‹Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos›

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‹Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos›
Somos nuestro propio enemigo en rencilla diaria, por eso buscamos de aliados en los demás, ya sea con amigos, el amor o a ese de conversación casual.
Cuando más seguros y confiados estamos (o creemos estar) nuestro peor enemigo, el más feroz e inmisericorde, el más salvaje y frío, el que mejor conoce nuestros puntos débiles y el momento más propicio para agredirnos dejándonos sin defensa y haciéndonos el peor de los daños, aparece para atacarnos sigilosa y mortalmente por la espalda.
Lo peor es que ya es tarde cuando descubrimos que casi siempre proviene de... nuestro propio interior.