La única obligación
Cuando ella lo lanzó al abismo diciéndole que todo había terminado, y que lo único claro que tenía en su mente era que no lo quería volver a ver jamás, quedó como un planeta expulsado de su órbita, girando pero sin rumbo ni centro de gravedad. No soportó el golpe. De noche lloraba mientras dormía, y lo lo despertaba el extraño ruido de sus propios sollozos. Duró meses destruido, pensado en ella, sólo en ella, arrastrándose por el fango de bares y burdeles, intentando olvidarla, precipitado por un despeñadero sin ni siquiera sospechar que estaba cayendo. Una noche de aguaceros torrenciales, tocó fondo. Afuera tronaba la lluvia y el agua hervía sobre el tejado, cuando de pronto, en el destello de un relámpago, pareció despertar de un sueño atroz: en el resplandor del fogonazo se vio reflejado en el espejo del baño con el rostro barbudo y demacrado, y con la temblorosa cuchilla posada sobre sus expectantes venas azules. Se miró a los ojos, dejó caer la cuchilla y se resquebrajó por completo la represa de su llanto. Lloró largo y sin pausas, pero a diferencia de las veces anteriores ahora no lloraba por la falta que ella le hacía, sino por su fracaso como persona incapaz de sortear un golpe devastador. En ese momento, lo alcanzó como un rayo pero no súbito y fulminante. sino más bien agotado, titubeante en las tinieblas, el oscuro entendimiento de la única obligación: reconstruir.
Las semillas del tiempo- Juan Carlos Botero.










