A veces intentas entender todo con la mente, analizas, preguntas, buscas explicaciones y aun así sientes que algo no encaja. Y está bien, porque hay cosas que no fueron hechas para ser entendidas, sino para ser vividas.
El amor de Dios no se descifra, se respira. No se estudia, se siente. Es ese abrazo silencioso que llega cuando ya no tienes fuerzas, esa paz que aparece cuando tus pensamientos están en guerra, ese susurro que te levanta cuando el mundo te empuja al suelo.
Permítete experimentarlo sin miedo, sin resistencia, sin tener que tenerlo todo claro. Solo abre el alma. Dios no te está pidiendo que lo comprendas, te está invitando a sentirlo. Y cuando lo sientes de verdad, todo empieza a cambiar

















