06 Discreción
En la residencia de las seis hermanas cada día se respiraba un ambiente de desolada tranquilidad, hacía falta el bullicio que armaban Elisa y Diana al reñir por la juventud de la primera. Celia echó en falta las preguntas de Francisca quien se ha visto ensimismada más de la cuenta, así que se sentó frente a su escritorio y observó las manecillas del reloj; un cruel verdugo que alargaba los segundos para poder a ver a Aurora. Las visitas de la enfermera eran ansiadas, aunque con el pretexto de la sobrina que tomaba clases de inglés era suficiente para alegrarse el día. Repentinamente llamaron a la puerta, Doña Rosalía atendió e invitó Aurora a pasar. Celia bajaba las escaleras con premura y sus sonrisas al verse no pudieron ser más expresivas; la perspicacia de Rosalía hizo que frunciera el seño ante la sospecha de dicha amistad tan íntima, pero con tal de ver a la señorita Celia tan feliz y radiante como últimamente se ha mostrado, era momento para aprender a morderse la lengua y fingir demencia. - Adelante Aurora, te he estado esperando, tengo unos libros que te van a encantar y de paso le echas un vistazo a mis nuevos escritos si?-disimuló Celia frente a Rosalía, como quien entre líneas dice "estaremos tan ocupadas leyendo y estudiando que no queremos nos molesten". La ama de llaves comprendió al momento y preguntó -gustan que les prepare un aperitivo o un té antes de que se ocupen? -Celia respondió rápidamente -No gracias Doña Rosalía, ya tengo el té en mi habitación así que no se preocupe por nosotras, estaremos bien. Una vez en la habitación de Celia y con la puerta cerrada Aurora se acercó a la Silva para abrazarle y besarla con un beso aunque gentil lleno de pasión, un beso como el que el amante da luego de una larga temporada lejos de su amada. -Han pasado sólo unas horas desde la última vez que te tuve entre mis brazos y ya te echo de menos -dijo Aurora acariciando ligeramente el rostro de Celia.
-No voy a negar que te echo de menos, pero me pone muy nerviosa estar así contigo en casa. Francisca ya ha preguntado varias veces sobre nosotras, creo que será mejor dejar la puerta abierta así no daremos más pie a ninguna sospecha. -Celia, si algo necesitamos es discreción, hay que ser más listas. Están tus hermanas en casa? - No de momento, aunque Diana estará por llegar de la fábrica. -Bien, si te hace sentir mejor trataré de contenerme estas ganas de estar entre tus brazos -dijo una Aurora resignada a conformarse. Celia notó el tono de la enfermera y respondió con una voz melancólica -Entonces será así como tendremos que vivir el resto de nuestras vidas? Sorprendida, la otra mujer respondió -Vaya! te tenía por una escritora romántica más no trágica meine liebe! -cabizbaja, Celia dijo -Esto de esconderse es tan... humillante. -Y ya te he dicho... -intervino Aurora mientras tomaba las caderas de la Silva -...el mundo, la sociedad requiere que mostremos una cierta etiqueta, cubrir las apariencias Celia, es por eso que te digo, a la larga vas a necesitar a tu propio Fermín, una tapadera con la que te puedas exhibir en público y sin que nadie sospeche de nosotras. -Con un gesto de ternura tomó el rostro de la escritora para a penas rozar sus labios, Celia decidió cerrar la puerta y tomó la mano de Aurora para llevarla hasta su cama. Ambas se sentaron casi frente a frente y aunque temerosas, se abrazaron fuertemente. Rompieron el abrazo para mirarse lánguidamente, ambas acercaron sus labios y con ligeros roces hicieron más profundos sus besos. Las manos de Aurora masajeaban suavemente la espalda de su amada, mientras que las de Celia se aferraban una en la cadera y otra en el rostro de Aurora, lo que ayudó en atraer sus cuerpos más cerca. -Celia, será mejor tener un poco de discreción, sobre todo aquí en tu casa. Bastante tenemos ya con que Diana sepa lo nuestro. -La enfermera rompió la distancia entre ellas recogiendo sus manos hacia si. -Ojalá pudiera hacer algo para repeler esta sed que tengo de ti, tengo tantas ganas de corresponderte. -Todo a su tiempo... -Un abrupto portazo en el baño contiguo hizo que la pareja saltara de la cama, Aurora pronta tomó un libro y se situó en la cama de manera tal que leía, mientras que Celia se posaba frente a la repisa como si buscase un libro en ella, pero luego de un rato nadie entró al dormitorio.
La Silva llamó a la puerta luego de escuchar a Francisca volver el estómago. -Francisca eres tú? Estás bien? -Si Celia, no entres, ya salgo yo en un minuto. -La escritora se volvió hacia la enfermera quien tomaba sus cosas para emprender la fuga antes de que Francisca hiciera más preguntas de las debidas, pero Celia tomó su mano y susurró -Creo que necesitaré la intervención de un enfermera, no sé si mi hermana esté bien. -Estás segura? -Aurora... Celia? -Dijo Francisca al sorprenderles en la habitación -Señorita Francisca, está usted bien? -Si, ha sido sólo un mareo, ya estoy bien. -Venga Francisca, Aurora es enfermera, seguro nos puede ayudar en algo. -Qué estoy bien, no es nada grave, pero sabes? creo que me vendría bien ese té que tienes ahí. -Yo, será mejor que me retire y le deje descansar. -Aguarda un minuto ya te acompaño -dijo Celia mientras acercaba el té a su hermana. -Espero que se mejore, no duden en llamarme si es que puedo ayudar en algo. Adiós. Celia guió a Aurora hasta el despacho antes de despedirse -Eso estuvo muy cerca, ahora Francisca tendrá más preguntas de lo común. -dijo una Aurora vulnerable y preocupada. -Lo sé, pero tú confía en mí eh? Diré como me has dicho "que no somos más que amigas y que repasábamos un discurso sufragista". -Ha saber, no sé que le escandalizará más, si el discurso o saber la verdad. -Ambas rieron cubriendo sus rostros como queriendo ahogar el repentino soplo de comicidad que necesitaban para liberar la tensión del momento.
-Lamento tengamos que separarnos, cada día me resulta más largo si no te veo -Sé perfecto a qué te refieres... pero qué haces? -Dijo sorprendida mientras daba un paso hacia atrás evitando el beso de despedida de la Silva. -Sólo quiero decir hasta pronto porque ha saber cuándo esta paranoia nos dejará vivir nuestro amor en paz. -Ya habrá lugar y momento, pero no aquí, no en la residencia Silva. -Entiendo -fue lo único que pudo articular Celia ante el desencanto de la realidad, esto del secretismo lejos de hacerse emocionante se tornaba una nueva prisión, haber estado primero en aquella cárcel de amor platónico que sentía por Petra y luego caer como un animal sin salida en la jaula de la clandestinidad por desear a otra mujer; se preguntó cómo hacer para poder tener ese ansiado momento a solas con su amada y no por sólo unas horas, sino para compartir sus vidas. Todo parecía imposible esa noche luego de haberse quedado con el amargo sabor al no despedirse de Aurora con uno de sus suaves besos. -Te lo compensaré, duerme tranquila Celia. Mientras tanto tendremos que ser no sólo discretas, sino invisibles.














