...el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años.

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...el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años.
Cuéntame una historia. Dime que todo está bien. Que el héroe cayó, y se levantó.
Dame bondad. Dame un poco de bondad. Dame lo que no tengo y no sé que me falta... y lo he buscado... y quizás lo tuve entre las manos, pero, no sabía y no sé cómo es.
Dime dónde está el trozo que me falta. Regálame un pañuelo.
Léeme. Tararea una canción. Sonríe. Comparte un silencio conmigo. Sáname... que yo no puedo.
(Jonathan Parra)
“Háblame, musa, de aquel varón, de multiforme ingenio, que después de destruir la sacra ciudad de Troya anduvo peregrinando larguísimo tiempo...”.
The Reader - 2008
Cuando nos abrimos,
tú a mí y yo a ti,
cuando nos sumergimos,
tú en mí y yo en ti,
cuando nos olvidamos,
tú en mí y yo en ti.
Sólo entonces,
yo soy yo y tú eres tú.
Bernhard Schlink , El lector.
Era mucho más peligroso no ir: corría peligro de no poder sacudirme mis fantasías.
El lector, Bernhard Schlink.
David Kross y Kate Winslet en “El Lector” (The Reader), 2008
¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que ocultaba verdades amargas?
El Lector - Bernhard Schlink
Era como si el desencadenante de nuestra disputa no tuviera en realidad ninguna importancia. Pero su resultado sí tuvo importancia. Yo no sólo había perdido aquella batalla. Tras una breve lucha, había capitulado al amenazarme ella con echarme de su vida, con retirarme su amor. En las semanas siguientes ni siquiera hice un amago de lucha. Cada vez que ella me amenazaba, me rendía incondicionalmente a la primera. Cargaba con las culpas de todo. Reconocía errores que no había cometido y confesaba intenciones que nunca había albergado. Cuando ella se ponía dura y fría, yo le suplicaba que volviera a poner buena cara, que me perdonase, que me quisiera. A veces me daba la sensación de que a ella misma le mortificaba su frialdad y su dureza. Como si añorara la calidez de mis disculpas, protestas y súplicas. A veces me daba la sensación de que sólo quería imponerse y basta. Pero, fuera como fuera, yo no tenía alternativa. No podía hablar del asunto con ella. Hablar de nuestras discusiones sólo conducía a nuevas discusiones. Le escribí una o dos cartas largas. Pero ella no reaccionaba, y cuando yo le preguntaba si las había leído, replicaba: -¿Ya empiezas otra vez?
Bernhard Schlink. El lector