose a toda velocidad hacia el grupo de aldeanos, claramente venían sin intenciones de dialogar ni de comercializar recursos… desenvainan sus espadas junto con su inconfundible chirrido. Pues ahora, ya no eran sólo jinetes con antorchas maldiciendo a los cuatro vientos, sino que eran jinetes con antorchas maldiciendo a los cuatro vientos y armados con espadas. Esto claramente era injusto.
Treinta metros… Ya me estoy acercando, solo un poco más.
Veinte metros… Entre las distintas sombras que se podían distinguir por el movimiento de las antorchas, si podía suponer el verdadero significado de la palabra aniquilamiento… gritos… sonidos, no sé si de cráneos rompiéndose o, simplemente, de la quebrazón de trozos de madera por el pisar de los jinetes que se acercaban.
Diez metros… Ya agotado, no sé si por el rápido acercamiento al campamento maderero o por la tensa situación que se vivía en carne propia; corriendo de frente a mí, y con los brazos extendidos, mi padre apareció: “¡Detente! Vuelve… y da aviso a toda la aldea. ¡Te amo hijo mío!” – me susurró al oído mientras me abrazaba. Al tiempo en que terminó la oración, él ya estaba corriendo con su hacha hacia la gran amenaza. Yo en tanto, sabía lo que tenía que hacer...
Introducción
Al tan sólo cerrar los ojos me encuentro nuevamente ahí. No sé si es un buen o un mal sentimiento, sólo sé que si pudiese, cambiaría parte de lo que sucedió.
De rodillas en el pastizal, la observo arrancar el lino, acompañada con tan solo el silbido que provocan los árboles al ser acariciados por el viento, mientras yo, con mi espada de madera, luchaba contra mi sombra entre los pastizales.
A unos metros más allá, junto a algunos otros, estaba él, apoyado sobre su hacha, recuperando el aliento, después de un arduo día sin descanso alguno.
“Realmente Idbeles es la aldea apropiada para una familia como la nuestra” – me digo a mí mismo, mientras blandía mi espada de un lado a otro, como si realmente tuviese un enfrentamiento de vida o muerte.
Al momento que en el cielo aparecen las primeras estrellas, ella, con una sutil voz, se acerca a mí y me dice: “Ve y avísale a tu padre que ya es hora…”, mientras que acarreaba dos canastos repletos de lino hacia nuestra choza.
Comencé a correr hacia donde él estaba aún talando. A pocos metros, me detuve, “¡Padre! ¡Ya es hora!…” – grité con todo mi aliento. Al escucharme, con un gran impacto, dejó clavada su hacha sobre un tronco, se dio media vuelta sonriente y alzó su mano en señal de saludo. Al mismo tiempo que me saludaba, detrás de él, vi el reflejo de antorchas sobre los árboles circundantes al camino que dirigía al Castillo, seguido de la bulliciosa aparición de media docena de jinetes sobre sus macizos y entrenados caballos con armadura, maldiciendo y gritando como verdaderos animales en busca de su presa. En aquél momento no hice más que correr hacia donde estaba aquel gentil hombre alzando su brazo…
El Proceso: Edad Media edad dorada
Aquí uno de Bilbao hablando de pasionarias y colonias: http://youtu.be/pw9hCE8x_DU
Otro como el Bassas que se sube al Canigó.