Introducción (2ª parte)
Cincuenta metros… Él siente aquel estruendoso alboroto a sus espaldas al igual que sus pares, da un rápido medio giro y comienza a maldecir en lenguas extrañamente entendibles, apoya su pie derecho sobre aquel tronco y sostiene con ambas manos aquella hacha que no iba a levantar hasta el siguiente día. Yo entre tanto, sentía un horror al acercarme hacia aquel sector.
Cuarenta metros… Aquellos jinetes dirigiéndose a toda velocidad hacia el grupo de aldeanos, claramente venían sin intenciones de dialogar ni de comercializar recursos… desenvainan sus espadas junto con su inconfundible chirrido. Pues ahora, ya no eran sólo jinetes con antorchas maldiciendo a los cuatro vientos, sino que eran jinetes con antorchas maldiciendo a los cuatro vientos y armados con espadas. Esto claramente era injusto.
Treinta metros… Ya me estoy acercando, solo un poco más.
Veinte metros… Entre las distintas sombras que se podían distinguir por el movimiento de las antorchas, si podía suponer el verdadero significado de la palabra aniquilamiento… gritos… sonidos, no sé si de cráneos rompiéndose o, simplemente, de la quebrazón de trozos de madera por el pisar de los jinetes que se acercaban.
Diez metros… Ya agotado, no sé si por el rápido acercamiento al campamento maderero o por la tensa situación que se vivía en carne propia; corriendo de frente a mí, y con los brazos extendidos, mi padre apareció: “¡Detente! Vuelve… y da aviso a toda la aldea. ¡Te amo hijo mío!” – me susurró al oído mientras me abrazaba. Al tiempo en que terminó la oración, él ya estaba corriendo con su hacha hacia la gran amenaza. Yo en tanto, sabía lo que tenía que hacer...












