Abril 28, 2017
Mientras tanto
19º BAFICI. Contextos, enlaces y discusiones. Clase pública de la ENERC
Aparece una botella de agua mineral en el set de la entrevista, y Nanni Moretti celebra con euforia irónica. El cineasta de culto de la izquierda cinéfila global encuentra insoportable que la botellita del precioso líquido no lo esté esperando puntualmente cuando él llega a la cita. Esto cuenta Marcelo Stiletano en el diario La Nación, y no tenemos ningún motivo para poner en duda la especie.
Leemos la crónica al día siguiente, el viernes 21 de abril. No lo vimos porque, mientras tanto, estábamos en la proyección de Paris est une fête. Une film en 18 vagues, la película del Sylvain George sobre la revuelta de los jóvenes en las calles de París, en el marco de la resistencia obrera a la precarización laboral, entre 2015 y 2016. Poco antes de finalizar la película, la cámara hace un primer plano de un cartel hecho a mano que cuelga en uno de los sitios de las protestas. Pasa más o menos rápido, y dice algo así como “MACRI LADRÓN. PANAMA PAPERS”. Se escuchan risas, silbidos y tímidos aplausos en la sala del barrio de Caballito. Siempre pasan otras cosas, mientras tanto.
El miércoles 19, un día antes de la euforia de Moretti ante la botellita de agua que relata el diario La Nación, había sido la apertura de BAFICI, el festival de cine independiente de la Ciudad de Buenos Aires, uno de los más importantes del mundo, la joya de la abuela de los porteños y, precisamente, la causa de la visita del cineasta italiano a Buenos Aires. Mientras en la sala principal del Espacio INCAA KM 0 (Gaumont) se proyectaba Casting (película de la que he tenido pocas referencias y ninguna buena -aunque, claro, no hay que confiar siempre en las referencias), afuera, cortando el tránsito de la Avenida Rivadavia, hay una movilización en defensa del Instituto del Cine (INCAA), de la Escuela de Cine que depende de ese instituto (la ENERC), de la continuidad de los planes de Fomento y, en fin, de la misma Ley de Cine. Las sospechas o certezas sobre el peligro en que están estas instituciones no son caprichosas. Unos días antes, el gobierno nacional -en una operación a cargo del ministro de Cultura Pablo Avelluto y, en buena medida, también de Laura Alonso, la responsable de la Oficina Anticorrupción- había forzado con calumnias y mentiras la salida de Alejandro Cacetta, presidente del INCAA y de Pablo Rovito, el rector de la ENERC unánimemente querido y respetado por su trabajo al frente de la Escuela.
Hay un festival oficial, a puertas cerradas, en la sala del Gaumont, y otro afuera, ruidoso, furioso, preocupado. La frontera es porosa: las personas -no todas, claro- pasan de un lado a otro. Protestan afuera, a los gritos, cantando, y adentro, con algún cartel colgado del cuello o prendido a la ropa; con alguna remera. Después de la proyección, la protesta se traslada a las puertas de la Asociación Unione e Benevolenza, donde se celebraba la fiesta de apertura de BAFICI. Adentro, se conversaba y se comía canapés, todo con tono un poco descolorido, un poco miasténico -hay que decirlo. Afuera, seguía el ruido, la furia, las risas, la preocupación. Algunos nos fuimos temprano de esa protesta prolongada porque, mientras tanto, en las instalaciones de la ENERC, Fernando Martín Peña iba a inaugurar oficialmente el prestigioso BAZOFI (offshore), con la indescriptible Sex and Zen (Michael Mak, 1991) y, de ninguna manera, podíamos estar ausentes del acontecimiento. Peña nos dice que la situación de la ENERC era de tal incertidumbre que él mismo dudó de que la edición de BAZOFI pudiera llevarse a cabo. Pero ahí estábamos. Mientras tanto.
Los directores argentinos acordaron leer antes de sus proyecciones en el BAFICI una declaración de apoyo al cine nacional y en defensa de sus fuentes de financiamiento, cuyos enunciados centrales fueron discutidos por muchos de ellos en la semana previa al festival (me gustaría enlazarla aquí, pero parece que no ha sido subida a la web). Mariano Llinás comunica, con su peculiar energía, la posición de su productora, El Pampero Cine, en el estreno de La vendedora de fósforos, la película de Alejo Moguillansky. Nunca, que yo tenga noticia, los moderadores de las presentaciones alentaron o secundaron de algún modo la lectura de la declaración. No faltan, además, los comentarios peyorativos, echados a rodar más o menos anónimamente, sobre lo inoportuno de irrumpir con estas demandas pedestres en una catedral del arte como BAFICI. Ni hablar, si el importunado con preguntas es Nanni Moretti, el ocasional Sumo Pontífice de esta Iglesia cinéfila. Para algún cronista, molestarlo con este barullo es el colmo de lo bochornoso.
El director de BAFICI, Javier Porta Fouz, parece no estar de acuerdo, sin embargo, con esta más o menos tácita interdicción, y declara a algún medio que es legítimo, aun bueno, “natural” -diríase, que el festival sea escenario de las discusiones en torno al conflicto desatado en la comunidad cinematográfica por el ataque del gobierno nacional (él no dice “ataque”, claro, eso lo digo yo). En el mejor de los casos, el efecto en la práctica de esta valoración es puramente negativo: se limita, en general, a no hacer nada demasiado visible para impedir que las discusiones se den, pero nada se hace tampoco para estimularlas y, más bien, cuando tienen lugar, parecen causar incomodidad. Este podría ser el caso del curioso episodio verificado en el estreno de El candidato, cuando a su director, Daniel Hendler, tras haber leído antes de la proyección el comunicado acordado por los realizadores, no le fue dada la oportunidad ni de continuar el debate, ni de conversar con el público sobre la película, como estaba previsto. La atribución de este abandono a la molestia por la declaración es, claro está, puramente conjetural, pero no parece una conjetura descabellada y nadie ha propuesto otra explicación, ni ofrecido, que sepamos, una disculpa (*).
Consistente con esta estrategia negativa, y no tanto con las declaraciones de Porta Fouz acerca de la legitimidad de la discusión y de lo adecuado de que el Festival se constituya en su escenario, es el silencio absoluto en las redes, ya de las cuentas oficiales, ya de las cuentas personales de los responsables de BAFICI acerca del conflicto. En el tuit más sintomático y traidor de ese silencio que pueda hallarse, un día antes del inicio del festival, cuando las protestas arreciaban y la respuesta de la comunidad cinematográfica al ataque oficial era más fuerte, Porta Fouz escribe: “Mientras tanto…” y pone una foto de la credencial de BAFICI de Giovanni Moretti, nuestro Nanni. “Mientras tanto”, ¿qué? ¿Qué es lo otro que pasa mientras tanto? -nos preguntábamos. Nada podía adivinarse de la lectura del resto de los tuits publicados por Porta Fouz. Así, se colaba la vida afuera por la ventana menos pensada. Así, mientras tanto.
¿Pero el silencio oficial del BAFICI y de sus responsables obedece a una mera cuestión de disciplina, o de conveniencia? ¿O, simplemente, a la necesidad de no perturbar la realización del festival, de privilegiar la tranquilidad de su desarrollo? ¿Alguna vez estuvo entre las preocupaciones de Javier Porta Fouz, por ejemplo, la defensa de las políticas del INCAA que hicieron posible el crecimiento en cantidad y calidad del cine argentino de las últimas décadas? ¿Es cierto -como se dice- que “en esto estamos todos de acuerdo”, que nadie puede querer desmantelar estas políticas?
No es que esperáramos que lo hiciera, pero, naturalmente, el festival no redefinió ninguno de los contenidos de las mesas de debates, ni creó nuevos espacios ante la aparición estruendosa del conflicto en curso. Si queremos algo de ese tenor, tendremos que asistir a la Clase Pública sobre legislación cinematográfica que los docentes de la ENERC preparan para hoy, viernes 28, a las 19:00, frente al Centro Cultural Recoleta, con la moderación de Fernando Peña. En cuanto a las mesas propuestas por BAFICI, en línea con las preocupaciones de larga data de su director, mientras un solo encuentro, coordinado por Juan Villegas, está destinado a debatir el nuevo Plan de Fomento, hay otros ocho o diez pensados para discutir la cuestión de la distribución, exhibición y generación de públicos. No estamos siquiera sugiriendo que estas sean cuestiones menores (de hecho son problemas centrales y hasta decisivos). Por añadidura, no son ni siquiera la misma cuestión y, además, no todos los enfoques son iguales. No es del caso ahora pensar ni las consecuencias de todos ellos, ni los probables contenidos de este desmesurado privilegio a la circulación. Lo que sí queremos es recordar que las políticas del INCAA que favorecieron el crecimiento del cine argentino nunca fueron valoradas positivamente por todos, como se quiere hacer creer y que, desde hace tiempo, hay quienes sostienen abiertamente la conveniencia de su desmantelamiento. Si la sábana es corta, está bien debatir cómo la alargamos. Sin embargo, más de uno parece inclinarse, en cambio, por la amputación de los pies (o de la cabeza) del que va usarla.
Una de las voces más claras y destacadas entre los que piensan de ese modo ha sido, ya por varios años, precisamente, la de Javier Porta Fouz, el director del BAFICI, el mismo que ahora dice que no hay nada de qué preocuparse porque no está en los proyectos de nadie tocar los fondos del Plan de Fomento.
Lejos de la preocupación que manifestaban otros periodistas especializados, como Esteban Sahores, el mismo Marcelo Stiletano, o Diego Batlle, en torno a la concentración de la distribución, y a cierta distancia, incluso, de su propio diagnóstico de 2009 -según el cual los casos de películas que se estrenaban solo para obtener subsidios (¿una temprana versión cinematográfica de la “negra choriplanera que se hace embarazar para vivir del Estado”?) parecían ser más bien excepcionales-, en un artículo de agosto de 2014, Porta Fouz exhibía su preocupación “por una política cinematográfica desproporcionada, inflacionaria, poco racional, que subsidia cada vez más (el valor de la entrada de los espacios INCAA es irrisorio), con cada vez más empleados en el edificio de la calle Lima” y “por el cine argentino (que) en este momento sufre de una expansión tremenda, desproporcionada”. “Tal vez sean unos gases pasajeros. O la progresiva hinchazón de un globo” -concluía.
No, no queremos todos lo mismo. Sí, hay quienes quieren desmantelar las políticas del INCAA. Sí, usan el argumento de la corrupción. Y sí, si no existe, la inventan. La operación Avelluto-Feinmann no es un OVNI que, en un desvío imprevisto, surcó por azar el cielo de la patria. Conectar esa operación -como ha hecho, entre otros, Luis Puenzo, por ejemplo- con el conjunto de las declaraciones, hechos y políticas (culturales y las demás) de la coalición oficialista no es un capricho malintencionado de unos cuantos opositores sin escrúpulos o sin sesos, como pretenden hacernos creer con la intención de quebrar la respuesta cohesionada y unitaria que la comunidad cinematográfica sostuvo durante las primeras semanas del conflicto.
Mientras pensaba en lo que está pasando, recordé que en años de experiencia sindical, nunca conocí trabajadores que le tuvieran miedo al ridículo a la hora de dar una pelea por sus derechos. Los trabajadores que no se pliegan a una lucha o que la abandonan no lo hacen porque teman quedar descolocados, en ridículo, frente a los otros. Las amenazas que se ciernen sobre ellos, en cambio, van desde el quiebre de la confianza de sus jefaturas y la certeza consiguiente de que les van a volver la vida literalmente imposible, hasta el temor por la pérdida de parte del salario y del empleo mismo. Con esas amenazas y con esos hechos, se socava las medidas de fuerza de los trabajadores (sin ir más lejos, ahí tienen a la gobernadora Vidal descontando salarios a los docentes en huelga y amenazando, incluso con la fuerza policial, la convivencia en las escuelas). Salvo en algunos casos y con muchas más mediaciones, esto no sucede entre los realizadores de cine, más o menos independientes, presentes y futuros. Todo lo que pueden perder lo van a perder si se pierden las políticas de subsidios del INCAA, si se pierde la ENERC. Y, por contra, no hay ninguna desgracia material inmediatamente visible esperando a los que decidan sumarse a la lucha. La estrategia oficialista encontró, entonces, un recurso que, por banal que suene, resulta poderoso: el ridículo. Si a algo le temen los que trabajan, más o menos por su cuenta, en la producción de bienes simbólicos (déjenme decirlo así, esta vez, por comodidad) -vg, películas- es aparecer como diciendo una tontería, es quedar en ridículo ante sus pares o ante sus maestros. El argumento de que no hay nada de qué preocuparse, de que denunciar un plan de desmantelamiento es agitar temores imaginarios, o el barullo agregado a la discusión, con nombres de personajes y datos de detalle, para infundir el temor ante el posible manejo de información incompleta o inexacta apunta no tanto a crear una verdadera confianza en las políticas del Ministerio de Cultura como a infundir entre el activismo menos fogueado el temor y la duda en la propia capacidad de discernimiento. Parece cosa banal. Es, sin embargo, efectiva. [Véanse aquí, ante un intento de este tipo, los comentarios dejados por Diego Lerman.]
La presencia de Nanni Moretti en el festival aportó un instrumento impensado a esta estrategia del bochorno. Con su mayor o menor consciencia o consentimiento, el silencio de Moretti fue la oportunidad ideal para exponer el pretendido ridículo de los que, en vez de hablar de cine, hacen preguntas que incomodan al invitado, o que el invitado no sabe o no quiere responder. ¿Qué ridículo más grande puede haber, qué escena más temida, que la de quedar pagando frente a una estrella internacional, un cineasta de los grandes, un maestro celestial? Sin embargo, los desubicados no fueron los jóvenes (y no tan jóvenes) que le pedían a un director abiertamente identificado con la izquierda y que ha dedicado su vida al cine político -quizá el director vivo de cine político más célebre y entrañable para los argentinos- que hablara de política. Ni ellos, ni los que más o menos pública o secretamente entibiaban la esperanza de que Moretti dijera “una cosa de sinistra” usaron la figura del director, ni intentaron hacer de él, sin considerar su deseo, un instrumento de sus fines. Simplemente, le pidieron que hablara, le demandaron una opinión, consistente con la trayectoria que lo precede. Los que sí lo utilizaron son los que aprovecharon su silencio, desconcierto, pereza, o lo que haya sido para descalificar a los que preguntaban.
La incomodidad del pobre Nanni Moretti parece no haber sido tanta, sin embargo, como para autoexcluirse del todo de la opinión. Aquel jueves 20, antes, o después, o mientras celebraba la aparición de la botellita de agua -cuentan los cronistas- Moretti había oscilado, efectivamente, entre la reticencia, la incomprensión (¿o sería eso que los mexicanos llaman “fingir demencia”?) y el puro disgusto ante las preguntas que buscaban que diera algún parecer sobre el conflicto que enfrenta a la comunidad cinematográfica con el gobierno. No obstante ese disgusto, por fin, Moretti opina. Mediante un rodeo, pero opina: “No hay que victimizarse”. -dice. “No hay que culpar al sistema, no hay que culpar al mundo o a la Industria porque no nos comprenden. Hay que hacer, hacer y hacer”. Declinar el lugar de la víctima en el trance de la política es una idea que puede defenderse como de izquierda. Personalmente, creo que lo es y he discutido y rechazado sistemáticamente esa posición, la de la víctima, para hacer política. Soltar esa frase, en ese momento, en este contexto, no solo no es una “cosa de sinistra”, es incluso una cosa de derecha. Hacer pesar sobre los que defienden sus derechos el cargo de victimizarse es de derecha. Ofrecer a un reclamo colectivo una respuesta que puede resolverse en la mera acción individual es de derecha. Esos enunciados, en este contexto, son de derecha.
¿Eso quiere decir que no había que preguntar? NO. ¿Eso quiere decir que hay que sentirse ridículo por preguntar, esa y otras cosas, a Moretti y a otros que, con certeza, tendrán una voluntad mucho más decidida que la de él de dejarnos pagando? NO. Antes de ceder, preguntémonos, esta vez a nosotros mismos, qué significa conceder a esta incomodidad, a este bochorno que quieren que sintamos. Qué pacatería, qué tilinguería es esta.
Nanni Moretti ha hecho películas maravillosas y nosotros hacemos votos para que siga haciéndolas, para poder seguir disfrutando y aprendiendo con él. Pero no tiene nada que decirnos sobre el conflicto en que estamos. No tiene nada que decir sobre el cine argentino, no directamente, por lo menos. Nosotros tendremos que sacar nuestras conclusiones de sus películas, de lo que él nos ha dejado en sus charlas. “Nuestras”, es decir, las que nos sirvan a nosotros. Y qué nos sirve a nosotros solo nosotros lo sabemos. O, al menos, tenemos la última palabra cuando hay que decidirlo.
El año pasado, Francofonia (Aleksandr Sokurov, 2016) traía a BAFICI la imagen de la Balsa de la Medusa. La película es, entre otras muchas cosas, una reflexión a propósito de la pintura de Géricault. A la vista del horror de ese naufragio -una imagen del pasado que pende siempre como horizonte de amenaza-, deberíamos, por lo menos, darnos cuenta de que lo peor no es el ridículo. Lo peor no es resbalar. Y menos, que te digan que resbalaste. Cuando los responsables de llevarla a buen puerto están conduciendo la nave al naufragio, lo peor es permitir que la fragata se convierta en la Balsa de la Medusa. Lo peor es hacer de nosotros mismos caníbales futuros que peleen por sobrevivir apenas. Lo peor es no animarse a tomar el mando de la nave para evitarnos el horror.
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(*) Además de un tuit aislado del día 24, con posterioridad a esta publicación, Daniel Hendler publicó en su cuenta de Twitter que “el error” ya había sido aclarado. Javier Porta Fouz, en la suya, lamentó que los periodistas no lo hubieran llamado para consultarlo por el episodio, aunque no dio -que yo haya conseguido encontrar- otras explicaciones o disculpas.












