Escena Décima: Eterno
El pitido de un aparato mantiene informados a los médicos sobre el preocupante estado de Enémeris. Su maltrecho cuerpo reposa en la cama de la enfermería, de nuevo. El doctor está pendiente de que todo se mantenga estable, y, aunque han sido necesarias varias transfusiones de sangre, así es. Al menos de momento.
Lentamente, como si levantase un enorme peso, y con esfuerzo titánico, logra abrir los ojos, que apenas vislumbran su alrededor, acostumbrados a la oscuridad de estar varios días cerrados.
Poco a poco, las sombras se aclaran, y las nubes que divisa definen sus líneas y trazos. Con calma. Aturdido, fija la vista en una mancha oscura, a media distancia. La imagen acaba, con paciencia, formándose ante él.
Tulipanes secos.
Los recuerdos y pensamientos se amontonan en la mente del preso. Sus pupilas se contraen, y entra en la madre de los estados de alerta. Un instinto se apodera de todo. Está en peligro, y debe escapar.
Todo su cuerpo se tensa en violentas convulsiones, mientras su pulso se dispara. El médico se tumba junto a su pecho, agarrándolo con fuerza, y tratando de calmarlo.
Doctor- Enémeris, estás en la enfermería. No te muevas. Podrías abrir de nuevo tus heridas.
La enfermera se despierta sobresaltada, estaba al lado, en la silla. Se acerca al oído del herido, y le suplica que se calme.
Enfermera- Tranquilo, shhh...
Esa voz... amansa los miedos como la música a las fieras. Enémeris trata de hablar, pero le es difícil al llevar una mascarilla con tubos para respirar.
Enfermera- Procura dormir... te hará falta.
Los calmantes ayudan al propósito, y en segundos respira tranquilo de nuevo.
Su segundo despertar acontece con más calma. Se encuentra atado, pero no le sorprende. Al menos está vivo. Cuando salga de ahí... dedicará su dinero a matar a todos y cada uno de los miembros de la mafia, dejando a Lapa para el final.
Enfermera- ¿Estás despierto? Me alegro. Te he traído algo de comer.
A Enémeris no le sorprende ver a la enfermera, pero sí que no lleve la bata.
Enémeris- ¿Re... cibiste... mis...
Enfemera- Sí. Las llevo conmigo siempre. Supe que no eras un preso común, aunque estuvieras encerrado con ellos...
Enémeris- Yo... no lo sabía... me estaba volviendo loco.
Enfermera- Quise responderlas, pero no sabía cómo. Símplemente aparecían en mi mesa.
Enémeris- ¿Sabías que era yo quien te escribía?
Enfermera- No estaba segura, pero quería que así fuera... Eres el único preso al que me podría imaginar haciendo algo así. El resto mira mi cuerpo disimuladamente, o me dice groserías. Tú no.
Enémeris- Me siento como si me hubieran atropellado... Y ya lo hicieron una vez...
Enfermera- Voy a por calmantes.
Enémeris- ¡No! No te vayas... por favor. ¿Cómo te llamas?
Enfermera- Fairuz.
Enémeris- Qué bonito, es un nombre curioso.
Fairuz- Significa Esmeralda, en árabe, mi madre también se llama así.
La tensión de Enémeris se desploma momentáneamente, aunque en seguida se recupera.
Enémeris- ... Necesito que hagas algo por mí. Quiero escribir algo para ti. Déjame un cuaderno y un boli.
La enfermera va hacia la mesa con la esperanza de un nuevo poema, y se lo entrega a un serio escritor.
Enémeris- Es importante que no abras este papel hasta que no estés en casa y sola.
Fairuz- Bueno... vale.
El pensamiento de la enfermera se enternece ante la idea de tener ante sí a un poeta tan tímido.
La velocidad del boli rasgando el papel en una frenética danza contrarreloj sorprende de nuevo a la mujer, que decide salir de la habitación para dejar que se concentre mejor. Mejor que acabe rápido, porque después tendrá que comer.
Pasan un par de minutos, y las máquinas pitan de nuevo. Enfermera y doctor corren hacia la cama con toda la velocidad que les permiten sus piernas.
Se encuentran la cama llena de con la sangre vomitada por Enémeris.
La hemorragia es grave. La enfermera corre a por sangre mientras el doctor trata de revivir el corazón del herido. Cuando Fairuz vuelve, el doctor le da un papel algo manchado.
Doctor- Recuperó la consciencia unos segundos. Me dijo que te diera esto... y se desplomó.
La enfermera cae de rodillas al suelo, y apreta contra su pecho el papel. El doctor la ayuda a levantarse, y la cubre con una manta. Saca un café de la máquina y se lo lleva.
Una vez se lo ha bebido, se levanta y va hacia la ventana. El árbol que tanto le gustaba ha florecido... el almendro que ambos contemplaban sin saber el uno que lo hacía el otro.
El doctor rellena los papeles aprovechando que Fairuz estaba distraída, para que no le viera hacerlo.
Fairuz, en la ventana, decide abrir la carta. No quiere esperar...
La letra es bonita, a pesar de haberla escrito con celeridad. Son dos folios. Pero no hay poesías... se trata de... coordenadas. Las coordenadas de 15 lugares, y lo que parecen ser claves numéricas.








