«Todo el brillo de mil focos… La lluvia no llega a rozarme la piel, mientras el viento mueve mi pelo, siento cientos de miradas posadas en mí mientras extiendo los brazos. Nunca será suficiente, las torres de oro son demasiado pequeñas aunque siento que en mis manos puedo sostener el mundo, mientras mi garganta se abre una vez más dentro de este sueño que puse en marcha hace mucho tiempo. No quiero dejar que este momento termine, pues cuando extiendo los dedos de mis manos para después envolverme en un abrazo me siento más yo que nunca. Escucho el eco de mi propia voz retumbando en el gran teatro, bajo la atenta mirada de los espectadores que me miran emocionados, algunos incluso sostienen pañuelos con los que secan sus lágrimas, otros sonríen con intensidad, otros me miran boquiabiertos. Yo siento la música fluir por mis venas, mi voz arañando mi garganta, atravesando mi corazón, erizando el vello de mi piel. Es como si diera un salto al vacío delante de mucha gente. Siento un escalofrío de la cabeza a los pies, una caricia intensa en mi piel, libertad… Extiendo los brazos de nuevo cuando llego al estribillo, sintiéndome libre, tan libre como se siente un pájaro al volar, algo parecido a amar. Miro a mi público extendiendo hacia ellos los brazos, sintiendo la canción mucho más allá de mi garganta, conectando con ellos, contándoles la historia con ayuda de mis manos, dejándome en ella la piel, encontrándome a mí misma, dentro de ese relato, interpretando la vida de alguien que espera que le tomen de la mano porque sino nada será suficiente. Noto tensión en el cuello mientras canto y lo echo ligeramente hacia detrás viendo la lluvia caer sobre mi rostro sin rozarme, mientras cerrando los ojos, me llevo las manos contra el pecho sintiendo en ellas el latido de mi corazón, que entona las mismas notas musicales que yo, alcanzándolas conmigo. Y entonces llego al final, y alargo la nota, una palabra resuena en mi garganta retumbando en el gran teatro, y miro a mi público. Todas las miradas están puestas en mí cuando tomo aire, llenando de éste mis pulmones, antes de cantar las últimas notas de la ópera en voz baja, con los ojos llenos de lágrimas. Ese “para mí”, queda suspendido en el aire, entre las gotas de lluvia, entre la ráfaga de aire suave que despeina ligeramente a los espectadores, moviendo mi vestido. Respiro con profundidad mirándoles a todos, y entonces lo hacen… Se ponen de pie y rompen en aplausos, emocionándome, pues pase el tiempo que pase jamás dejaré de emocionarme por algo como esto».