El alacrán siempre está ensimismado de su colita
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El alacrán siempre está ensimismado de su colita
El amor y el bebé. Crónica de una maestra por accidente.
Erandy Corvel
El cuento
Les leo el cuento del Sapo que no quería comer pero en dos minutos, como siempre, he perdido su atención. La retomo y la pierdo sucesivamente. Mateo juega con algo debajo de su banca y cuando pido que me lo entregue, resulta que son sus manos; ha formando una campanilla con el dedo anular y se entretiene penduleando. Adriana nota que en mi gafete tengo un peinado distinto y me grita que me veo re fea. Lupita llora.
- ¡Es que siempre le están diciendo Lupita la putita!- se adelanta Luis a contestar.
-Les voy a dar una última oportunidad-, advierto con un tono de voz que sólo me sale cuando le doy órdenes a mi perro. Ese silencio seguido de la advertencia y mi estoica mirada que recorre aleatoriamente sus miraditas, me ha funcionado mucho tiempo y no lo saben: todas esas veces me siento aterrada de pronto. Como un mago principiante que teme fallar en el clásico truco del conejo.
Quién sabe qué hubiera pasado si de repente alguien se levantara de su sillita anaranjada para gritar
-No me interesa su oportunidad, maestra. De una vez sepa que la dejo perder. A ver, ¿qué me va a hacer?
Querido Ángel:
Le di tus cariños a Esteban. No te imaginas lo mucho que le cambió el ánimo. Nunca había pasado tanto tiempo sin ti. Haz la cuenta; desde la última vez que bajaste han pasado ya seis años. Ambos nos preguntamos cuándo será tu escape definitivo o si es que cambiaste de opinión. Ayer me quedé dormida mirando el cielo y un aire gélido me acarició el lunar... ¿Has sido tú? Desperté de golpe y me conecté a la nube, pero tu carta no mencionaba el contacto y eché a llorar. Siempre tienes que ser tan escueto con las palabras. Esto se está volviendo nocivo. El señor Durán me ha pedido matrimonio y yo necesito un hombre. Se lee horrible, pero es verdad. ¿Quieres que viva en castidad los últimos años de mi juventud? Seré clara: o vuelves, o envías más ungüento estelar. El último frasco se terminó hace dos meses y no pienso seguir en la abstinencia. Con amor, Erandy.
Otra vez ese sueño recurrente de volver con algún exnovio y preguntarme cómo jodidos logré cagarla de nuevo, cómo llegué ahí y dónde está Ángel. Es como si Dios estuviera jugando conmigo y nadie se diera cuenta. Incluso yo no me doy cuenta. Se acaba el tiempo y no quiero despertar hasta entenderlo todo. Hasta solucionarlo. Pienso en Ángel y me desespero. Ideo la manera de salir de esa situación y correr a buscarlo. Nunca logro dar con él. A veces intento llamarle por teléfono y no recuerdo el número. A veces quiero ir dónde él y no sé cómo buscarlo. Mientras encuentro la forma, tengo que actuar como si nada para todos y para mí misma. No estoy tan desconcertada como debería porque supongo que me lo merezco. Estoy profundamente triste. No importan las acciones que me hayan canalizado a esta situación, pasa que los tiempos se mezclaron y soy la una y la otra. Mi pasado es mi presente pero sin Ángel. Es que todavía no lo encuentro y también ya lo perdí. Nadie puede ayudarme. El universo sigue girando.
Nunca imaginé tener un canal de youtube, pero me encanta.
Punto Morado
Erandy Corvel
Un punto morado no le hacía daño a nadie, de eso no habría que dudar. La maestra ni lo notaría y ya está otro nueve en el cuaderno de Español. Mi madre hacía el quehacer con tanto ahínco como yo la tarea, aunque quizás ella sí mereciera el diez.
Tantos años después vengo a las palabras y comprendo: un niño de ocho no puede encontrar lo que busca en un par de mujeres aburridas desperdiciando el sábado. Se acercó sigilosamente con el plumón en la mano, ¿o lo tomó frente a mí directo de la lapicera? Le arrancó la tapa blanca, planeó con estrategia la trayectoria y el destino, y plac, el punto morado en mi cuaderno de doble raya. En mi inmaculado cuaderno de manuscritas y acentos donde había horas de esfuerzos, dolorosos nueves, un par de dieces y márgenes derechísimos hechos con el lado rojo del bicolor.
Pegué un grito patético, llamando a la única figura de autoridad que había en ese momento. Ella soltó el bonche de ropa sucia y con las manos goteando agua enjabonada, se acercó como energúmeno al cuarto de las batallas.
- ¿Ahora qué?, rugió.
- ¡Me puso un punto morado en mi cuaderno!, aquí. Señalé.
Mi hermano contuvo una risilla; en sus ojos pícaros no había duda de que la travesura era menor. Yo de lo que estaba segura era de su alevosía; de su maldad calculada y certera. Qué listo siempre. Qué loca yo.
- ¿Y qué quieres que haga, niña, que le pegue? Gritó mi madre, francamente exasperada. Sus sábados eran sinónimo de lata y quejas y quehacer acumulado y sueños rotos.
No contesté. Ascendía el drama como espuma de café hirviendo, a punto de derramarse en la ropa blanca recién lavada. Mi hermano se había puesto serio.
- ¿Eso quieres, que le pegue? -Insistió. -Pues le voy a pegar.
Nos tomó del brazo y nos llevó a su habitación. Cerró la puerta, cogió una zapatilla, nos miró el miedo. No es cierto, mamá, el punto ya estaba ahí, te lo juro. Pero ella no se iba a detener aunque en ese momento ya estuviera arrepintiéndose. El tacón golpeó la nariz de mi hermano. La sangré marrón fluyó dejando una mancha perenne en la alfombra. La consideración de haberse equivocado persistió en los tres durante algún tiempo.
-¿Ya estás contenta?
Por Erandy Corona Velázquez Era un niño de diez cuando se me ocurrió aquel suceso insignificante que marcó mi vida. Me pareció maravilloso cuando me enteré de que los japoneses escogen piedras simp…
Un cuentito mío publicado en Liebre de fuego. Por cierto que ganó mención honorífica en el concurso “Las historias”, de Alberto Chimal :)