Como ha sucedido en los últimos años, vine a pasar la Nochevieja a la casa de mis padres. Y como también es habitual mi madre aprovecha la ocasión para ponerme al tanto de fallecimientos, romances clandestinos y pequeños grandes cambios en el pueblo. Entre piononos que pasaban y torres de panqueques que venían la interrumpí con una duda: ¿se siguen haciendo los bailes? La respuesta, como me temía, fue no. Hace como treinta años que no se hacen, me dijo.
¿Qué son los bailes? Serían lo que en Buenos Aires se conoce como Cena-Show. En el Salón de eventos del Club del pueblo cada ocasión importante -comienzo de año, reyes, día de la madre, la fundación del pueblo, etc- era coronada con un Baile. Todo comenzaba con la cena. A lo largo de todo el salón de eventos se disponían en paralelo varias tablas kilométricas con caballetes -lo que ahora en términos chic se conoce como mesas comunitarias- y se las emprolijaba con un mantel de papel madera sostenido con chinches; centenares de sillas plegables completaban el decorado. El escenario con guirnaldas sobre el telón era un testigo mudo -por el momento- de los preparativos. Llegaba luego la hora de la comida: matambre con rusa de entrada, asado o pollo relleno -que era visto como una elección distinguida que le gusta a todos- con ensalada y de postre helado almendrado. Todo era regado con abundantes dosis de vino de la casa y gaseosas. Aún no había vegetarianos en el pueblo o, si los había, callaban y comían lo que podían. Luego del postre llegaba el turno de desarmar las mesas para dar lugar a la pista de baile. Mientras los hombres iban a la barra a recargarse en alcohol para horas de baile y aprovechaban a contar proezas de distinto tipo -sexuales, deportivas o de trabajo, que es básicamente lo mismo-, las mujeres se acercaban a comentar los vestidos nuevos -dónde lo habían comprado, precio, la calidad de la tela- y los peinados o criticar los desastres ajenos. En media hora la pista estaba libre y los inminentes bailarines ardían ya en ganas de moverse gracias al alcohol y los chismes.. No había DJ sino una Orquesta, un número vivo. La orquesta subía al escenario anónimamente, tomaban aire y se disponían a tocar como The Beatles en Hamburgo incontables horas. Cinco, seis si era un éxito. Con la prestancia que otorga hacer 15 bailes mensuales de Enero a Enero estas orquestas sonaban con una armonía quirúrgica digna de Can. Claro, no había ni proto-garage Hamburgo ni kraut, sino una interminable catarata de covers de Julio Iglesias, Raphael, Perales, Sergio Denis, Los Wawanco, El Puma Rodriguez, hits melódicos, pasos dobles y demás música bailable. En esas cinco horas -nuestra versión truncada del northern soul inglés, sin anfetaminas y con Quilmes- las parejas establecidas recargaban pasión a sus cotidianidades, se formaban parejas de baile o directamente se formaban parejas, había frotaciones, roce, suspiros, miradas prohibidas. Algunas señoras con habilidades Sherlock Holmes descifraban el flujo informativo que para el común de los mortales era invisible.
Todo esto que recuerdo sucedía en simultáneo al lanzamiento del tercer disco de los escoceses, a principios de los 80s. Claro, en los Bailes del Club no había gélidos panoramas soviéticos ni sugerentes melodramas modernos pero mientras escuchaba Empires and Dance de Simple Minds inmediatamente me conecté con esos bailes por las similitudes del nombre; conecté con la idea del Imperio del Baile, con la idea del baile como acontecimiento social, como punto de encuentro, como punto de tragedia y, por qué no, como punto de roce. Hubiera sido interesante ver qué sucedía si entre “Caballo Viejo” de Simón Diaz y “Soy un truhan, soy un señor” de Julio Iglesias -dos de los grandes hits de los bailes- aparecía alguna de estas viñetas de bajos sincopados, reverberación boyante y disonancias gélidas de los escoceses… de seguro se detenía el baile por unos segundos y algunas parejas se iban a sentar quejándose de lo inoportuno de la selección de canciones de la Orquesta y otras, las que bailaban toda la noche -una categoría que circulaba en el chimenterío-, tímidamente se iban acomodando al ritmo.