“Así, la escuela es el ámbito de una violencia simbólica fundamental, que no es otra cosa que la ilusión misma de la igualdad. Para hacer creer que el éxito depende solamente de las dotes del alumno la escuela privilegia todo aquello que excede la simple transferencia de saber y que, supuestamente, es manifestación de la personalidad y originalidad del alumno. Con ello se selecciona, en realidad, una manera de ser, un estilo de vida y un modo de aculturación que no se aprenden en la escuela, el de los herederos. La escuela muestra así la falsedad de su promesa y la fidelidad a su esencia oculta, a esa sholé griega que da su nombre a la escuela y de designa, en primer lugar, la condición de la gente que tiene tiempo libre y que consagran eventualmente este privilegio social al amable placer del estudio.
La forma escolar constituiría así un círculo perfecto: conversión de un capital socio-económico en capital cultural; y, mediante la disimulación fáctica de esa conversión, separación, eficaz e invisible, entre los que tienen o no tienen los medios de realizar esta conversión”
-- Rancière, Jacques. En los bordes de lo político







